El debut en la narrativa de la periodista y ensayista Blanca Lacasa es un animal extraño por mutante e impreciso, cualidades que dotan a El accidente (Libros del Asteroide, 2025) de una personalidad única dentro de la escena actual. La autora logra, en esta novela breve que no supera las setenta y cuatro páginas, ofrecer toda una arquitectura de ideas en torno a las relaciones contemporáneas y al futuro del amor. Según quien la lea, la historia puede ser una u otra. Tanto, que hay escenas que solo adquieren sentido cuando se cuenta con la complicidad de la vida amorosa del lector. Accidentes incluidos.
Lacasa elabora una historia de aliento corto, de gesto pequeño y elegante, ajena a esos gritos molestos que solicita toda épica en torno al (des)amor. Una historia que alcanza, de manera inesperada, a sus dos protagonistas y los lleva a territorios afectivos distintos y asimétricos como reflejo de algunas pautas amorosas que, tristemente, hemos asumido como naturales. Sustituir a una persona por otra sin que nadie se responsabilice y la presencia de la mentira en las relaciones, encuentran en la tecnología un nuevo territorio para desarrollarse. El resultado de combinar estas variables es un libro corto, lúcido y brillante sobre el trastorno que puede causar un amor que, en realidad, nunca fue tal.
En El accidente abordas el complejo y desigual mundo de las relaciones contemporáneas y lo haces desde variables narrativas. La novela mantiene un equilibrio muy preciso, y bien trabajado, entre una serie de ideas sobre las que quieres hacernos pensar y una historia que nos lleva de su mano. Dándole vueltas a este asunto, a ese estado natural que creas en esta nouvelle, ¿crees que lo logras por cómo y desde dónde decides contarnos esta historia?
¡Espero que sí! Mi idea era precisamente acercarme lo más posible al estado de enajenación mental que se produce cuando ocurre un enamoramiento. Y con esa intención lo que hice fue intentar transcribir ese monólogo mental incesante y obsesivo que uno/a mantiene consigo mismo/a cuando se encuentra en ese punto. Destripar y diseccionar ese pensamiento rumiante y exponerlo de la manera más fidedigna posible.
Sobre los ladrillos que soportan El accidente, justamente con lo que hemos comenzado esta conversación, tienen un aire muy cinematográfico. ¿Pretendido o hallado?
Sí, me lo han dicho ya varias veces. Lo cierto es que no es algo que haya buscado de manera deliberada. Veo muchísimo cine y probablemente cierta manera de narrar muy audiovisual esté muy presente en mi manera de escribir. Creo que mi forma de contar es a través de la creación de imágenes y supongo que el ritmo puede ser, efectivamente, muy cinematográfico.
Esta historia de dos, en realidad, no es de dos porque uno de ellos nunca quiso estar del todo, de manera plena, porque como bien escribes «le pasa continuamente», es decir, hay una pauta. Si una levanta la vista del libro, o de la pantalla, los accidentes se multiplican a la velocidad con la que enviamos un WhatsApp. ¿Hay una pauta en las relaciones contemporáneas que nos impide estar en ellas?
Creo que este tipo de confusiones sentimentales han sucedido siempre. Sí es cierto que, en los tiempos del WhatsApp, las redes sociales y demás aplicaciones, la confusión aumenta, el ruido de fondo se dispara, la posibilidad de interpretación es infinita (¡esas relecturas!) y la creación de fantasías, que a veces tienen poco que ver con la realidad, proliferan. Eso hace que lo real y el presente se desdibujen frente a lo imaginado y a los futuros posibles.
La dimensión de esta frase no es únicamente infantil –atiendo mi necesidad de manera exclusiva–, sino que no se asume en ningún momento el malestar que se le ha podido causar a otro –es que yo soy así– ni la responsabilidad que toda persona tiene en una relación. Salgan las cosas bien o mal. Lo inaudito de este tiempo es que nos sentimos con el derecho a hacer daño al otro en favor de nuestras expectativas o de esa atención constante a lo que se desea. Pienso, mientras te nombro esto, en esos hombres y mujeres huecos, invertebrados, que cita Lola López Mondéjar en sus dos últimos trabajos.
Sí, hay un deje utilitarista y un narcisismo en el aire importantes, pero no sé si esto no ha sucedido en otros momentos. Puede que de manera menos clara o menos extendida.

Ahora que hemos sacado a pasear la palabra «expectativa», creo que uno de los mayores marrones que tenemos como sociedad es no saber distinguir el deseo de la expectativa. Especialmente nosotras que venimos de un orden amoroso bastante más confuso. Con lo importante que es el deseo y saber desear.
Totalmente. La expectativa es un territorio terrible en el que habitar. Las posibilidades de salir frustrado de ahí son enormes. Y es cierto que es algo que nos afecta más a nosotras que a ellos, aunque también es cierto que hay muchísimo hombres que son víctimas de las expectativas en igual medida. Pero nosotras tendemos más a romantizar el deseo, nos han educado en eso. A no vivir y pensar el deseo como un fin en sí mismo. Proyectamos en cuanto alguien nos atrae. Montamos toda una arquitectura sentimental en torno a ese deseo que, en verdad, podría simplemente quedarse en eso: en una mera atracción física. Pero insisto que los hombres, a tenor de muchos lectores que me han escrito reconociéndose, no están a salvo de esto.
Otro tema que abordas es la seducción en un mundo digital. Otra pauta. Canciones, frases recurrentes… y mientras esto sucede, cada persona en la soledad de su pantalla genera una idea de mundo que colisiona con otra idea de mundo de otra soledad. Y la seducción en medio de todo esto, como un familiar molesto que no sabemos dónde colocar. ¿Estamos ante el fin de la seducción?
No creo. Quizás hayan cambiado los códigos, los medios, las maneras, pero la seducción sigue de una u otra manera. Antes se mandaban cartas, postales, se hacían llamadas. También se cortejaba en la distancia. Lo que sí sucede es que la inmediatez de la comunicación ahora puede ser terriblemente adictiva, pero también engañosa. Esa sensación de presencia un tanto irreal, de estar sin estar y también una construcción del otro que, en muchas ocasiones, tiene más de fantasía proyectada que de realidad. Cuando el intercambio es mayormente por escrito o a través de pantalla, la interpretación se hace dueña y señora. Y ya sabemos que cada cual interpreta según le convenga.
Muy hábil la no apuesta por el sexo, en una sociedad absolutamente hipersexualizada. Nuestra mirada lectora no debía distraerse de todo lo importante que cuentas y compartes.
Sí, pero es que además me parece que estamos muy habituados tanto en la ficción como en la vida real a que el relato siempre vaya por un cierto camino, que siga determinados derroteros, que una atracción conlleve sí o sí ciertas consecuencias, que los patrones en esto de relacionarnos sean siempre los mismos. Y creo que, por un lado, no siempre es así; y por otro, el estar siempre esperando que llegue la siguiente etapa nos hace estar poco pendientes de lo que está pasando en el momento en el que estamos.
Otro tema muy interesante de la travesía que ella realiza a partir de esta relación es esa bruma a la que te empuja todo vínculo no nítido –me gusta mucho emplear esta palabra con las amigas, todas accidentadas, por cierto–. No saber distinguir lo que ha sucedido de lo que no ha pasado. Todos los accidentes llevan esa marca de la casa. Hay una versión oficial y no oficial.
Cuando te dejan en ese lugar brumoso y no te aclaran o te ocultan cosas o, directamente, te hacen luz de gas es muy fácil caer en el pensamiento rumiante. Ese en el que una vuelve una y otra vez para comprobar si lo que vivió, pensó, sintió o se dijo era cierto. Una necesidad de reafirmar la veracidad de aquello que, a ratos (demasiados), parece ser producto de tu imaginación. Y eso se da muchísimo más, obviamente, cuando el vínculo no está del todo definido, cuando se mueve en líneas fronterizas, cuando nunca se verbaliza o cuando, directamente, se hace todo lo posible para confundir.
¿Y así quién se atreve a confiar en el otro?
Es complicado. Creo que pasar por muchos accidentes de este tipo acaba volviendo a las personas desconfiadas. Sería de agradecer ser más claro. No evitaríamos los accidentes, pero al menos no estaríamos permanentemente con la mosca detrás de la oreja.

¿Cómo superar «la sensación pegajosa de abandono, o de fuga o de retirada» tan común en los modos de vincularnos afectivamente en el ahora? Esa extrañeza a la que ella hace referencia cuando ya todo ha saltado por los aires.
Ojalá tuviera respuesta a esto. No lo sé. Imagino que compartir estas historias con nuestros amigos o con nuestro entorno hace que sean más llevaderas, que la sensación de no entender nada se disipe un poco. Arrojar un poco de luz siempre es buena idea. Y si uno es incapaz de hacerlo, que sea la luz de otros la que aporte cierta clarividencia. Dedico el libro precisamente a las amigas y amigos que auxilian en los accidentes. Creo que todas y todos necesitamos compartir este tipo de historias para que alguien vea desde fuera el accidente, nos saque de nuestro ensimismamiento y nos diga algo sensato, aunque lo más probable es que en ese momento no hagamos mucho caso.
Antes de afrontar la recta final de la conversación, quería preguntarte por el lenguaje de la mentira. Si el panorama es el que es, si cuesta confiar, si no ves al otro, si no puedes tocarlo ni olerlo, si tiene pareja –o no–, ¿cómo impedir que la mentira se convierta en uno más de la relación?
Creo que no hay absolutamente nada más innoble que la mentira, sobre todo si es sostenida y repetida. Mentir es un acto de traición en toda regla, pero sobre todo, una estrategia de manipulación sin igual. Es dejar al otro en una habitación a oscuras mientras uno está tomando el sol en la terraza.
¿Estamos ante la muerte del amor?
No me atrevo a responder a esta pregunta. En general soy poco apocalíptica. Creo que el amor será. Quizás otro, distinto o igual, pero será. Hay muchos tipos de amores y no creo que mueran todos. Si acaso alguno…


