Viajar con niños

Viajar con niños: no es por ti, es por mí

Joana Rei

¿Qué sacamos los padres de viajar con nuestros hijos cuando son pequeños? ¿Por qué elegimos complicarnos la vida y lidiar con berrinches fuera de casa? Viajar con un bebé no es práctico, ni cómodo, ni relajante. Y aun así, merece la pena. Entre miedos, planes que se deshacen y mucha logística surge una mirada distinta -más calmada, más intensa, más curiosa- hacia el mundo.

Mi hijo tiene un diente japonés. Lo decimos porque su primer diente empezó a romper cuando estábamos en Tokio. Este hito mundano se ha convertido en una broma familiar, de esas que solo nos hacen gracia a los tres y que él repite como si lo recordara. No lo recuerda, porque tenía nueve meses cuando le metimos en un avión y nos hicimos más de 10 horas de viaje para disfrutar de nuestro primer viaje largo en familia.  

En ese momento, los más cercanos nos miraron con una mezcla de estupefacción y susto. «¿Qué vais a hacer a Japón con un bebé, si no se va a acordar?», nos repetían. Y es cierto, pero nosotros no olvidaremos las incontables veces en las que los japoneses se le acercaron para hacerle monerías y cómo así descubrimos que «kawaii» significa «adorable» en japonés. Tampoco las carcajadas que soltaba mientras daba de comer a los ciervos en Nara y nos miraba con cara de asombro. Ni lo contento que se ponía cada vez que le hacíamos una foto. Fueron 22 días recorriendo el país que atesoramos como uno de los mejores recuerdos de su primera infancia. 

En nuestro caso, viajar con nuestro hijo es puro egoísmo: nos negamos a dejar de hacer algo apasionante y aspiramos a que también lo sea para él.

Internet está lleno de artículos sobre los beneficios de viajar para los niños: que aumenta la plasticidad cerebral y facilita la adaptabilidad futura a circunstancias y entornos, que fomenta la tolerancia, la sociabilidad y el respeto, que les da seguridad y les divierte. La ciencia lo avala, los cientos de estudios publicados también, pero mentiría si dijera que lo hacemos por eso. Es puro egoísmo parental: negarnos a dejar de hacer algo que nos apasiona y aspirar a que un día él lo disfrute tanto como nosotros. 

A los tres años tiene tres sellos en el pasaporte: Japón, Nueva York y Colombia. Y estamos mirando ya cuál será el cuarto. Es la herencia que le queremos dejar su padre y yo: olores, paisajes e idiomas distintos, otras formas de vivir, otras culturas y sabores y una curiosidad que, esperamos, nunca deje de crecer. 

En la maleta: medicinas, juguetes y… paciencia

¿Qué sacamos los padres de viajar con nuestros hijos cuando son pequeños? ¿Por qué elegimos complicarnos la vida y lidiar con berrinches fuera de casa, esas miradas de terror de los demás pasajeros en los aviones y hacer que las vacaciones sean todo menos un tiempo de descanso? ¿Nos merece la pena?

Como todo en la vida, depende. Si estás dispuesto a aflojar el ritmo, a bajar las expectativas, a ceder el control y a dejar que todo lo planeado se vaya al traste en algún momento, lo más probable es que sí. Porque sí, viajar con niños es bonito, es volver a mirar las cosas por primera vez a través de sus ojos, es llenarte de ilusión por algo a lo que, en otro contexto, no hubieras prestado atención. Pero no nos engañemos: es agotador. 

Se acabaron los tiempos de descanso, más allá de cuando está durmiendo. Si camina, te tocará perseguirle a menudo y llevarás el corazón en un puño más de una vez. Sacarle de su entorno y sus rutinas le desestabiliza, le hará estar irascible a veces y a ti te tocará tener el doble de paciencia y asumir que viajar es tu elección y que él tiene derecho a quejarse. Asumido esto, nunca mejor dicho, disfruta del viaje.

Se acabó el descanso: toca perseguir, tener más paciencia y aceptar el caos para poder disfrutar del viaje.

Imprescindibles en la maleta: un buen seguro de viaje, un botiquín con sus medicinas básicas, la mochila de porteo si aún se deja portear, el carrito plegable para que se eche siestas y os facilite algunos trayectos y una mochila de juguetes para entretenerse en los transportes y restaurantes. Puzzles, libros, hojas para pintar y un reproductor de música nos han salvado esas horas de espera. Pero todo depende de cómo sea tu hijo y de qué le guste a él. No hace falta volverse loco, porque en el día a día del viaje, todo es nuevo y no necesita más entretenimiento que lo que va viendo y experimentando. 

Descubrirás también que la crianza es mucho más llevadera cuando no tienes que preocuparte por la ropa, la casa, la comida o por conciliar los horarios de trabajo. Durante unos días tu único foco es tu familia y ese tiempo que estáis compartiendo juntos, sin más preocupaciones. 

Te darás cuenta de cómo todos los niños en todo el mundo se parecen, sin importar el idioma que hablen. Y, en un minuto, se hacen amigos, juegan juntos, se entienden y se ríen sin necesidad de mediar más que una mirada y una sonrisa. Y vosotros, por descontado, con sus padres.

Ir a nuevos lugares con niños es volver a mirar las cosas por primera vez a través de sus ojos.

Y cuando el nivel de alerta baje –estar en un entorno desconocido con un bebé o un niño pequeño te activa miedos normales y hay que darles cabida– te dejarás llevar por la lentitud de los días, sin tanta rigidez de las rutinas. Y empezarás a coleccionar esos recuerdos que no tendrán sentido para nadie más, pero que irán construyendo vuestro imaginario familiar con esas pequeñas cosas que solo vosotros entenderéis.

Así fue como rebautizamos a la Estatua de la Libertad como la señora grande. O como le vimos, fascinados, subir sin parar los 700 escalones del Peñol de Guatapé – «yo solito» – ante las risas de los turistas que tenían que pararse a coger aire, mientras él les animaba: «¡Vamos! ¡Fuerza!». 

Con sus tres años, no sé cuánto recordará de estos viajes, pero dice que quiere volver a subirse a «un avión grande», y le encanta verse en las fotos. Cuenta cómo aprendió a recoger y plantar café en una hacienda colombiana y como regaló, inadvertidamente, su chupete a los peces del río Hudson. A mí, por lo pronto, me vale.

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