La fascinación por lo oscuro no es nueva, pero hoy se consume a todas horas en series, documentales, libros y pódcasts: las historias sobre true crime siguen quedándose con nuestra atención como pocos géneros lo hacen. Sin embargo, con el acceso inmediato a información ilimitada en internet, el asesinato no termina con el último capítulo o episodio: podemos seguir leyendo, viendo y buscando datos hasta el infinito (con lo que eso significa para nuestro cerebro).
Decenas de series de ficción basadas en casos reales, documentales convertidos en blockbuster, podcasts que se posicionan en las listas de éxitos… el true crime sigue siendo una de las modalidades favoritas del público. Concretamente, según los datos del estudio TGI Global Quick View de Kantar, es el segundo género predilecto. Este gustillo por lo criminal, por las investigaciones infinitas, víctimas, culpables y verdugos no es nada nuevo.
La curiosidad por los límites hasta los que puede llegar el ser humano está imbuido en nuestro código genético. Ya en los siglos XVI y XVII, por ejemplo, se distribuían panfletos en los días previos a ejecuciones públicas, así como confesiones de condenados o relatos populares que cumplían la función de advertencia o purga moral. Más adelante, los llamados penny dreadfuls británicos o los relatos de Edgar Allan Poe tuvieron un éxito innegable posicionándose como los precursores de lo que conocemos en el siglo XXI.
El ‘true crime’ abre un abanico de posibilidades a lo que nos enfrentamos en el mundo, especialmente nosotras: el 70% del público es femenino.
Hoy, sin embargo, la forma en que consumimos las historias sobre crímenes reales ha cambiado. ¿Te has parado a pensarlo alguna vez? Con el móvil en nuestra mano, la historia de un crimen no termina con el fundido a negro en la pantalla de la televisión; puede extenderse al infinito cuando nos lanzamos a seguir alimentando nuestra curiosidad en internet. Con esta omnipresencia del relato criminal, conviene preguntarnos qué significa para nuestro cerebro esta tendencia a desentrañar los misterios.
Miqueas Henares, psicólogo: «Si normalizamos el sufrimiento acabamos creando una sociedad a la que no le importa nada… y ese es el principio del quiebre de una comunidad»
Para Miqueas Henares, psicólogo general sanitario, un factor clave es la intensidad de las imágenes que consumimos. Con un acceso tan directo a contenido de violencia «activamos un sentimiento de peligro que antes quedaba mucho más lejano». Cuando ese ¿qué pasaría si…? se vuelve más y más frecuente, corremos el peligro de que horade nuestro día a día.
«Se puede llegar a desarrollar una especie de paranoia», apunta. Y más aún si ya existe una predisposición causada; por ejemplo, por la ansiedad, el insomnio o la irritabilidad. «La ansiedad consiste en adelantarse a unos supuestos acontecimientos que pueden ocurrir o no, pero si ponemos al cuerpo en esa sensación de peligro constante acaba reaccionando como si sí fueran a ocurrir». Las consecuencias: aumento del pulso cardiaco, respiración, sudoración… y una amígdala que activa la producción de cortisol, la hormona del estrés.
Además, el consumo excesivo de true crime puede contribuir a la insensibilización ante situaciones violentas, lo cual puede terminar en detrimento colectivo. «Si normalizamos el sufrimiento acabamos creando una sociedad a la que no le importa nada… y ese es el principio del quiebre de una comunidad», añade.
La perspectiva desde dentro
Para profundizar en la complejidad del fenómeno también es importante escuchar a quienes dan forma al género desde dentro, como la periodista Elena Merino (Elena en El País de los Horrores) y la criminóloga Ana Mendoza (Crónicas de la Calle Morgue), ambas co-productoras de podcasts sobre true crime.
Elena Merino, periodista: «Cuando el género está bien planteado puede servir como herramienta de valor social para impulsar la reflexión»
Para Elena, intentar acabar no solo es inútil, sino contraproducente. Como explica, «la técnica del avestruz de meter la cabeza en un agujero no hace que nos libremos de los criminales». Al contrario: cuando el género está bien planteado puede servir como herramienta de valor social para impulsar la reflexión y ayudar a comprender los mecanismos que pueden llevar a alguien a delinquir.
Ana, por su parte, cree que el motivo del éxito no está detrás de una intención depravada, sino de la simple curiosidad natural por el lado oscuro del ser humano, «de intentar entender cómo una persona puede llegar a cometer un acto tan atroz». No obstante, ambas coinciden en que más allá del interés público, la responsabilidad de quienes crean estos contenidos es clave para que el género mantenga su valor social y no termine simplemente siendo algo consumido desde el puro morbo.
También es clave evitar causar daño al espectador. Por eso, ambas insisten en la importancia del trigger warning en las producciones -una etiqueta que advierte sobre contenido sensible, perturbador o que podría desencadenar respuestas emocionales intensas en personas que han vivido experiencias similares-.
Ana Mendoza, criminóloga: «A veces hay que contar partes desagradables para que se entienda bien el caso»
Aún así, advierte Ana, «hay ocasiones en las que hay que contar partes desagradables para que la información no quede incompleta y se pueda entender todo el caso». Eso a pesar de que los contenidos que mejor funcionan son, precisamente, los que tratan sobre casos sin resolver que dejan al público con miles de preguntas en la cabeza.
Las mujeres lo consumimos mucho más
El true crime nos abre un abanico de posibilidades a lo que nos enfrentamos en el mundo. Especialmente a nosotras: según el informe publicado por Social Psychological and Personality Science, el 70% del público de true crime es femenino. «Tradicionalmente las mujeres han sido vistas como más vulnerables a la agresión y la violencia y consumir ese tipo de contenido puede generar cierta sensación de control (aunque sea falsa)», explica Miqueas.
Para Elena tiene que ver más con «una curiosidad más aguda en las mujeres, en aprender cómo funciona la mente criminal para tomar medidas si un día, en un fatídico escenario, se tuvieran que enfrentar a alguno de estos monstruos», apunta.
Además, cada vez es más común escuchar o ver true crime antes de irse a dormir. Lo que aporta a la hora de conciliar el sueño no lo sabemos. Ana encuentra la explicación en que, al final, ese contenido se consume por entretenimiento, como si fuera otro cualquiera, lo que nos lleva a escucharlo en nuestro momento de tiempo libre.
Pero esto no quiere decir que no impacte en el cerebro: según Miqueas, «todo lo que entra en nuestra mente antes de dormir no se filtra» por lo que si proyectamos imágenes estremecedoras, podemos disparar la adrenalina y nuestro sueño deja de ser reparador.
Como todo, con cuidado
La respuesta más honesta a si el true crime afecta a nuestra salud mental es: depende. Depende de quién lo consume, en qué momento, con qué experiencia previa y con qué hábitos personales. No existe una regla única ni hay un efecto universal: para una persona puede ser fascinante, para otra puede resultar angustiante.
Lo que sí está claro es que ejerce una influencia sutil en nuestra mente, muchas veces sin que nos demos cuenta. Así que el reto no está en demonizarlo ni temerlo, sino en consumir con responsabilidad, respetando la memoria de las víctimas reales y sin banalizar el sufrimiento o glorificar al criminal.
En última instancia, la verdadera pregunta que tenemos que hacernos cuando el reproductor llega al último segundo es qué nos llevamos de la historia. ¿Una reflexión? ¿Una lección? ¿Mayor conciencia sobre lo frágiles que podemos ser? ¿O solo un susto que se nos olvida con el siguiente episodio?


