Mario Vidal

Mario Vidal: “ No quiero ser otra cosa que sastre”

Luis Bravo

Como dice el refrán, el sastre Mario Vidal (Madrid, 2001) no da puntada sin hilo. Su apuesta por la sastrería clásica y una cuidada selección de colaboraciones con artistas de la escena musical más puntera han evitado que su nombre pase desapercibido en el sobrepoblado mundo de la moda. Su taller se encuentra en la parte trasera de su casa y, como cabría esperar, en él conviven orden y caos a partes iguales. Allí hablamos con él para conocer más sobre las vocaciones adquiridas que han demostrado ser una auténtica cuestión —y actitud— vital. Una necesidad, como la suya, que ha permitido que la elegancia no se quede en lo superficial, sino que recupere su brillo a través de su lado más artesanal.


Tu vocación por la moda, ¿ha sido un despertar tardío? ¿O ha sido fruto de una larga maduración hasta desembocar en este proyecto? 

Fue hace siete años, concretamente. De pequeño me hacía con mi madre los disfraces para Carnaval, para Halloween, pero fue hace siete años cuando aprendí a coser. También de niño hacía muchos inventos, fantaseaba útiles. Por ejemplo, para cuando me iba de camping, me inventé un cazamoras, me creé un chaleco antibalas. Siempre que me entraba el capricho de tener ese tipo de cosas, mi madre me respondía: ‘Pues háztelo’, así que tanto los disfraces como todo aquello que me iba siendo necesario, lo iba haciendo yo. Desarrollé esa creatividad hasta que coincidió con que me empezó a interesar la moda. Como no tenía pasta para comprarme de las marcas que me gustaban, me dije: ‘¿Y para qué quiero esas marcas? Ya me haré lo que me gusta y exactamente lo que quiera’. Entonces me metí en la academia y descubrí que lo mío era la sastrería; estudiarla más a fondo, practicarla, me fui con un sastre a Galicia, etc. Recientemente estuve en la academia La Confianza, pero ahí entré sabiendo ya, sólo que quería perfeccionarme, y me ha servido de mucho.

Mario Vidal

¿Crees que la juventud actual ha podido renunciar a un concepto de elegancia más cercano a lo depurado, a la simplicidad? 

Hay de todo. Conozco a mucha gente a la que le gusta también la ropa clásica. Pero en general se prefiere la velocidad, lo vacío, y eso se ve no únicamente en la ropa, que ya en sí es un reflejo de cómo eres, ¿no?

¿Cómo fue la puesta a punto de tu taller? ¿Cuál sería el desarrollo habitual de una jornada en tu trabajo?

Considero que, ahora mismo, está limitado, porque es muy pequeño. Las herramientas que he ido necesitando para conformarlo las he ido consiguiendo o las he fabricado. Poco a poco, que se diría. Mira, la primera máquina de coser, me la regalaron mis dos tías; mi madre, cuando vio que ya estaba más a tope con el asunto, me cedió ese espacio que antes era su estudio, donde hacía diseño gráfico. Me compré la mesa, conseguí la Singer de 1933, que es la que más uso, las tijeras de corte, mi maestro me regaló la plancha, que pesa cinco kilos, y luego los burros, para formar los pechos, planchar los cuellos, la tabla que se llama ‘manguero’ para planchar las mangas, los pantalones… En una jornada, lo primero es el diseño, claro, elegir los tejidos, los materiales, los botones, etc., después haces el patrón, se corta, pasas los hilos, cortas las entretelas, avías y ya empiezas a montar. Siempre depende todo del traje o de las ganas que se tengan de hacer el pantalón u otra de las partes. Luego lo dejas para prueba y se continúa con otro hasta que venga el cliente a probarse y así.

Mario Vidal

¿Un traje constituye una declaración de principios? 

Sí, así lo considero. Lo veo como un respeto hacia ti y al resto ante quienes te presentas. Igual suena un poco fuerte, pero bueno. Es un tema peliagudo, se puede malentender.

¿Cuál fue el principal atractivo que sobresalió de entre los aspectos artesanales de tu oficio?

Al principio, la libertad absoluta de poder hacerme lo que me diera la real gana. Me resultaba impresionante conocer todas las técnicas, la historia, cada porqué, la posibilidad que te daba de poder ser cualquier personaje a medida de lo que uno viste. Ahora, ya me ves, siempre voy en traje, con mi corte años 40-50, pero luego me hago mis atuendos, tiro por esa autonomía de decir hoy quiero ser tal o cual, metiéndome en el personaje, a veces demasiado [risas], pero me encanta.

¿Cómo te enfrentas a las posibles críticas que puedas recibir de tu trabajo, suponiendo que pueda ser percibido como ‘anacrónico’ o ‘arriesgado’? ¿Te echaba para atrás haber escogido un oficio en vías de desaparición?

Para nada. Realmente, como no lo escogí deliberadamente, ha sido sencillo porque lo he vivido como un proceso muy natural. Me ha ido gustando hasta hacerlo mucho y ahora ya no concibo la vida de otra manera. No quiero ser otra cosa que sastre. Me he dado cuenta de su valor artesanal, de la falta de prisa, de las puntadas, de la tranquilidad de estar en el taller con tu luz, sentado, pensando en tus cosas mientras trabajas. No tiene precio. Lo de exponerte a que te llamen anacrónico y demás, pues viene incluido, claro que sí; lo de llevar sombrero le suma, pero prefiero resultar anacrónico que ir hecho un cuadro [risas].

Me he dado cuenta de su valor artesanal, de la falta de prisa, de las puntadas, de la tranquilidad de estar en el taller con tu luz, sentado, pensando en tus cosas mientras trabajas. No tiene precio.

Las redes sociales, ¿ayudan al emprendedor dentro de un sector tan opaco como es el de la moda?

Muchísimo, aunque me cueste un doble esfuerzo, pero si le das caña se notan los resultados y te lo digo pensando en cuando estuve colaborando con vídeos, que me tiré como unos dos años, se nota también el crecimiento y la atención hacia lo que haces. Los seguidores en redes me dan más igual. Me importan los clientes. Las redes son una herramienta más en ese propósito.

¿Te gustaría que tu labor se expandiera hacia otros horizontes, como puede ser el vestuario para proyectos audiovisuales —cine, televisión, teatro incluso—? ¿O preferirías mantener tu clientela de sastre? ¿O la suma de ambas?

No me molestaría compaginar todo ese tipo de encargos. Recientemente he trabajado en una película, como parte del cuerpo interpretativo y como sastre, pero no de figurinista, eh, sino como sastre, y me ha gustado, porque me mola el cine. Es verdad que la calidad baja un poco, porque ves las piezas en las que has trabajado en pantalla y te dices: ‘Lo podría haber hecho mejor’. Pero es que es cine, no te puedes tirar dos semanas haciendo un traje. Como máximo, dos o tres días. Es entretenido. Igual que con las necesidades de otros clientes, también del mundo artístico, acabas metiéndote en la historia de cada uno.

¿Qué pieza creada por ti recuerdas con más cariño?

El frac de la colaboración con Boltad.

¿Una prenda de la infancia?

El disfraz de Avatar.

¿Una moda que recuperarías?

La moda clásica de los 40.

¿Una moda que eliminarías?

Muchas. El ir medio en pelotas, por ejemplo.

¿Un referente de la moda española?

Artiel García Aliste.

¿Un referente de la moda internacional?

El Duque de Windsor.

¿Qué piezas no pueden faltar en tu cajón de sastre?

Un dedal, una aguja, una tiza y unas tijeras.

¿Un consejo de sastre?

Dedicar a cada paso de la creación de las prendas su debido tiempo, no correr.

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