La generación Z practica menos sexo. No es un mito, es una realidad. Pero reducirlo a que «ya no les interesa» sería tan simplista como falso. Hay deseo, hay vínculos, también hay otras reglas… y mucho ruido en la cabeza.
Si tienes menos de 30 y sientes que estás teniendo menos sexo del que se supone que deberías, estás lejos de estar sola o solo. Los datos confirman que cada vez más jóvenes se sitúan fuera de la narrativa de las relaciones sexuales como obligación o como medida de éxito personal.
Una percepción que está latente en la sociedad y que confirman los estudios. Hace ya algunos años, los investigadores estadounidenses Jean Twenge, Ryne Sherman y Brooke Wells publicaron un artículo científico con una estadística demoledora: los jóvenes practicaban nueve veces menos sexo a finales de la década de los 2010 que a finales de 1990. Esta investigación serviría de base para casi todas las teorías sobre la presunta falta de apetito sexual a partir de la generación Z.
Y no hablamos de excepciones ni de «vírgenes tardíos» como se decía antes —usando una expresión mezcla de lástima y burla—, hablamos de un fenómeno sociocultural que está en expansión. Además, como todo lo que se sale de los discursos dominantes, muchas veces se explica rápido y mal: el porno, las redes, las nuevas identidades sexuales… Todos son factores que influyen, pero la realidad es bastante más compleja.
Entendiendo el sexo joven
Candela Carrillo, terapeuta sexual, lo ve así: «No noto una caída clara del deseo en consulta. Lo que veo es que muchas personas ya no quieren tener sexo por tenerlo. Cuestionan más desde dónde lo hacen, si realmente les apetece o si están cumpliendo expectativas externas. Y eso, aunque parezca lo contrario, es un signo de salud».
Desde la sociología, Teresa Verdejo, que además forma parte de la generación Z, aporta una lectura parecida pero desde otro ángulo: «Lo que hay es una crisis afectiva. Cada vez cuesta más establecer vínculos profundos. Queremos relaciones estables, reales, pero no siempre tenemos las herramientas para crearlas. La generación Z ha heredado la cultura de los vínculos líquidos, pero está empezando a buscar algo más sólido. El problema es que muchas veces esa búsqueda no se materializa, y eso frustra».
Ambas coinciden en que no se trata de una desaparición del deseo, sino de un cambio de enfoque. Se desea, sí, pero con otros tiempos, otras prioridades, y menos tolerancia a las dinámicas vacías o forzadas. «El sexo ya no es obligatorio para sentirse bien en pareja o con una misma», resume Carrillo.

¿Las apps tienen la culpa?
Una de las grandes sospechosas en esta historia es, cómo no, la tecnología. Apps de citas, redes sociales, porno 24/7. Todo a un clic. Todo muy fácil. Y, sin embargo, todo muy poco estimulante.
«Las apps han transformado por completo la forma de relacionarnos. Dan una falsa sensación de disponibilidad constante, como si pudiéramos conocer a alguien en cualquier momento. Pero eso ha traído también una incapacidad para gestionar el rechazo, para improvisar, para exponerse», sostiene Verdejo.
Carrillo añade otra capa: «Estamos hiperconectados, pero cada vez más desconectados del cuerpo. Vivimos desde la cabeza, con un nivel de estimulación tan alto que el sexo real pierde intensidad. Y además hay mucha presión: rendir, gustar, durar lo suficiente, ser el mejor amante. Todo eso mata el deseo».
El porno tiene su parte en esta sobreestimulación, ya que muchas disfunciones sexuales están directamente relacionadas con un consumo excesivo de porno. El sexo real se ve eclipsado por unas expectativas imposibles: cuerpos, sonidos, ritmo, intensidad. Luego llega la frustración, la desconexión o directamente se evita el encuentro, explica la terapeuta.
A esto se suma la precariedad emocional y vital. Es complicado desear cuando no tienes estabilidad, ni tiempo, ni un lugar físico donde puedas tener intimidad. «Muchas personas jóvenes viven con sus familias o comparten piso. No tienen espacios íntimos donde sentirse seguras. Y el deseo necesita espacio, tanto mental como físico. Vivimos en multitarea continua, con la cabeza en mil cosas. Así es muy difícil conectar con el placer».
Todo esto lleva a que muchas personas simplemente no tengan ganas de sexo. Y no pasa nada. «Hay gente que, si no fuera por la presión social o por pena hacia su pareja, quitaría el sexo de su vida y seguiría tan feliz. Pero como nos han dicho que sin sexo no hay amor, ni salud, ni autoestima, se vive como un problema», concluye Carrillo.
La clave del consentimiento
Otro factor clave es el cambio en los discursos sobre consentimiento, placer y autonomía, especialmente en mujeres jóvenes. «Ya no se trata solo de decir sí o no. Se trata de cómo construimos relaciones basadas en el respeto, la reciprocidad emocional, la libertad. Pero eso también ha generado tensiones», recuerda Teresa Verdejo.
Ella señala que algunos hombres jóvenes, especialmente heterosexuales, viven este cambio como una pérdida. «Muchos sienten que algo se les ha arrebatado, aunque no sepan muy bien el qué. No es una crítica estructurada, es más bien una reacción emocional. Y eso genera discursos supuestamente rebeldes o ‘contraculturales’ que en realidad son nostalgia de una masculinidad en crisis».
Por otro lado, también las mujeres jóvenes chocan con esa brecha: han interiorizado valores de autonomía, igualdad y apertura emocional, pero no siempre encuentran hombres que estén a la altura. Verdejo pone encima de la mesa el concepto de «déficit masculino» de Maike van Damme: una brecha entre lo que muchas mujeres esperan de una pareja y lo que el modelo masculino tradicional ofrece.
¿Estamos ante una pérdida o una transformación? Para Carrillo, claramente lo segundo. «Cada vez hay más conciencia sobre la diversidad sexual y afectiva. Se empieza a aceptar que no todo el mundo desea igual, ni con la misma frecuencia, ni de la misma forma. Y eso no es un problema. Lo importante es que lo vivas con coherencia. Que sea una elección, no una imposición».
La socióloga lo ve desde otro punto de vista: «Hay una frustración generacional real. El desacople entre deseo y realidad puede hacer que muchas personas no cumplan sus expectativas afectivas. Y eso genera malestar. Pero no creo que sea irreversible. Estamos en proceso de redefinir cómo nos relacionamos».
Puede que lo que está ocurriendo no es que se pierda el sexo, sino que se coloca en otro sitio. No en el centro, no como obligación, no como medidor de autoestima o éxito. El sexo sigue ahí, pero ya no manda.


