La maternidad también es habitar la contradicción: amar hasta el infinito y, aun así, necesitar quejarse; sentir ternura y agotamiento en el mismo cuerpo; desear tiempo con tus hijos y respirar aliviada cuando por fin se duermen. Necesitamos abrazar la ambivalencia y entender que querer profundamente a nuestros hijos no implica amar sin condición la carga que traen los cuidados.
Antes de quejarnos de algo asociado a la maternidad, ya sea la última trastada de nuestro retoño o lo imposible que es conciliar sin ir derrapando por la vida, las madres sentimos la necesidad de hacer una salvaguarda: el amor hacia nuestros hijos. «Que yo le quiero mucho, pero…» es la frase que precede todas las quejas, como si el rol de madre estuviera exento de aristas oscuras, aburridas o negativas, o como si verbalizarlas fuera a poner en tela de juicio el amor y la importancia que tienen nuestros hijos en nuestras vidas.
Hoy vengo a hacer un alegato por la queja, sin que eso nos haga sentir malas madres. Porque sí, nuestros hijos son maravillosos y fuente de un amor infinito y desmedido que nos hace sentir inmortales y capaces de todo, pero la maternidad puede ser dura y complicada. He hecho la salvaguarda antes de la queja, ¿lo veis?
Nuestros hijos son maravillosos, nos hacen sentir inmortales y capaces de todo, pero la maternidad puede ser dura y complicada
«Es perfectamente compatible amar profundamente a tu hijo y que no te guste la demanda intensa asociada a los cuidados», explica Noelia Extremera, psicóloga perinatal. «El sistema patriarcal los ha fusionado de forma a que te conviertes en buena madre, que ama a su hijo, si te entregas a los cuidados».
Amar a tu hijo, no los cuidados, es un mantra que nos podríamos tatuar las madres. Porque la mayoría de veces, lo que nos pesa, lo que nos hace perder la paciencia y la perspectiva, es el peso de lo que significa cuidar. El tener que estar en todas partes a la vez. El tener que llegar a todo (sabiendo que es imposible) y terminar con la sensación de que todo lo hacemos corriendo, a medias y mal. Y, eso sí, sin nunca perder la sonrisa, ni osar hacer una queja, no vaya a ser que le estemos fallando a nuestro hijo.
Pero, si por mucho que nos guste nuestro trabajo, todas tenemos días en que no iríamos a trabajar; si aunque nos guste mucho el deporte, todas nos saltaríamos el entrenamiento en más de una ocasión y si, pese a que nos encantan nuestros amigos, a veces no nos apetece quedar… ¿por qué la maternidad tiene que gustarnos todo el rato?
«Es perfectamente compatible amar profundamente a tu hijo y que no te guste la demanda intensa asociada a los cuidados» – Noelia Extremera, psicóloga perinatal
«Hay una parte social y cultural que ha construido un significado de lo que implica ser buena madre, que hemos heredado, y es el de madre sacrificada. Se ha glorificado esa entrega desmedida que nos desdibuja pero que sostiene el sistema. Desde ahí es muy difícil elegir(se)», explica Extremera.
«Además, las madres y las mujeres en general cuidamos en entornos muy hostiles con la infancia y con la maternidad. Normal que no nos guste el rol de madre que se nos impone, porque necesitamos y queremos maternar de forma más libre y sin tanto juicio», afirma.
Mi teoría, y lo compruebo cada vez que nos vamos de vacaciones, es que lo que de verdad agota en la crianza es todo lo que gravita a su alrededor. Son las comidas y las cenas que hay que preparar, la ropa, la casa, el trabajo y el tiempo que intentas estirar sin conseguirlo. Cuando los deberes son menos y el tiempo de que dispones lo puedes dedicar a lo realmente importante –tu criatura– el peso disminuye.
Lo que de verdad agota en la crianza es lo que gravita a su alrededor: las comidas y las cenas, la ropa, la casa, el trabajo y el tiempo que intentas estirar
«En procesos terapéuticos de psicología perinatal, la mayoría de las madres no se quejan de sus bebés sino de lo duro que es criar», incide la psicóloga. «Pero la queja se centra en que se sienten solas e invisibles mientras maternan».
Y, por supuesto, a ninguna nos gusta el berrinche mañanero porque esa sudadera hoy no toca, o la décima vez que hay que mediar por un cubo de arena en el parque, o la vena artística que le brota con un lápiz de color en la mano y una pared en blanco. Todas hemos estado ahí y todas hemos pensado alguna vez: «si lo sé, no vengo».
Y es normal. Tan normal como que tengas días de tirarte al suelo, imitar a todos los personajes que se le ocurre, jugar a las carreras, hacer figuras de plastilina, bailar y cantar todas las canciones de su repertorio. Tan normal como que tengas otros en los que te aburres soberanamente, porque lo último que te apetece es jugar.
Sentirte así es tan normal como que tengas días de tirarte al suelo, jugar a las carreras y hacer figuras de plastilina
«A partir de ahora entenderás como una emoción y la contraria pueden convivir dentro de ti, al mismo tiempo, y ser ambas válidas», me dijo una buena amiga al poco tiempo de convertirme en madre. Diría que ha sido el consejo más válido y útil que me han dado sobre la maternidad.
Abracemos la ambivalencia. El amor desmedido y la queja. El despotricar sin culpa de los cuidados y de la exigencia inalcanzable. El respirar, aliviada, porque se ha dormido, al fin, tras un día demasiado largo, para pillarte pensando, a los 15 minutos, en cómo le echas de menos.


