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Nada es “solo” ropa: así vivimos el talento emergente en la MBFW

Icíar Fernández

Entre el caos de los pasillos y la coreografía de una pasarela es donde se vive la auténtica inspiración. En esta edición de la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid visitamos EGO, la plataforma que impulsa las nuevas voces de la moda, para encontrarnos con diseñadores capaces de convertir sus raíces, sus recuerdos y su manera de mirar el mundo en prendas con conciencia y con mucho que contar.


Entro al patio interior de la Universidad de Nebrija (Madrid) como Andy, de El Diablo viste de Prada, a la oficina de Miranda Priestly en su primer día: sin saber muy bien qué es lo que me espera al otro lado. 

A mí, afortunadamente, nadie me manda a recoger diez faldas de Calvin Klein sin decirme cómo son, pero sí que, en los breves huecos que deja el ir y venir de los pasillos, encuentro a personas talentosísimas, con una sensibilidad que me hace volver a casa con la cabeza llena de ideas nuevas sobre lo que puede llegar a ser la moda.

Esa tensión entre el caos entre bambalinas y la coreografía de los desfiles define bastante bien lo que es EGO, la plataforma que la MBFW dedica al talento emergente. Un espacio donde la moda se entiende antes como expresión y cultura que como producto. 

En Igluu tuvimos la suerte de que nos invitaran a conocer a sus diseñadores. Nosotros nos lanzamos de cabeza (por supuesto que estábamos deseando ir) y, ahora, venimos a contarte una historia en distintos actos.

Acto 01: Lugar

A veces, y especialmente en los tiempos que corren, la rutina a la que estamos acostumbrados vuelve invisible lo más cercano. Cuando repetimos muchas veces los mismos pasos, es difícil prestar atención a los paisajes que vemos cada día, a todo aquello que ya nos resulta familiar. Pero aún hay quien se resiste a eso y consigue ver sus raíces con unos ojos sensibles y atentos para convertirlas en su materia prima.

Por ejemplo, mirando al mar. 

Así lo hace Javier Comesaña con su proyecto Apolineo Studio. Gallego, nieto de un marinero e hijo de una bailarina, defiende la prenda como arte vestible y hace del mar y la danza el motor de su colección, que habla de la tensión entre lo precario y lo precioso. El desfile terminó con uno de sus modelos bailando en la pasarela.

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Apolineo Studio, de Javier Comesaña

Biyeyemete, la firma del diseñador Brandon Abeso que compartió pase con Apolineo, también convierte su herencia en colección. En EDJINGETE —«dentro del amor» en fang, lengua de un pueblo ubicado principalmente en Guinea Ecuatorial— trae a Madrid la herencia fang y bantú y la cuenta en capítulos en los que las prendas van mutando: de las siluetas protectoras y los textiles africanos del principio a piezas marcadas por la asimetría y un código más contemporáneo. En sus propias palabras, que podemos leer antes del desfile, «un recorrido sobre la infancia, la memoria y la identidad».

Biyeyemete, de Brandon Abeso

Bico, el proyecto de Alejandra e Isabel que empezó en enero de este año y ya expone en el showroom de su primera semana de la moda, también nace en un paisaje. Trabajan la arcilla y construyen cada colección sobre una costa concreta. Arcilla blanca y conchas para Lanzarote; arcillas de color y piedras de mar para Asilah; ostras, perlas y arcilla negra para la bahía de Cádiz. Aquí el lugar cabe en la palma de la mano. 

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Bico, de Alejandra e Isabel

Es imposible no trazar una línea con Antonio Cotes, la tercera firma española en desfilar que, sin salir del Mediterráneo, se nutre de la estética de los gabinetes de curiosidades y los minerales para hacer unas prendas delicadísimas que son objetos dignos de coleccionar y contemplar.

Cotes, de Antonio Cotes

Cuerpo

No hace falta moverse para visitar el primer lugar que habitamos: nuestro propio cuerpo. Eso es justo lo que explora Karla Aguilar, ganadora del Premio Pelonio New Talent, con el que la jornada de EGO reconoce al mejor diseñador emergente. Su colección, AMORFO, nace de la disociación, ese momento en que el cuerpo deja de sentirse propio. 

Sus prendas funcionan como armadura y refugio, alternando volúmenes que deforman la figura y transparencias con la intención de dejar también espacio para la fragilidad. Karla se encarga del patronaje, la confección y el teñido con tintes naturales, y trabaja con materiales perecederos como la gelatina biodegradable, pensada como una segunda piel.

Esa idea de la ropa como un recipiente para la memoria también la desarrolla en profundidad Isabel is my name, el proyecto que firman Isabel Peña y Mauricio Quiñones. «Todos tenemos ropa que no usamos pero que nos negamos a regalar, porque nos recuerda a algo o alguien», nos cuenta la diseñadora. «La ropa es un contenedor de recuerdos y emociones, un archivo de la historia de nuestra vida, y nosotros nos preguntamos: ¿cómo podemos capturar eso en una prenda?». 

Isabel is my name, de Isabel Peña y Mauricio Quiñones

La respuesta la encontraron en materiales que, además de textiles, son un archivo de historias. Prendas de su hija y de sus abuelas y textiles rescatados de mercadillos y tiendas de segunda mano en sus viajes, todo ello transformado en algo escultórico que dialoga con el cuerpo. Además, han sistematizado este proceso de upcycling en un sistema con nombre propio, el HUS o Hybrid Upcycling System, que mezcla textiles del pasado recuperados y restaurados con prendas nuevas hechas desde cero.

Entre sus piezas, llama la atención una cartera de hielo. Si te fijas, dentro hay unas hojas de orquídea. Isabel me cuenta que pertenecen a una orquídea que le regaló su hermana; cuando la planta empezó a morirse, fue conservando las hojas con la intención de incorporarlas en algún momento a una prenda.

Curiosamente, sin haberse puesto de acuerdo, Isabel y Karla comparten una intención: retener algo que el tiempo se acabará llevando, ya sea con el hielo que conserva las hojas de una planta o con la gelatina que envuelve un cuerpo.

Karla Agular, de Karla

Oficio

Aprender un oficio es, sobre todo, equivocarse. Probar, deshacer y volver a empezar hasta que manos y material empiezan a bailar al mismo ritmo. Miss Take, la marca con la que se cerró el día, convierte ese camino de prueba y error en su discurso. Para Matilde Guedes, su diseñadora, el fallo no tiene por qué evitarse, sino asumirse como parte de la belleza de las propias prendas. Y así se ve en la costura, con puntadas que se deshacen y se rehacen y ajustes que no se esconden. 

Miss Take, de Matilde Guedes

Es la misma idea sostiene el concepto de la colección, Té de las 5, que parte del ritual del té inglés como espacio de complicidad entre mujeres y reivindica una feminidad auténtica, sin la presión de la perfección.

Y Run, de Blessed Eye, una firma de joyería en vidrio de borosilicato modelado al fuego que reivindica la artesanía como el origen de la moda y da la vuelta a la jerarquía para que el complemento sea el protagonista. En el otro lado, Carrieri baja el oficio a la calle con un streetwear sin género y funcional, de prendas modulares y básicos reversionados que esconden más patronaje del que parece. Porque conseguir que algo así funcione no tiene pinta de ser nada sencillo.

Tres formas de hacer lo mismo: convertir lo que uno es en lo que uno se pone. Todo sucede rapidísimo. La calma ensayada de los desfiles impresiona y, por más que quieras, no te dan los ojos para fijarte en todo.

Salgo de allí dándole la razón a Miranda. Nada es «solo ropa». Y menos aquí, donde cada prenda y complemento es el resultado de un trabajo consciente, brillante y lleno de personalidad.

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