Fotograma de La quimera, de Alice Rohrwacher.

Una quimera en un dedal: ¿por qué nos atamos a los objetos?

Luis Bravo

La memoria, la búsqueda, la relación casi enfermiza que muchas veces tenemos con los objetos va más allá del valor material que tengan: su fuerza está en las historias que contienen.


El sol recorre los vagones y los rostros de todos sus pasajeros. Se detiene en el de Arthur –interpretado por el actor inglés Josh O’Connor–, apoyado en la ventanilla. El paisaje italiano pasa. También las miradas curiosas de quienes viajan, preguntándose qué hace ahí y quién es ese extranjero de aspecto desaseado, de traje en tonos blanco y crema, con ese aire de perdido, rumbo a no se sabe dónde. Lo entenderemos más adelante. Arthur forma parte de una banda de ladrones de tumbas. Un oficio casi mitológico en la Italia del siglo XX, que ante el vasto patrimonio que se esconde bajo la tierra del país alpino, atrajo a tantos en busca de tesoros, yacimientos y botines etruscos y otros tiempos de mayor bonanza con el objetivo de llevarse un suculento pellizco.

En la última película de Alice Rohrwacher, La quimera, los objetos juegan una parte central de la trama. En su cine, los personajes aparecen siempre como Arthur, desubicados en el escenario que les ha tocado vivir, pero también poseyendo un toque lírico que permite la atemporalidad, la sugestión, esa sensación de lejanía y al mismo tiempo cercanía que despiertan sus argumentos y quienes los habitan. Nuestra relación con los objetos es idéntica.

Arthur, no solamente por el medio que tiene de ganarse la vida, guarda una intensa relación con las piezas que desentierra. Lo objetual, para él, para el espectador que se hace cómplice en esos robos, tiene un parecido con la impresión que produce caer en un sueño. Cuando tiene las figurillas en sus manos, cuando observa los frescos, se puede sentir que es entonces cuando verdaderamente es y vive, gracias a ese encantamiento. Se trata, en el fondo, de una obsesión humana por los objetos que nos acompañan a lo largo de una vida.

A pesar de todos los avances y metamorfosis, de las idas y venidas en cuanto a modas que invitan, incluso, al minimalismo, seguimos siendo cosistas, como diría Carmen Martín Gaite. Seguimos aferrándonos a ciertos objetos, a sus historias. Hacia ellos o por ellos, continúa esa relación que en muchos casos es total permanencia, inamovible. El peluche de cuando éramos pequeños, la prenda de ropa de un familiar, un jarrón, una serie de fotografías. No hace falta llegar a a los límites patológicos de Arthur: cualquiera puede encontrar en un objeto mínimo un refugio de memoria, de lo que somos.

Así lo señala Patricia Ríos Mendoza, profesora del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, que señala cómo la relación que entablamos con ellos desde la infancia es «una manera de aprender la vida»: mediante el recuerdo, las cosas nos siguen trasladando allí. El proceso se produce en cada individuo al mezclar lo sentimental y lo artístico. «Es el inconsciente el que construye esa dualidad entre lo legible y lo ilegible que representan», apunta.

Una relación de ida y vuelta entre el pasado y el presente

«Más allá de los contextos históricos y culturales, esa fascinación atemporal por buscar, desenterrar, guardar, de la que los arqueólogos, de algún modo, hemos hecho un estilo de vida, creo que tiene que ver con el hallazgo», insiste Ríos Mendoza. Un hallazgo que da vida y voz al pasado en el presente. «Rescatamos el mundo perdido, lo que se ha olvidado. Como arqueólogos usamos la expresión sacar a la luz. Ese valor es lo que en muchos casos supone un tesoro: más allá de su valor material, de la materia prima, incluso siendo oro, su importancia tiene que ver con la historia oculta que hay que descifrar para que el objeto hable por sí solo», concluye.

Esas historias y la fascinación que provocan acaban por generar grados de valor: no hay otra razón para que haya objetos en museos y otros en un trastero. Bruno Ruiz-Nicoli, historiador del arte, escritor y articulista en Traveler, incide en que ni siquiera hablamos de un objeto vivo por sí solo, somos nosotros los que lo resucitamos o no. «Un objeto en sí es pasivo. Los vínculos que establecemos con ellos son resultado de lo que nos revelan de nosotros mismos. Cuando este vínculo brota, el objeto nos define, se incorpora a nuestra identidad. Pasa en el entorno familiar o en una relación sentimental. Las piezas que componen esas relaciones íntimas podrían parecer irrelevantes, pero nuestra memoria los eleva a una condición simbólica».

El proceso por el que ese objeto acaba en una sala con visitantes y seguridad que lo custodia o la vitrina de un salón no difiere. Para que llegue al gran público o a los familiares cercanos, entramos en el pantanoso terreno del debate artístico. Señala Ruiz-Nicoli a «la estética». «Cuando nos sentimos atraídos por una pieza surge un impulso de apropiación. Esta apropiación puede ser tan solo mental o puede tener como soporte una imagen tomada con el móvil. La guardamos hasta formar una galería imaginaria. En el caso del coleccionista el acto de apropiación es material. Pero, tanto en la apropiación emocional como en la material, el sujeto considera que, de alguna forma, esas imágenes, esos objetos, forman parte de sí mismo, de su experiencia y su historia. Se hace memoria, y con ella, claro, nos construimos».

Fotograma de La quimera, de Alice Rohrwacher.

Desde aquella escena inicial, en La quimera podemos ver una batalla interior frente a la latencia de los objetos. Una en la que Arthur, finalmente, decide rendirse y someterse, preso hasta el infinito de sus propias quimeras, valga la redundancia. ¿Cómo resulta tan imposible en tantísimas ocasiones deshacerse de algo tan mínimo, sea un dedal heredado de una bisabuela o el fragmento de ala de una estatua helénica? Uno y otro conforman legados. Son el tiempo remoto que, por mucho que envejezca, nos enseñan que estamos en su misma tesitura, nos refleja a merced de la duración de todo lo que es fugitivo y permanente.

Nuestro deseo nos obliga constantemente a no desprendernos de los objetos. Hacerlo se puede equiparar al desgarro amoroso, a la separación definitiva de la persona, lo que incluso llega a hacerlo más doloroso que la ausencia misma. Citando a Baudelaire, para que evitar a los objetos habría que vivir «habiendo sentido estar en cualquier parte, sabiéndonos fuera del mundo». No hay otra forma de escapar de ellos. 

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