Nuestro nombre es lo primero que aprendemos a escribir. Está en nuestro DNI, en el buzón de casa, en los correos electrónicos y en la infinita burocracia que vamos acumulando con los años. A ese nombre casi siempre lo acompañan dos palabras heredadas: los apellidos, que ni han existido desde siempre ni siguen la misma estructura en todas partes. Detrás de ellos hay una larga y curiosa historia que no solo se remonta a nuestros orígenes, sino a cómo las sociedades se han organizado a lo largo del tiempo.
Hubo un tiempo en el que con tener solo un nombre era suficiente para ser reconocido como miembro de la sociedad. En una aldea pequeña donde todo el mundo se conocía, si decías «¡María!» estaba claro de quién estabas hablando. Pero cuando las comunidades crecieron, las personas empezaron a moverse y las Marías se multiplicaron… la cosa se complicó. Poco a poco fueron apareciendo esos nombres de familia que nos permiten distinguirnos unos de otros, pequeñas pistas silenciosas que saltan de generación en generación para contarnos quiénes fuimos, de dónde venimos y cómo nos organizábamos.
Lejos de lo que pueda parecer, los apellidos no se establecieron de la noche a la mañana, ni siguieron un único modelo. Algunos de los primeros apellidos estables surgieron hace miles de años en China, donde ya en el tercer milenio a.C. se usaban nombres familiares que, en algunos casos —como Zhong o Chung— han llegado hasta hoy. De hecho, durante mucho tiempo se transmitieron por vía materna, aunque el linaje paterno se acabó imponiendo.
Algunos de los primeros apellidos estables surgieron en China en el tercer milenio a.C., y ciertos nombres familiares —como Zhong o Chung— han llegado hasta hoy
Siglos después, en la antigua Roma, las personas libres usaban tres nombres (tria nomina) para distinguirse: uno personal (praenomen), otro familiar (nomen) y, a veces, un apodo que señalaba alguna característica de la persona (cognomen); como Marco Tulio Cicerón, por ejemplo. En la Grecia antigua no se complicaban: bastaba con el nombre propio, al que se añadía el nombre del padre o el lugar de origen cuando hacía falta aclarar, de ahí Tales de Mileto o Arquímedes de Siracusa.
El uso de los apellidos se extendió por Europa durante la Edad Media. Al principio, solo las familias nobles o acomodadas usaron apellidos estables, y no fue hasta bien entrada la Edad Moderna cuando se generalizaron entre toda la población.
De padres, lugares y oficios
La mayoría de los apellidos nacieron como aclaraciones prácticas. Juan el herrero, María la hija de Alfonso o Alfonso el del río. Con el tiempo, esas descripciones se fueron heredando y acabaron cristalizando en apellidos tal y como los conocemos hoy: Herrero, Alfonso y Del Río.
Por otro lado, aunque existe una enorme diversidad cultural, lingüística y geográfica, muchos apellidos del mundo se pueden clasificar según su origen etimológico. No es una ciencia exacta y hay excepciones, pero sí hay patrones bastante universales. En muchas culturas, los más comunes son los que vienen del nombre del padre. Cuando empezó este sistema, si tu padre se llamaba Gonzalo, tú eras González; pero si te llamabas Hernán González, tu hijo pasaba a ser Hernández. En español, el sufijo -ez significa literalmente «hijo de». En otros idiomas (y con otros sufijos) también se observa este patrón, como Johnson en inglés o Ivanovich en ruso.
En español, el sufijo -ez significa literalmente «hijo de»
Otros apellidos miran al mapa. Señalan el lugar del que venía una persona o incluso algún accidente geográfico característico del paisaje; por ejemplo, Medina, Torres, Castillo, Vega, o Ríos. En algunos casos, sobre todo entre familias nobles, estos apellidos se combinaron con los patronímicos para subrayar linaje y procedencia, como Fernández de Córdoba, por ejemplo.
El oficio también dejó una huella profunda en los apellidos, especialmente durante la Edad Media, cuando el trabajo ya era bastante definitorio de tu lugar dentro de la comunidad. Herrero, Zapatero, Pastor, Molinero, Criado o Carpintero eran trabajos, pero también identidades heredadas. Al igual que con los apellidos patronímicos, esto no es exclusivo a nuestro país: Baker, Cook o Miller cuentan la misma historia en inglés.
Y luego están los apellidos nacidos de los apodos. De una característica física, de una forma de ser o de una circunstancia concreta. Rubio, Moreno, Delgado, Cortés, Hermoso o Rufián empezaron siendo motes, muchas veces puestos por otros y no necesariamente con cariño. También entran en este grupo algunos apellidos que se atribuyen a circunstancias difíciles, como los de los niños abandonados, a quienes se les asignaba el apellido de la iglesia, el hospital, o la casa de acogida en la que habían crecido. O directamente el de Expósito, que viene de «expuesto».
Una geografía de los apellidos
España y varios países de Latinoamérica tienen una particularidad que sorprende mucho fuera de sus fronteras: usamos dos apellidos (tradicionalmente, el primero del padre y el segundo de la madre). Este sistema, aunque es cierto que permite una mejor identificación —refleja la herencia de ambos padres— surgió durante la época de los Reyes Católicos, cuando era necesario demostrar que no tenías ascendencia judía.
Desde 2017, los apellidos son intercambiables: los padres pueden decidir el orden sin necesidad de presentar la inscripción ante un juez. También puedes cambiarlo de adulto, si quieres. Aun así, el apellido que se transmite suele ser siempre el primero (que a mayores, suele ser paterno), lo que históricamente ha provocado la desaparición de muchos apellidos maternos a lo largo de las generaciones.
En 2023, el 80% de mujeres estadounidenses en matrimonios heterosexuales cambiaron su apellido por el de su marido
En Portugal también se usan dos apellidos, pero en orden inverso: primero el de la madre y luego el del padre. Mientras tanto, en los países anglosajones el sistema es más simple: lo habitual es tener un solo apellido; eso sí, generalmente es el paterno. De hecho es costumbre que las mujeres adopten el apellido del marido al casarse. En 2023, aproximadamente el 80% de mujeres estadounidenses en matrimonios heterosexuales se habían cambiado al apellido al de su marido.
En Japón, esta práctica es obligatoria. Allí, junto con varios países asiáticos como China o Corea, el apellido se coloca antes que el nombre. Además, hay relativamente pocos apellidos, compartidos por millones de personas. El apellido Wang, por ejemplo, es el más común del mundo. Lo que te diferencia, muchas veces no está en el apellido, sino en el nombre que viene después.
Islandia es un caso casi único: los apellidos, tal y como los entendemos, prácticamente no existen. Se utilizan patronímicos reales y no heredados. Si tu padre se llama Jón, tú eres Jónsson o Jónsdóttir, y la siguiente generación cambia de nuevo. Por poner un ejemplo más concreto: si Egill Jónsson y Selma Traustadóttir se casan y tienen un hijo, su “apellido” será Egilsson, es decir, «hijo de Egill». Y si más tarde tienen una niña, ella se apellidará Egilsdóttir, “hija de Egill”. La terminación cambia según el género: -son para los chicos y -dóttir para las chicas. Así, el “apellido” no identifica a una familia, sino la relación directa con el padre.
Los apellidos, aunque no pensemos mucho en ello, nos conectan con antepasados que no conocimos, con lugares que quizá nunca hemos visitado, con oficios desaparecidos y con historias familiares. Son fósiles lingüísticos: pequeñas huellas de cómo vivieron otros antes que tú. Y eso, en un mundo en el que la memoria es de pez, no es poca cosa.


