La idea de verano no ha sido fija a lo largo de la historia. Los que atravesamos este siglo XXI, con el verano que más nos identificamos es con el representado por una mezcla de sopor, de espera y de una esperanza puesta en que pasarían cosas que rara vez ocurrían. Un tiempo que se nutría de muchas horas delante de la televisión, siestas con etapas del Tour de fondo, largas tardes con los amigos en las que poco se podía hacer, fiestas de pueblo y alguna escapada a la playa. Todo ello amenizado con la canción del verano, que todo el mundo tatareaba sin esfuerzo alguno.
Sin embargo, en los últimos años poco queda de todo ese imaginario: ya no hay (o casi no hay) operaciones salida. Por no haber, no quedan ya ni amores de verano. Pero aunque todo esto esté desapareciendo, sigue existiendo ese espejismo que perseguimos cada año en cuanto suben las temperaturas, esa promesa por cumplirse que es el verano. Al menos así lo cree el periodista Enrique Rey, quien reflexiona sobre esta época tan especial del año en su libro Melón con jamón.
¿Por qué el verano despierta tanto en nosotros?
Mi idea detrás del libro era establecer una conexión entre el verano contemporáneo y el antropológico. Mientras que el primero tiene que ver con disparates, productos y cosas raras; el segundo es casi un sentimiento muy profundo de épocas remotas, que tiene que ver con ciclos estacionales, cosechas, etc.
El verano es una de las pocas constantes que los antropólogos pueden mencionar como un sentimiento que se renueva y que se ha vivido en todas las civilizaciones y grupos. A día de hoy tenemos un verano contemporáneo marcado por el consumo, pero sigue despertando sentimientos igual de intensos.
El verano, como dices, no fue como lo conocemos a día de hoy. ¿Cuándo empezó a ser como el que actual?
Al principio yo quería escribir un ensayo sobre el tiempo, pero me di cuenta de que no tenía capacidad y que tenía que leer a Martin Heidegger entero para poder trabajarlo. Entonces empecé a pensar qué otra cosa podía explicar fenómenos contemporáneos. De ahí caí en el verano, ya que lo tengo delante y lo padezco todos los años.
El verano, como amplifica todo, también lo bueno y lo malo, es perfecto para analizar la contemporaneidad. Al igual que nuestras vidas, el verano se está acelerando, fragmentando, desincronizando, etc. A día de hoy hay pocos fenómenos que nos ocurran a todos a la vez, por eso esta época del año me servía para examinar nuestro tiempo.
Ya no hay ese verano de masas o de operación salidas. O por lo menos se está atenuando. Ese tenía que ver con otro tiempo, en el que mandaban los relojes de las estaciones de los trenes, las sirenas de las fábricas, los calendarios iguales para todo el mundo… Ahora la gente tiene horarios distintos y los trabajos se hacen cada uno en un sitio. Ya no hay esa idea de sincronización.
¿Qué relación hay entre tiempo y verano?
Hay relación a muchos niveles. Primero, a nivel íntimo y cotidiano, todos estamos de acuerdo en que se acaba muy pronto. Tiene algo de cuenta atrás en el que el tiempo es una especie de amenaza y por eso lo vivimos amplificado. Pero aparte de que el verano dura demasiado poco, también es un marcador de lo que va atravesándonos de año en año: nos enfrenta con nosotros mismos. Y, por último, el tiempo de verano es un tiempo que se alarga, de aburrimiento… tiene algo de espera. De hecho, todas las ficciones del verano son gente que merodea para que les pase algo.

¿Ha hecho esto que todo nuestro tiempo se haya transformado en verano?
Exacto, el verano se ha desestacionalizado. Ya abarca todo el año. También el territorio. Pero al mismo tiempo, se está volviendo cada vez más inaccesible para diferentes capas de la población. Con lo cual parece que está como escenario, pero no como vivencia o experiencia.
Antes comentabas la palabra aburrimiento. Hasta hace poco, en la cultura o nuestros propios veranos iban ligados a esa palabra. ¿Se han separado para siempre?
Como todo, la aceleración ha afectado también a las experiencias veraniegas. Es decir, ahora hay que concentrar todo en el mínimo tiempo posible. El aburrimiento tiene algo de espera para que ocurran cosas, de espera fértil. Me acuerdo de Javier Rueda, autor de ‘Utopía de la barra de bar’, que me dijo que lo positivo de un bar es que puedes ir nueve noches sin que pase nada y que es la décima cuando ocurre. La espera de las nueve noches tiene que estar ahí. Algo así sucede con el verano: si te cargas la espera, quizá no llega lo importante.
Esa aceleración también ha hecho que haya desaparecido la canción del verano. ¿Qué ha pasado con ella?
Ahora hay tendencias que duran una semana. Como no hay unos medios de comunicación que tengan el discurso público tan apabullante como lo hacía la televisión, ni hay vacaciones sincronizadas, ya no se dan las situaciones para que una canción domine todo el verano.
Otro de los mitos del verano es el amor. ¿Es posible que siga existiendo bajo estos cambios?
El mito del amor del verano tiene mucho que ver con que es el momento de lo insólito y de la transgresión. Sirve para permitirte lo que en otros periodos no harías. Por eso los amores de verano nacen presuntamente caducos. Si el verano es tan corto y pierde esa excepcionalidad, tampoco hay lugar para esa emoción que permite transgredir.
«El mito del amor del verano tiene mucho que ver con que es el momento de lo insólito y de la transgresión.»
Si hay algo que sí que es común al verano es el agua. ¿Cuánto tiene que ver este elemento con el estío?
Muchísimo. Desde el principio, las Adonías, que eran las procesiones griegas precedentes a las noches de San Juan, tiraban las figuras al mar, ya que el agua salada tenía esa idea de purificación, de rito. Nuestro verano también está muy relacionado con el agua. Algo que es una construcción cultural.
Si bien los griegos y los romanos le tenían aprecio, en la Edad Media era un lugar de emanaciones fétidas, complicado. Y hasta bien entrado el S. XX ha sido así. Las orillas han sido sitios para buscavidas y para pescadores muy pobres. Eran lugares desagradables, de transición, en el que solo pasaban cosas malas. Sin embargo, con el tiempo hemos ido construyendo esta idea del mar como la entendemos ahora.
«El final del verano es de los pocos momentos en los que la gente se permite estar triste.»
Aunque el verano se haya roto, aun así, cuando termina, siempre duele.
El final del verano es de los pocos momentos en los que la gente se permite estar triste. Yo no sé si es miedo al final del verano o al paso del tiempo, que no es otra cosa que el miedo a la muerte.


