Miguel A. Cajigal

Miguel A. Cajigal (El Barroquista): «El verdadero privilegio sonoro hoy es poder escuchar con calma, o no escuchar nada en absoluto»

Cristina Consuegra

Miguel Ángel Cajigal, más conocido por su alteridad digital, El Barroquista, es uno de los divulgadores culturales más importantes de nuestro tiempo por su manera de aunar rigor y proximidad. Con la publicación de Otra historia de la música. ¿Qué pensaría Bach de la música actual? (Ediciones B, 2025), El Barroquista cierra su trilogía que empezó tratando sobre la historia del arte y que continuó con la arquitectura para culminar en una disciplina artística, la musical, que se encuentra en un momento de absoluta plenitud en cuanto a géneros, artistas, plataformas, soportes y posibilidades de directos. Pero ¿somos plenamente conscientes de lo que escuchamos y cómo lo escuchamos? ¿Qué papel juega el silencio en la escucha activa? ¿Cuáles son los sonidos y artistas que mejor definen nuestro presente? Y, ante todo, ¿por qué nos gusta tanto escuchar música? Las páginas de este nuevo libro no solo dan respuesta a estos interrogantes, sino que inaugura otros con los que poder comprender por qué es tan importante la naturaleza de la música y el papel que ha desarrollado en la biografía de lo humano. 


Arte, arquitectura… ¿Por qué te inclinas por cerrar tu trilogía cultural con la música?

En realidad, ha sido algo muy natural. Además de historiador, soy músico, así que la música no es solo un tema que me interese, sino que determina cómo entiendo el mundo. Esta trilogía tiene mucho que ver conmigo: la historia del arte es mi disciplina, la historia de la arquitectura ha sido mi especialidad como investigador, y la música es, además de parte de mi formación como persona, mi gran pasión. Cerrar con la música es cerrar con lo más personal.

¿Cómo podemos reivindicar la escucha activa y paciente de las canciones y composiciones? ¿Cómo podemos volver a ese tiempo que cada canción precisa y necesita para tener un espacio propio?

Es complicado, porque vivimos en una era sobreestimulada. Los propios dispositivos y plataformas que usamos para escuchar música están pensados para que no pares, para ir saltando de un estímulo a otro constantemente. Y claro, en ese contexto, parar a escuchar de verdad es muy difícil. Por eso creo que es importante reivindicar una escucha activa, más paciente, darle a cada canción su tiempo y su espacio. No tanto consumir música, sino convivir un poco con ella. Es una idea que intento defender con el libro: si conocemos mejor lo que escuchamos, además de entenderlo podremos hacerlo parte de nuestra experiencia vital. 

«Cada canción necesita su tiempo y su espacio y, en plena era de la sobreestimulación, la música necesita que se lo demos»

La naturaleza de la música está altamente vinculada a la ceremonia y al ritual. Bailamos con ella, nos enamoramos, lloramos ante la escucha de una canción o pieza. Viste nuestros días y nos acompaña. Sin embargo, no sé si somos conscientes, en un momento donde el algoritmo puede llegar a decidir tendencias, de qué escuchamos y por qué. ¿Tenemos libertad de escucha en la actualidad?

Tenemos menos libertad de la que pensamos. Al final, las plataformas funcionan con una lógica bastante clara: maximizar beneficios. Y para eso utilizan algoritmos que nos van guiando, casi sin darnos cuenta, hacia lo que más les conviene que escuchemos. Es un poco como estar en una rueda de hámster: todo fluye, todo parece cómodo, pero salir de ahí requiere un esfuerzo consciente. Y lo más curioso es que muchas veces ni siquiera somos del todo conscientes de que esto sucede. Creo que, comparado con otros debates del presente, como la influencia de la inteligencia artificial en nuestras vidas actuales y del futuro más inmediato, este tema pasa más desapercibido de lo que debería, teniendo en cuenta hasta qué punto condiciona algo tan personal como lo que escuchamos y por qué. 

«Tenemos menos libertad de la que pensamos a la hora de consumir música y, sin embargo, es algo que pasa demasiado desapercibido para lo mucho que nos condiciona»

Los soportes físicos son ese gran contrapoder que resiste modas y tendencias, ¿no?

Sí y no. El soporte físico tiene algo casi ritual: proporciona una relación más pausada y tangible con la música, menos compulsiva si quieres decirlo así. En ese sentido sí funciona como una especie de resistencia frente a la lógica más acelerada de lo digital. Pero también hay cierto fetichismo ahí, no nos engañemos. Yo, de hecho, estoy bastante a favor de las plataformas digitales porque han facilitado muchísimo el acceso a la música. El problema no es tanto el formato, sino el modelo: a cambio de esa facilidad, las plataformas se han convertido en un embudo con el que nos alimentan. Mientras tanto, el soporte físico mantiene ese componente más atento y casi ceremonial, pero también se ha vuelto, en muchos casos, algo bastante elitista. Así que más que elegir un bando, creo que la clave está en entender bien qué nos aporta y qué nos limita cada forma de escuchar.

«La clave está en entender qué nos aporta y qué nos limita cada forma de escuchar: el soporte físico propone una relación más pausada con la música, pero volverse elitista»

Escribes en el prólogo del libro que «los sonidos definen nuestro mundo». ¿Cuáles explican el momento en el que vivimos?

Diría que está bastante definido por la sobrecarga. Hay un ritmo constante de notificaciones, fragmentos de canciones, playlists que no se acaban nunca, publicaciones en redes… una banda sonora ininterrumpida que nos acompaña todo el tiempo aplicándonos la presión de la uniformidad. Frente a todo eso, empieza a aparecer también el silencio o la pausa como algo casi reivindicativo. En mi ciudad, Compostela, se ha desarrollado una actividad que se llama LeComigo donde decenas de personas se reúnen simplemente para parar, abrir un libro y leer en silencio. Es decir, en medio de tanto estímulo, el verdadero privilegio sonoro ahora mismo es poder parar y escuchar con calma, o no escuchar nada en absoluto.

«A lo largo de la historia, la disponibilidad de la música a demanda ha estado restringida a las élites y hoy la llevamos en el bolsillo.». Eres un investigador y divulgador que siempre ha puesto todo foco de reflexión en la importancia de la democratización de la cultura. Sin lugar a dudas, parte de la agenda tecnológica ha permitido justamente eso, el acceso a la cultura, en general, y muy en particular, a la música. ¿Crees que queda algún tipo de élite en esto de la música?

Es indudable, porque siempre existen las élites sociales o económicas y siempre se van a distinguir por su manera de consumir, lo que incluye también el consumo cultural, artístico y musical. Por ejemplo, aunque mucha gente quizás frunza el ceño con esta afirmación, los festivales de música son un ejemplo de elitismo musical. No es barato ir a ellos ni todo el mundo se lo puede permitir, no ya por economía, sino incluso por tiempo. Se muestra en redes la asistencia a esos eventos como se enseñan las fotos de un viaje espectacular: para presumir de ello. Ir de festivales es el nuevo palco en la ópera para ver y ser visto.

«Ir de festivales es el nuevo palco en la ópera para ver y ser visto»

De todas las habilidades transformadoras que la música tiene sobre las personas, ¿cuál destacarías?

Probablemente la empatía. La música tiene la capacidad de ponernos en el lugar del otro sin necesidad de explicaciones. Puedes entender una emoción, una experiencia o una cultura distinta simplemente escuchando una canción. Además, lo hace de una forma directa, con un impacto físico: de repente conectas con algo que no es tuyo pero que reconoces como cercano. Por eso, como explico en el libro, la música ha preocupado tanto, en distintas épocas, como canal por a través del que un pueblo puede tomar conciencia y rebelarse.

¿Contamos bien la historia de la música?

No especialmente, pero tampoco lo hemos intentado. No es una disciplina que tenga mucha presencia social. Piensa que la historia del arte, en general, ya está excluida de muchos ámbitos y mucha gente cree que consiste solo en hablar de “lo que significa” un cuadro; así que con la historia de la música el problema es mucho mayor. Apenas sale del ámbito académico o de conciertos de ciertos géneros, como la música clásica.

En el libro aparecen algunos artistas y álbumes que, a tu parecer, modificaron el rumbo de la historia de la música. Si tuvieras que destacar alguno, ¿cuál sería?

Decir los Beatles es muy tópico, pero seguramente es la respuesta más correcta. Se ha comentado muchas veces, pero Revolver es un antes y un después en la historia de la música. De hecho, les dedico un capítulo entero del libro porque fueron para la música popular algo muy parecido a lo que el meteorito significó para la vida en la Tierra. Lo que pasa es que su impacto lo tenemos todavía tan cercano en el tiempo que nos cuesta ver sus repercusiones con claridad.

«’Revolver’, de The Beatles, marcó un antes y  un después en la historia de la música popular: su impacto fue muy parecido a lo que el meteorito significó para la vida en la Tierra»

También dedicas tiempo a cuestiones más técnicas de la composición musical, su vínculo natural con las matemáticas, por ejemplo. ¿Por qué se enseña tan poco el aspecto técnico de la música? Para llegar a la materia hay que ir a un conservatorio, debería tener más presencia en las asignaturas de la enseñanza reglada.

Durante mucho tiempo se ha entendido la música casi exclusivamente como una expresión artística, más ligada a la intuición o a la emoción, y se ha dejado en un segundo plano todo su componente técnico. Se ha obviado que está profundamente conectada con estructuras, patrones, proporciones… con una lógica que tiene mucho que ver con las matemáticas. Además de ser un fenómeno de la física, por supuesto. El problema es que este conocimiento se ha encapsulado en espacios como el conservatorio, como algo inaccesible para la mayoría. Esto provoca que mucha gente se relacione con la música solo como oyente, pero no llegue a entender cómo está construida. Tendría mucho sentido darle más presencia en la enseñanza general, no necesariamente con el objetivo de formar músicos, sino porque entender cómo funciona la música también cambia la forma en la que la escuchas. Pero aquí nos encontramos con otro problema: la sociedad no la valora tanto y ya hemos visto  en el caso español lo que mucha gente opina de la asignatura de música en las escuelas y el escaso valor que se le da.

¿Cómo sería un mundo sin música?

Muchísimo menos interesante. Sobre todo, mucho menos humano. La música es uno de los elementos más característicos, y únicos, de lo que somos como especie.

Y, por último, a modo de colofón. Qué canción te apetece escuchar precisamente ahora.

Creo que se ha quedado un día estupendo para escuchar Love Me or Leave Me de Nina Simone.

«La música es uno de los elementos más característicos, y únicos, de lo que somos como especie»

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