Arte sonoro

Arte sonoro: Volver a escuchar

Arantza García

Mediante instalaciones inmersivas, conciertos que envuelven al espectador, “paisajes auditivos” y performances en directo, artistas, compositores y creadores sonoros reinterpretan la sinfonía de la naturaleza –o el eco de su deterioro– para sensibilizar sobre la crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la transformación silenciosa de nuestros ecosistemas.


Mientras ascendían por la Chenille, la escalera mecánica del Centre Pompidou, la experiencia de Nature Manifesto se desplegó casi sin aviso ante los visitantes, como si el propio espacio empezara a respirar. La voz de Björk, clara y serena, emergió entre los cristales de la escalera, leyendo un manifiesto que parecía hablar directamente a quienes subían, atrapados en ese pasillo suspendido sobre la ciudad. A su alrededor comenzaron a aparecer sonidos difíciles de reconocer: cantos, rugidos, ecos que parecían animales pero que tenían algo de fantasmagóricos. Muchos pertenecían a especies extintas o amenazadas, reconstruidas con inteligencia artificial, y esa mezcla de belleza y ausencia hacía que cada nota resultara inquietante.

El movimiento vertical de la escalera amplificaba la sensación de estar entrando en otro plano: París quedaba fuera, tras el cristal, mientras dentro un paisaje sonoro envolvía a los visitantes recordándoles aquello que ya no está. No veían nada más que la estructura metálica y los reflejos del exterior, pero la atmósfera era tan envolvente que la arquitectura desaparecía. Al llegar arriba, aún resonaban las voces animales y las palabras del manifiesto, acompañadas por la idea de que esa experiencia no terminaba allí, sino que formaba parte de un proyecto más amplio, una especie de red de acciones y mensajes que buscaban sacudirles, hacerles mirar —o mejor, oír— el mundo de otra manera.

En un mundo en el que lo visual ha tomado un dominio casi absoluto los artistas eligieron explorar un camino alternativo: el sonido como puente hacia la naturaleza y como alarma de su creciente fragilidad.

“Nature Manifesto” fue una instalación sonora inmersiva creada en 2024 por Björk y el artista interdisciplinar Aleph para el Centre Pompidou de París. En un mundo en el que lo visual ha tomado un dominio casi absoluto –con pantallas, imágenes y gráficos reclamando a gritos nuestra atención–, ambos artistas eligieron explorar un camino alternativo, a menudo más hondo y personal: el sonido como puente hacia la naturaleza y como alarma de su creciente fragilidad

¿Qué es el arte sonoro ambiental?

Es el arte sonoro ambiental, también llamado eco sonoro, una corriente que convierte las grabaciones del entorno natural, los paisajes acústicos y las composiciones creativas en herramientas para transformar el ruido del mundo en conciencia ecológica. Este arte abre espacios donde la reflexión, la emoción y el llamado a la acción resuenan juntos.

“De alguna manera, el mundo es una enorme composición musical que suena todo el tiempo sin principio ni final”, afirmaba Murray Schafer, compositor y ensayista canadiense responsable de acuñar el término “paisaje sonoro”, el punto de partida del arte sonoro ambiental. Schafer exploró cómo el sonido se entrelaza con nuestra vida diaria y cómo nuestras experiencias sonoras influyen en nuestra percepción del mundo. Para él, este paisaje sonoro que nos rodea no solo es un elemento a escuchar sino que también debe ser apreciado y estudiado. Este enfoque cambió la forma en que entendemos la música y el sonido, expandiendo la definición de lo que puede considerarse música o arte. 

Ese entorno acústico es la materia prima del arte sonoro. A veces son grabaciones de la naturaleza: cantos de aves, ruido de agua, viento entre árboles, sonidos de insectos. Otras, utiliza registros de ecosistemas degradados, espacios urbanos sometidos a polución acústica, o incluso se les da a esos sonidos una clave artística, mezclándolos con música electrónica, experimental o composiciones generativas.

El objetivo del arte sonoro no es solo estético, pretende despertar la escucha consciente, entender y valorar la naturaleza a través de sus sonidos y hacer visible (o mejor, audible) lo que muchas veces ignoramos. Es una intersección entre arte, ecología, ciencia y activismo

El arte sonoro ambiental convierte las grabaciones del entorno natural en herramientas para transformar el ruido del mundo en conciencia ecológica.

Ecología acústica

El arte sonoro ambiental bebe de la ecología acústica, una disciplina científica que lleva años desarrollándose. Esta ciencia estudia los sonidos que emiten los ecosistemas con el fin de evaluar la salud de hábitats, la biodiversidad, los cambios ambientales o el impacto humano. Compositores y artistas que trabajan paisajes sonoros suelen colaborar (o inspirarse) en los hallazgos de la ecología acústica. Como explica Megan A. Reich, experta en esta ciencia, “los compositores de paisajes sonoros buscan reconectar al público con los paisajes sonoros de su vida cotidiana y, en el proceso, utilizan la tecnología científica para desafiar la dicotomía tradicional entre naturaleza y cultura, integrando a los oyentes con sus entornos a través de formas de conocimiento espiritual, emocional y sensorial”. 

“El sonido es enormemente transformador. Te sitúa en un momento y en una experiencia de una forma que casi ningún otro sentido lo hace. Te coloca en la vivencia de estar en ese lugar de una manera que mirar una fotografía o incluso un vídeo a veces no permite. El sonido está increíblemente cerca de nosotros como sentido”, son palabras del artista y grabador de campo británico Stuart Fowkes, fundador en 2015 de Cities and Memory, un proyecto que aspira a ser global, una exploración sonora del mundo que invita a escuchar el planeta de una forma nueva: no solo como un lugar geográfico, sino como un tejido de sonidos vivos y transformados.

El proyecto parte de la idea de que cada lugar lleva consigo no solo sus paisajes físicos, sino también sus reverberaciones invisibles, aquellas que se capturan con un micrófono y luego se reinventan en la imaginación colectiva. La plataforma funciona como un archivo vivo y también como una comunidad: más de 2.000 artistas y colaboradores de todo el mundo aportan grabaciones y composiciones que amplían constantemente este atlas acústico. Gracias a ellos cuenta con más de 130 países y territorios. Pero lo verdaderamente interesante es que de cada punto ofrece dos mundos acústicos: el sonido original de un lugar y una versión reimaginada por artistas que lleva ese sonido hacia territorios insospechados. Así, lo cotidiano deriva en composiciones abstractas, ambientaciones electrónicas o reinterpretaciones musicales que abren grietas poéticas entre lo real y lo imaginado. 

Sinfonías perdidas

En el corazón de la selva amazónica, el artista e investigador David Monacchi despliega una tecnología de grabación de alta fidelidad para capturar algo más que sonidos: la compleja orquesta natural de los bosques tropicales, un equilibrio acústico perfeccionado durante millones de años de evolución. Su proyecto, Fragments of Extinction, nace de la urgencia de preservar el patrimonio sonoro de estos ecosistemas antes de que sean silenciados por la deforestación y la pérdida de biodiversidad.

Monacchi no realiza grabaciones convencionales. Con un sistema de micrófonos 3D de su propia creación, registra ciclos completos de 24 horas en los bosques más remotos del planeta —Amazonía, Borneo, Congo—, capturando cada detalle de lo que él llama el «paisaje sonoro evolutivo». 

Pero el proyecto va más allá del registro científico. Monacchi convierte estas grabaciones en instalaciones sonoras envolventes que sumergen al público en la selva. En la oscuridad, rodeado por decenas de altavoces, el espectador experimenta la abrumadora riqueza de un bosque primario y, a la vez, percibe el aterrador contraste con el silencio de las zonas degradadas. Esta experiencia sensorial busca generar lo que el neurocientífico David Eagleman llama una «empatía acústica».

El sonido activa caminos sensoriales distintos a los de los otros sentidos. Como apunta Eagleman, «el sonido es el sentido más primitivo, el que nos mantiene conectados con el mundo incluso cuando cerramos los ojos«, una conexión ancestral que el arte sonoro activa de forma natural.

Además, al no depender de un idioma, el sonido posee una cualidad universal: que el mensaje ecológico pueda resonar en un espectro muy amplio de personas, fomentando una empatía que puede germinar en un cambio de actitud.

El arte sonoro ambiental reivindica el derecho a escuchar la naturaleza. Escuchar lo que a menudo ignoramos, como el canto de un pájaro, el murmullo del agua o el “silencio” de un bosque, nos recuerda que la naturaleza tiene su propia banda sonora, y que estamos corriendo el riesgo de que se pierda para siempre.

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