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En busca del tercer espacio

Cristina C. Garay

No es donde trabajamos. Tampoco donde vivimos. Es ese lugar intermedio —el café, la plaza, la biblioteca— en el que la ciudad todavía respira y los desconocidos pueden dejar de serlo. Hoy, ante una planificación urbana que homogeneiza el paisaje y acaba con los espacios no productivos, corremos el riesgo de perder algo inherente al ser humano: la conexión. ¿Qué pasa cuando una ciudad mantiene sus edificios y sus calles pero pierde los lugares donde sus habitantes pueden encontrarse?


En su raíz latina, la palabra «ciudad» nace de civitas. A lo largo de muchos siglos, esta no fue sinónimo de tráfico, ni edificios, ni mapas iluminados desde un satélite. Daba nombre a algo mucho más humano: la posibilidad de vivir junto a otros. La ciudad era, antes que nada, un lugar de convivencia en el hoy llamado tercer espacio.

Fue el sociólogo Ray Oldenburg el responsable de acuñar este concepto en 1989 con su libro The great good place: el tercer espacio es ese café de barrio donde el camarero sabe cómo te llamas, un lugar cercano donde no existe la agenda, donde la conversación no tiene objetivo y el tiempo no se mide en productividad. Un punto de encuentro necesario para vivir en sociedad.

«La salud social necesita infraestructura física», explica Francisco Colom, arquitecto y autor de Cómo hacer hielo en el desierto: arquitecturas para recuperar nuestra salud y la del planeta, donde explora cómo el diseño urbano transforma nuestra relación con el entorno. «Cuando no ofrecemos oportunidades para que las personas se vean estamos creando comunidades más frágiles». En otras palabras, la vida compartida en la urbe, como en los hogares, necesita salas de estar, lugares que no exijan nada, espacios donde nadie espere a tener una razón para ocupar una silla durante horas.

Sin embargo, tener un lugar donde permanecer en nuestras ciudades se ha convertido en un lujo contemporáneo. Quizá por eso algunos entornos urbanos nos producen hoy una sensación extraña: todo sigue ahí, pero algo parece haberse retirado en silencio, como si hubiéramos conservado la escenografía y perdido la temperatura humana que la sostenía. Los locales huelen a café recién hecho y a soledad optimizada entre auriculares y pantallas. Podría ser Berlín. Tokio. Cualquier ciudad del mundo.

Este es el paisaje urbano del tercer espacio en 2026: ocupado, pero vacío. La diferencia no radica en la cantidad de espacios para reunirnos, sino en su intención. Colom cita algo revelador: estamos diseñando ciudades para movernos, no para quedarnos. «Muchas calles y espacios funcionan como canales de tráfico. Se puede pasar por ellos, pero no apetece estar en ellos. Y sin permanencia, no hay vida social», apunta.

El bar del barrio que cerró para convertirse en un local de brunch con lista de espera, la plaza que se llenó de terrazas de pago, la librería centenaria que bajó la persiana: todos son síntomas de una misma pérdida. Desaparecen lugares y el permiso de sentarse sin consumir, de mirar sin prisa, de estar sin producir nada. El tercer espacio comienza precisamente ahí, donde el lugar no pide nada a cambio.

El nombre de lo que perdemos

Una de las metas que nos hemos marcado en el mundo de aquí a 2030 es lograr que las ciudades sean inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles. Pero esa aspiración no depende solo de infraestructuras, movilidad o eficiencia urbana. Ni siquiera de tecnología. También exige preservar los lugares donde la vida común puede suceder sin demasiadas condiciones y aún podemos encontrarnos.

Ya hablábamos de esto hace una década. En 2016, la UNESCO lanzó el primer informe mundial sobre el impacto de la cultura en el desarrollo sostenible de los entornos urbanos para demostrar que, sin ella, «las ciudades serían tan solo construcciones de hormigón y acero proclives a la fractura y a la degradación social».

«Todos aquellos espacios que no son rentables y se gestionan de forma pública van a verse crecientemente amenazados»

Porque en ciudades cada vez más diversas, vividas por personas de distintos orígenes, lenguas, costumbres y formas de vida, la cultura promueve «la inclusión social y el diálogo», como apunta el documento. «En demasiadas ocasiones, diseñamos edificios y entornos como si todo lo que no tuviera una función productiva y rentable a corto plazo fuera prescindible», afirma Colom.

Pero es precisamente en todo eso que no se puede medir donde una ciudad empieza a ser habitable. El sociólogo Ion Martínez Lorea, investigador de la Universidad Pública de Navarra, insiste: «Todos aquellos espacios que no se traducen en rentabilidad y que cuentan con formas de gestión y uso comunitarios y públicos van a verse crecientemente amenazados». Y eso tiene un impacto directo sobre la experiencia urbana.

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La ciudad está cansada

Hay un fenómeno urbanístico que algunos arquitectos describen como los bloques cebra: edificios de viviendas caracterizados por fachadas con franjas alternas de color blanco (paneles opacos) y negro o gris oscuro (huecos de ventanas). Son ciudades clonadas que, vistas desde arriba, siguen teniendo su propia identidad, pero que, a nivel de calle, son intercambiables. Tienen también las mismas franquicias, las mismas tiendas, los mismos supermercados.

La homogeneización del espacio urbano no es solo una cuestión estética: modifica la manera en que nos relacionamos con el lugar donde vivimos, y por extensión, con quienes lo compartimos. En esa transformación, el consumo juega un papel central. «Sustituir el espacio público por espacios puramente comerciales es otro error», señala Colom. «Cambia la naturaleza del encuentro».

En un espacio de consumo, si no compras, no perteneces. Martínez Lorea lo describe como una «privatopía urbana»: lugares que aparentan ser abiertos y comunitarios, pero que funcionan bajo códigos invisibles de exclusión mientras construyen «un imaginario de accesibilidad y cierto vínculo social» a pesar de que sigan dependiendo de dos filtros fundamentales: el económico y el estético-cultural.

«Cuando no ofrecemos oportunidades para que las personas se vean estamos creando comunidades más frágiles»

La paradoja de todo esto reside en que somos más conscientes que nunca de la epidemia de soledad y, al mismo tiempo, seguimos diseñando nuestras ciudades y nuestros hábitos como si el contacto humano fuera algo optativo. El encuentro espontáneo que nace en la plaza o en el banco es precisamente lo que el tercer espacio hace posible. «Sobrevaloramos nuestra capacidad de elección e infravaloramos la influencia del contexto», advierte Colom. «Nuestras acciones dependen de nosotros mismos, pero el diseño urbano es esa fuerza invisible que nos guía en una dirección determinada».

Ese «empujoncito», como él lo llama, puede ir hacia el aislamiento o hacia el encuentro. La pregunta es quién decide en qué dirección empuja: «La planificación de las ciudades nunca es neutral. ¿Por qué en algunas paseas y en otras necesitas el coche para todo? ¿Por qué en unos barrios los niños juegan en la calle y en otros desaparecen?».

Al problema espacial, Martínez Lorea añade el temporal: vivimos en ciudades atravesadas por la velocidad y la disponibilidad constante. «A través de la conectividad digital, somos seres disponibles para todo aquello para lo que se nos requiera», explica. La consecuencia son las «ciudades cansadas», entornos diseñados alrededor de la aceleración donde el agotamiento se convierte en el estado general y «se ha renunciado a los espacios que favorecen la lentitud».

Otra forma de estar es posible

En un contexto como este, recuperar el tercer espacio no es una cuestión de nostalgia ni de urbanismo. Es recuperar la conexión inherente al ser humano. Los hobbies, en este contexto, dejan de ser mero entretenimiento para convertirse en la razón que necesitamos para ocupar un espacio junto a otros.

Afortunadamente, aún existen pequeñas «utopías concretas», utilizando el término del conocido sociólogo Henri Lefebvre, capaces de recordarnos que la ciudad no está condenada a ser solo tránsito, consumo y cansancio. Son espacios modestos pero profundamente transformadores: huertos urbanos, bibliotecas públicas que todavía ofrecen silencio sin pedir nada a cambio, centros comunitarios, plazas, talleres o asociaciones de barrio donde la vida compartida vuelve a experimentarse a pequeña escala. Lugares que sostienen la posibilidad de una ciudad habitada como merece.

Esa posibilidad podemos palparla incluso en gestos mínimos heredados que han resistido al paso del tiempo, prácticas aparentemente mínimas que reapropian el tiempo y el entorno mientras sostienen el vínculo de barrio. ¿El ejemplo perfecto? Tomar la fresca, esa clásica escena de vecinos y vecinas sentados a la puerta de casa al caer la tarde, charlando sin prisa, viendo la vida pasar y haciendo de la calle una prolongación del salón. No hace falta más que una silla y alguien con quien hablar.

Colom tiene otro ejemplo favorito, uno que le viene de la infancia: la Explanada de Alicante. Allí, frente al puerto, cada mañana se colocan sillas de madera plegables a disposición de quien pasa por la zona. Están ahí, disponibles, recordando que ese paseo no solo sirve para cruzar la ciudad, sino también para detenerse en ella. Un gesto mínimo que lo cambia todo porque permite pararse, sentarse, mirar, charlar, esperar, leer o, simplemente, estar. La demostración perfecta de que una decisión tan simple como esa puede provocar un impacto profundo en el latido urbano.

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