Si estas Navidades no eres feliz, no pasa nada

Álvaro López

Es hora de poner sobre la mesa algo que muchos sienten, pero pocos dicen: a veces no nos apetece sonreír aunque sea una época festiva. Si es tu caso, no te culpes, porque estas fechas pueden ser difíciles, contradictorias y frágiles, y aún así puede vivirse.


Ciudades plagadas de luces, villancicos y anuncios que te recuerdan una y otra vez que «es tiempo de felicidad». En algunos lugares, las calles incluso se iluminan antes de que acabe octubre, los escaparates se adornan con regalos y, en las redes sociales, las familias perfectas muestran sonrisas sincronizadas frente a su árbol perfectamente decorado. La publicidad, la presión social y la tradición traen el mismo mensaje: hay que sonreír, reunirse, consumir y disfrutar. ¿Y si, simplemente, no nos apetece?

Vivir esta época -o más bien, no hacerlo como se espera socialmente- no siempre depende de uno mismo. Para muchos, la temporada navideña es un espejo de ausencias, pérdidas y contradicciones. Como para Manuel Riplo, de Menorca, quien recuerda la Navidad como un tiempo de mesas pequeñas y silenciosas: sus padres siempre estuvieron distanciados de sus hermanos, y con la muerte de sus abuelos, los pocos vínculos que quedaban se fueron apagando.

La riqueza de estas fechas está en que cada persona las viva a su manera

«Me da envidia cuando veo a mis amigos juntarse en familias más o menos grandes… Yo eso nunca lo he vivido. Siempre me ha generado una especie de nostalgia, si es que uno puede echar de menos algo que nunca ha tenido», confiesa. En sus palabras hay un duelo silencioso, una tristeza que no proviene de perder lo que se tuvo, sino de no haberlo tenido nunca.

Una experiencia distinta, pero con ecos similares, aparece en Paula Rivas, de Almàssera (Valencia). Para ella, la Navidad dejó de ser apacible cuando entró en la rueda de la vida laboral: reuniones, comidas, regalos y la presión de cumplir con el calendario han transformado las fiestas en semanas frenéticas y demandantes: «Sigo con la performance social como puedo porque quiero ver a los míos, pero siento que cada vez necesito menos una fecha específica para hacer todas esas cosas». Esa tensión entre lo que se espera y lo que se puede hacer, un choque constante entre obligación y deseo personal.

Paula Rivas: «Sigo con la ‘performance’ social porque quiero ver a los míos, pero no necesito una fecha para hacerlo»

En Madrid, Laura Valentina le añade a este hastío navideño otra capa. Tras la muerte de su padre, el duelo pandémico y la ruptura de una relación de seis años, se enfrenta a una Navidad marcada por la precariedad afectiva y residencial. Su familia está en Argentina, no se puede costear el viaje y, además, ha cambiado de hogar cinco veces en un mes: «No odio la Navidad», aclara, «pero va a ser difícil y me estoy preparando». 

Pese a todo, mantiene un amor profundo por el concepto de comunidad que generan estas fechas y el acto de compartir, vocación que choca con la realidad que le toca vivir y que hace que la ausencia se perciba con más intensidad.

Y es que además de las contradicciones internas, el mundo en sí también se empeña en exteriorizarlas. Así lo entiende Judit Alonso, también de Madrid. Como periodista especializada en la información ambiental, para ella la Navidad es una temporada cargada de excesos: de consumo, de energía, de emisiones. «Es la peor época del año para los que nos dedicamos a la información ambiental», dice. Desde su punto de vista, la presión de participar en la Navidad no es solo emocional, sino también ética y social.

Un hastío totalmente normal

No obstante, aunque algunos lo tengan claro, no siempre es fácil identificar por qué estas fechas nos llegan a generar cierto malestar. Pero, como todo, hay una explicación desde la ciencia y la psicología. 

Como apunta la psicóloga sanitaria Irene Castejón, es conveniente detenerse en el porqué de estas experiencias: «Es completamente normal que alguien sienta incomodidad o cierta indiferencia cuando percibe presión sobre cómo debería comportarse y eso no coincide con lo que realmente siente».

Para ella, el malestar solo es motivo de alarma cuando afecta de manera persistente a la rutina diaria y genera aislamiento o desesperanza. Así, sentirse fuera de sintonía con la alegría obligatoria no es un fallo personal, sino un reflejo de la complejidad de la experiencia individual frente a normas sociales muy rígidas.

El malestar solo es motivo de alarma cuando afecta de manera persistente a la rutina diaria y genera aislamiento

Entre duelos, rupturas, precariedad y conciencia ética, se dibuja un patrón común: la Navidad es un espejo de nuestras vulnerabilidades y contradicciones. Para algunos, una muestra de lo que falta o de lo que nunca existió y, para otros, un choque entre la presión social y la realidad personal. Las emociones que surgen -nostalgia, tristeza, envidia silenciosa o frustración ética- no son excepcionales, sino parte de la experiencia humana que la festividad suele invisibilizar.

Pero no desesperes: hay caminos para afrontar estas semanas de manera más honesta. Irene insiste en aceptar las emociones sin autoexigencia: «Permítete sentir lo que sea que estás sintiendo; tú no lo eliges, eres producto de tu contexto». Escucha a tu cuerpo y permítete tomar decisiones que prioricen el bienestar emocional; puede que te apetezca quedarte en casa, faltar a reuniones familiares o, simplemente, llorar. 

Se trata de combinar la honestidad con el autocuidado para que la Navidad pase de ser un momento de presión a un tiempo de reflexión y autocuidado.

Quizá la Navidad más sincera no sea la de las sonrisas obligatorias ni la de los regalos perfectos, sino la que permite reconocerse en la diversidad de emociones, respetar los límites personales y redefinir la tradición según lo que cada uno puede (y quiere) vivir. De hecho, la riqueza de estas fechas está en que cada uno transite por ellas a su manera: con alegría, con tristeza, con nostalgia o incluso con indiferencia. Todo es válido. 

Como apunta Irene, reconocerlo no hace estas celebraciones menos valiosas; todo lo contrario: les devuelve humanidad y sentido. La Navidad puede ser difícil, contradictoria y frágil; y aún así puede vivirse. Sin interruptores de alegría, pero con la posibilidad de estar presente, sentir, cuidarse y acompañar a quienes también atraviesan lo invisible.

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