A lo largo de la historia, el ser humano ha tendido a relacionar la oscuridad con la ignorancia, con la maldad. Y eso nos ha llevado a estar en constante lucha contra ella –si no lo crees, intenta contar más de 250 estrellas de las miles que debería haber a simple vista–. Pero la oscuridad, igual que la luz, forma parte de lo que somos y, en ocasiones, puede ser un refugio. Un ejemplo claro de esto son las salas de cine: lugares que hermanan, donde se forjan mitos e ideales. Es hora de reivindicar la oscuridad, como hace Vicente Monroy (Toledo, 1989), escritor y programador de la Cineteca de Madrid en su nuevo libro Breve historia de la oscuridad (Anagrama).
¿Por qué esa obsesión con luchar contra la oscuridad?
Creo que no siempre ha sido así pero, desde luego que la historia humana moderna está en lucha contra la oscuridad y defiende la luz de manera absolutamente excesiva. Esto proviene del Renacimiento, una época en la que se empieza a pensar en la luz como idea articuladora de una nueva humanidad. El problema es que, efectivamente, ahora mismo estamos obsesionados con ella.
¿Por qué deberíamos defenderla?
Si bien los seres humanos hemos intentado apartarla de nuestra vida y hacer sociedades basadas únicamente en la luz, tenemos que aceptar que esa oscuridad forma parte de nosotros, de nuestro mundo, de nuestra manera de ser y de muchos de los placeres que deberíamos permitirnos. Normalmente, si lo piensas, los placeres vinculados con la oscuridad son los que están prohibidos o se califican como de dudosa categoría. Sin embargo, yo creo que en la oscuridad se aprenden muchas cosas. O al menos esa es mi experiencia.
¿Y cómo conecta esto con el cine?
La sala de cine ha sido un baluarte fundamental de la oscuridad a lo largo del siglo XX. Mientras las sociedades tendían a la luz, el cine servía para salvaguardar esos sueños de oscuridad que hemos necesitado siempre. En sus salas hemos podido sentirnos de ciertas maneras y dejarnos llevar por las imágenes, algo que ha estado prohibido o mal visto fuera. Básicamente, las salas de cine han servido una función casi terapéutica y de transformación social.
«El cine es un llamado a la curiosidad y a la búsqueda»
También favorecen la cohesión social.
Cuando nació el cine, lo hizo como un arte que por primera vez mostró a la humanidad en movimiento, una capacidad que se nos devuelve en masa cuando vamos al cine. Sirve para hermanar, para construir sociedad, para generar pueblo.
En el momento actual, con las plataformas de streaming y Youtube, todo esto se está transformando. Ya no se ve tanto cine, ahora se consume más este contenido.
Sinceramente, este giro me parece aterrador. El cine, tal y como lo hemos entendido a lo largo del siglo XX, ha sido todo un continente por explorar, una especie de nuevo paraíso de las imágenes donde ocurrían cosas que no ocurrían en la vida real. Ahora, sin embargo, hablamos de contenido; es decir, de una especie de fluctuación o de vibración que nos llega a través de todas las pantallas que nos rodean de una forma bastante perversa. Y lo hacen a una velocidad y violencia que no somos capaces de digerir adecuadamente. Por eso necesitamos preguntarnos dónde está el contenido. ¿Está en nuestro cuerpo? ¿Solo en las pantallas? ¿Cómo podemos lidiar con él?
¿Ha perdido el cine, entonces, su potencial revolucionario?
Sí, al menos en los dos grandes modelos: el cine industrial de raíz americana y el de autor de raíz europea. Ambos, en mi opinión, se han degradado por los festivales, por la industria, por el modelo de distribución y por las grandes plataformas. Aun así, sigue existiendo un cine pequeño, el que está hecho con las manos, con la cámara a la altura de los ojos, que a mí me sigue emocionando y transformando.
«En la oscuridad se aprenden muchas cosas: forma parte de nosotros, de nuestro mundo, de nuestra manera de ser»
Parecía que la revolución tecnológica iba a traer la democratización del cine, pero ha ocurrido justo lo contrario.
Eso es: las grandes plataformas son cada vez más grandes y las pequeñas producciones son cada vez más marginales. Parece que las plataformas son seres de luz. Y pueden serlo, pero no inocuos: están imponiendo una estética, un revisionismo histórico al decidir cómo tenemos que ver el cine y cómo tenemos que entender su historia desde discursos superfluos. El problema de las plataformas de streaming es que no hay una labor curatorial, no hay un pensamiento detrás de la manera en que se exponen las películas. Por ello, lo que parecía que iba a ser una revolución tremendamente positiva, tiene sus luces y sus sombras. En otras palabras, no tienen detrás discursos que nos conecten con ideas utópicas, con esperanzas en el futuro. Desde mi punto de vista nos ofrecen justo lo contrario: promesas vacías.
¿Esto nos lleva a ser más reaccionarios?
Totalmente. A lugares donde ha desaparecido el contraste entre la luz y la oscuridad. Para mí, están imponiendo su discurso y eso es muy peligroso, especialmente viniendo de las grandes industrias.
«Las salas de cine han servido una función casi terapéutica y de transformación social»
¿Dónde está ese otro cine?
El brillo de la cultura de masas eclipsa otras muchas manifestaciones interesantes. Por suerte tenemos la capacidad de crear pequeños grupos de resistencia y compartir otras ideas de qué es el cine gracias a internet, que también permite acceder a un cine al que antes no se podía. Eso sí, hay que salir a buscarlo. El cine es un llamado a la curiosidad y a la búsqueda, por lo que no podemos conformarnos con el que nos ofrecen en festivales y grandes plataformas.
¿Puedes poner algún ejemplo?
En mi trabajo como programador de la Cineteca de Madrid estoy en contacto con mucho cine que no pasa por los circuitos convencionales. Por poner un ejemplo español, te podría dar el nombre de Luis Soto Muñoz, un cineasta que supera por poco la veintena y que en 2023 estrenó dos películas que creo que son propuestas nuevas: Sueños y Pan y Los Restos del Pasar. Es un cine que se sale de las convenciones y con el que creo que se está creando una nueva tradición. Estas dos películas juntan lo tradicional y lo contemporáneo de una manera muy radical, que hacen vibrar y descubrir.


