Anto Ojeda Ballesteros

Puertas abiertas

Anto Ojeda Ballesteros

Anto Ojeda Ballesteros es un escritor hispano-británico nacido en El Puerto de Santa María (Cadiz). Vive en Londres y recorre las calles a diario trabajando de cartero. En su cuenta de Instagram (@doorknocker_postie) y en su Substack (@doorknockerpostie) publica fotografías y relatos basados en las puertas que se encuentra durante sus entregas. También ha escrito una novela: N-301, para la que busca editorial, y está escribiendo la segunda. Además ha colaborado con diferentes medios como El Diario de Cádiz, Freek!, Flama y el blog Fascinating Flamenco. Este relato fue publicado en el número 8 de nuetstra versión impresa de Igluu.


Ese día trabajaba en una parte buena de la ciudad. Árboles frondosos, calles altas y empinadas. Podía ver todo desde allí. Aunque los bloques no eran tan bonitos. Nunca lo son. Siempre esa línea invisible que estrangula la movilidad social de una calle a la siguiente.

Repartía todas esas suscripciones semanales: The Economist, FT, The New Yorker, LRB. Había que doblarlos y empujarlos con fuerza para dejarlos pasar por las finas ranuras de los buzones. Algunas casas también recibían The Week Junior, así de educados estaban. El número cuarenta y dos tenía la puerta abierta. Yo tenía un paquete para ellos.

«Hola, el cartero».

Nadie respondió.

Grité de nuevo. Nada.

No pude resistirme. Miré a los lados y entré sin llamar al timbre. Quería vivir allí. Quería ser dueño de esa casa. Me quité la bolsa y la dejé en el suelo. Luego me quité el abrigo y me senté en la cocina.

Vaya espacio.

Con el brazo totalmente estirado no podía alcanzar la encimera desde la mesa. ¿Había envidia en mi reflejo o solo contemplación? Todo esto podría ser mío, pensé. Podría haber hecho esas fotografías colgadas en la pared, podría haber disparado yo. Tampoco me habría importado quedarme con su olor, un frescor sutil, como el de los cítricos o el jazmín. Los gatos podrían haber desaparecido con los dueños, eso sí, dejando atrás la traslúcida luz del baño cuando la mañana empezaba a morir.

Los rayos del sol inundaban el salón provocando una suave danza de polvo a cada movimiento sutil sobre el sofá, los sillones, el diván.

Quería poseer todos esos jarrones grandes en los estantes superiores, y los platos de cerámica apilados entre las pileas. Los libros y los cojines con su impecable sincronía de color. La ropa de cama dentro de armarios altos, iluminados por mecanismos inteligentes al abrir las puertas.

Me senté al piano junto al amplio ventanal que abría al porche acristalado.

Después, pasé a la terraza.

Observé a los abejorros zumbando entre las madreselvas anaranjadas y amarillas al final de la tarde. Tuve la esperanza de que la hierba mantendría su color verde durante la primavera, y hasta el final del verano.

Admiré mis árboles, mi jardín, mi estanque.

Ahí yacía. El cuerpo. Flotando en el agua transparente, enredado entre lirios, mecido por las carpas.

Al regresar al interior de la casa, tuve problemas para encontrar mi bolsa y mi abrigo. El anochecer lo había oscurecido todo. Salí a la entrada y miré hacia atrás. Eché un último vistazo al jardín ensombrecido a través del ventanal.

Creo que me quedé allí parado unos minutos.

Volví a entrar, cerré la puerta y colgué mi abrigo en el perchero.

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