Ni estrategia, ni márketing de salón: Tránsito es un encuadre necesario en el ecosistema editorial. Su editora fundadora, Sol Salama, ha pasado de corregir traducciones en despachos ajenos a liderar una de las apuestas más honestas del panorama independiente. Sus libros no están aquí para dejarnos cómodos, sino para hacernos sentir el peso de lo que no se puede salvar. Hablamos con ella sobre el arte de desviar el foco, la herencia creativa de su madre pintora y por qué apostar por autoras nunca fue una opción, sino un compromiso innegociable con la verdad literaria.
Fuiste redactora cultural en agencias, te dedicaste un tiempo a la fotografía (pasión que mantienes latente), fuiste correctora y lectora editorial, y después asistente editorial en Penguin Random House. ¿Qué te aportó todo este “tránsito” vital a la hora de crear Tránsito?
Todo suma en mi caso, todo lo que hice me sirve mucho. Estudié Traducción y hoy en día trabajo con la(s) lengua(s): leo en varios idiomas y corrijo traducciones. Toda la parte más fotográfica asentó en mí algo que forma parte de mi mirada, de mi manera de acercarme a las narraciones. Y todo lo que aprendí en mi etapa de redactora en agencias es valioso: escribir en diferentes registros y con rapidez. Me gusta sentir que todo lo que hice tuvo su sentido y tiene su aplicación ahora.
Ya de pequeña, cuando en las películas veías que los escritores y editores siempre eran hombres, querías ser editora. Has logrado ser la protagonista de esa película, pero ¿qué parte de la mística de esta profesión se te ha caído al suelo y qué parte nueva has inventado que no salía en esos guiones masculinos?
Quería hacer algo que tuviera que ver con libros, y sí, crecí pensando que ser editor era algo intelectual de hombre, pero a la vez tuve el privilegio de que mi madre, Dinah Salama, fuese pintora, así que en verdad pude reflexionar acerca de ello y darme cuenta de que los oficios creativos eran también para nosotras. Ser editora es mucho más arduo y menos romántico de lo que pude imaginar en un principio: a mí me faltaba, cuando comencé en esto, tener una cabeza mucho más comercial. No siento que haya inventado nada, pero sí he ido desarrollando todo lo que antes no tenía. Esa actitud comercial, por ejemplo.
Siempre has dicho que apostar por autoras era innegociable. Hoy, más allá de la etiqueta de «editorial femenina», ¿qué rastro buscas en una voz para que encaje en el universo de Tránsito? ¿Es una cuestión de identidad o es esa valentía de habitar los márgenes, de atreverse a narrar desde el borde, la que sigue siendo el verdadero motor de tu selección?
Tránsito no es una «editorial femenina». Es una editorial de literatura contemporánea que ha puesto el foco en publicar a mujeres porque el foco siempre estuvo en otro lado. Y me gusta desviarme, intentar aportar mi grano de arena: contribuir a poner en evidencia situaciones con la que no estamos conformes; a que lleguen textos y autoras a las que no estábamos accediendo con tanta facilidad hace años y a impulsar el debate y el diálogo entre voces que considero son las más interesantes hoy en día. Ahora que por fin tienen el lugar para hacerlo y la satisfacción de ser leídas, hay autoras haciendo una literatura con mayúsculas, asombrosa, y que además nos interpela. Estar ahí, con ellas, dándoles el lugar para sus historias, ese es mi motor.
«Tránsito no es una editorial femenina, es literatura con mayúsculas que nos interpela»
La escritora brasileña Clarice Lispector, una de las voces más enigmáticas y viscerales de la literatura, decía que escribir es «una maldición que salva». Hace años, cuando empezabas, te preguntaron si para ti editar era eso o más bien un ejercicio de sanación. Pediste diez años para responder. Todavía no han pasado, pero… ¿sientes ya que editar te ha salvado de algo, o que te ha enseñado a convivir mejor con aquello que no se puede salvar?
Ambas cosas y, a la vez, sobre todo, ninguna de ellas, sino una tercera más simple y más ligera: ha hecho que encuentre placer, disfrute y alegría inesperada. Cuando hallo un texto que me conmueve profundamente y puedo acercarlo a la gente, ahí hay algo sencillo pero mágico. Es ese milagro de encontrar algo valioso y poder mostrarlo y darlo a conocer. También mi oficio me dio y me da consuelo y refugio, y otras veces, como a todo el mundo, también me quita ese mismo consuelo, cuando por ejemplo las cosas no salen como esperaba.
«Hay algo sencillo y mágico en encontrar un texto que me conmueve profundamente y poder acercarlo a la gente»
La identidad visual de Tránsito, con esos collages de Donna Salama [tu hermana], permite identificar y reconocer rápidamente que estamos ante un libro de tu editorial. ¿Hasta qué punto es importante esta mirada o decisión estética para terminar de redondear el alma de cada texto?
Es clave. Hay veces, por ejemplo, en las que Donna da con un collage increíble, muy potente, pero por alguna razón no dialoga o no recoge lo que es el libro, o transmite algo que no es. Estamos muy pendientes de eso, de que transmita lo que queremos, y eso es algo que cada vez Donna hace con más soltura. También cada vez son collages más sencillos, más conceptuales, y a la vez no dejamos de jugar, de innovar, de saltarnos nuestras propias normas.
Hablas de la prueba y el error como parte inevitable del camino. ¿Cuál ha sido el error que más te ha enseñado, aunque en su momento no tuviera ninguna gracia?
Hay un par de libros que quizá hubiera sido mejor no publicar porque ya no era el momento o porque llegaban tarde a la conversación sobre ciertos temas, pero tampoco es grave. Son errores útiles que me enseñan que los paradigmas están cambiando todo el rato.

En tu catálogo conviven con una armonía asombrosa autoras como la uruguaya Fernanda Trías, la colombiana Lorena Salazar o la mexicana Cristina Rivera Garza con algunas voces europeas, como la de la belga Caroline Lamarche. ¿Existe una «patria común» en la escritura de las mujeres actuales que va más allá de la geografía?
Hay obsesiones y territorios que muchas de mis autoras comparten: el estado de nuestro planeta, la infancia, lo fronterizo en la identidad, la familia como nido que no se acaba nunca de todo lo bueno y lo malo. Me fascina el diálogo que se teje en esa tela de araña que es el catálogo entre autoras de todos los lugares y de distintas épocas.
«Hay autoras haciendo una literatura asombrosa y estar ahí, dándoles el lugar para sus historias, es mi motor»
¿Y qué tabú nos queda todavía por romper en la literatura escrita por mujeres? ¿De qué nos da miedo hablar?
Me da la sensación de que todo lo sucio, todo lo que tiene que ver con nuestros cuerpos, con los cuerpos enfermos, por ejemplo, sigue siendo muy difícil. Nadie quiere leer sobre eso, ponerse en esa tesitura, pero sí me encuentro cada vez más manuscritos que abordan lo incómodo y quizá, con más tiempo, podemos ir perdiendo el miedo a leerlo y publicarlo con más naturalidad.
Defiendes el «pico y pala» con las librerías y el contacto cuerpo a cuerpo con las lectoras. En este 2026 hipertecnológico, ¿cómo se sobrevive al ruido de la novedad constante sin traicionar ese ritmo lento y artesanal que necesita un libro para encontrar su verdadero hogar?
Siendo muy fiel a los principios de una, encontrando el equilibrio entre hacer lo necesario para sobrevivir en este momento y en esta industria y, a la vez, pretando toda la escucha que cada libro y cada autora necesitan, sin publicar nunca para rellenar o para complacer.
«Dedico la escucha que cada libro y autora merecen, sin publicar por rellenar o complacer»
Mirando vuestro plan editorial para este 2026, con apuestas que siguen desafiando las etiquetas comerciales, ¿cuál es el libro que sientes que mejor define el momento actual de la editorial y por qué era urgente que viera la luz precisamente ahora?
Ningún libro de los que publico es urgente, ningún libro en general es urgente. Si un libro es urgente, me da la sensación de que vivirá en esa urgencia y su vida por lo tanto será limitada, más corta. Intento publicar libros valiosos, que tengan algo que los haga valiosos ahora si lo lees tú, pero también fue valioso cuando salió hace casi ocho años y lo será para otra persona dentro de quince. Eso es lo que quiero que tenga mi catálogo, un algo que no dependa de lo que está sucediendo ahora mismo ahí fuera. Aun así, claro, hay libros más valiosos por el instante en el que se vive. Para mí es importante el hecho de publicar Las guerrilleras, novela de la francesa Monique Wittig que llega por primera vez sin censura a España. Wittig fue una escritora y teórica feminista lesbiana crucial en los feminismos por su concepto de contrato heterosexual y por afirmar que las categorías de hombre y mujer no son más que eso, categorías que responden al sistema patriarcal de producción, y por eso se desmarcaba de ese binomio afirmando que «las lesbianas no somos mujeres». Tiene muchísima relevancia en la teoría queer y en los feminismos de hoy, y me enorgullece que esté en el catálogo de Tránsito y reivindicarla como se merece.


