primavera

Oda a la primavera

Icíar Fernández

En primavera, las flores no solo alegran balcones, patios y alféizares: también cuentan una historia larguísima sobre cómo los seres humanos hemos aprendido a mirar la naturaleza. Primero fueron estrategia evolutiva, luego remedio, símbolo, ornamento y hasta lenguaje. Hoy, en un momento en que cuidar una planta roza el autocuidado, volver a las flores es una forma de preguntarnos por qué seguimos necesitando rodearnos de vida vegetal.

Está claro que uno de los ritos de paso a la vida adulta es hacerle un segundo juego de llaves a un amigo para que pueda regarte las plantas cuando te vas de viaje. A muchos de nosotros no se nos da especialmente bien la supervivencia botánica: somos capaces de ahogar un pothos o de momificar un helecho en tiempo récord.

Sin embargo, lo seguimos intentando. Porque plantar cualquier cosa, aunque sea en una humilde maceta de terracota, genera una curiosa satisfacción vital. Ver surgir un pequeño brote de la tierra y saber que algo está creciendo. Especialmente, cuando ese algo termina floreciendo. ¿En qué momento cuidar una planta y verla florecer se convirtió en sinónimo de cuidarse?

Antes de responder, tenemos que hacernos una pregunta básica: ¿por qué existen las flores? Gracias a los registros fósiles, sabemos que las flores aparecieron por primera vez durante el periodo Cretácico (hace unos 130 millones de años). Y como es probable que haya llovido desde la última vez que te examinaste de las eras geológicas, te lo ponemos en perspectiva: si comprimiésemos toda la vida de la Tierra en un solo año de calendario, las plantas con flores no asomarían la cabeza hasta los últimos días de diciembre. Y en esos días, la vida cambió para siempre.

Las flores son un increíble avance evolutivo. Su perfume y sus corolas brillantes y llenas de color evolucionaron como señales luminosas para atraer a los primeros insectos, aves y murciélagos. Su función principal era garantizar la polinización, lo que a su vez generaba frutos y semillas, convirtiéndolas en la base de la cadena alimenticia. Pero es que además de su utilidad biológica, la mezcla de colores y aromas dulces acabó atrapando también nuestra mirada. 

Botiquín y escaparate

Y entonces, en algún momento, decidimos que no nos bastaba con plantar para sobrevivir; también queríamos plantar para mirar. Los primeros en diseñar jardines por el puro placer de pasear por ellos fueron los egipcios, hace unos 4.000 años, aunque era un capricho reservado solo para las clases más ricas. Casi al mismo tiempo, en Oriente Medio y en China, se desarrollaba una filosofía totalmente distinta: los jardines allí no buscaban la opulencia, sino replicar la naturaleza salvaje en miniatura.

Los primeros en diseñar jardines por el puro placer de pasear por ellos fueron los egipcios

Durante los siglos siguientes, el jardín tuvo una especie de doble vida entre botiquín y escaparate. En la Edad Media, en los monasterios europeos se cultivaban huertos cerrados que funcionaban como boticas al aire libre, llenos de hierbas medicinales y de alimentos. Sin embargo, cuando llegó el Renacimiento, las aristocracias de Italia y Francia se dieron cuenta de que un jardín inmenso, con laberintos de setos recortados al milímetro y cuajados de rosales, era la forma perfecta de presumir de estatus ante las visitas.

Poco a poco, la belleza empezó a ganarle el pulso a la utilidad. Tanto es así, que entre los siglos XVII y XIX en Norteamérica, las flores se separaron por completo de los huertos de hortalizas. Los jardines de flores pasaron a plantarse estratégicamente bajo las ventanas de los grandes salones, diseñadas única y exclusivamente para ser admiradas desde el sofá. De hecho, esta nueva obsesión estética se convirtió en una ciencia del buen gusto. Manuales como An Encyclopedia of Gardening (1826) de J.C. Loudon se dedicaban a clasificar exhaustivamente los tipos de jardines florales (como el «selecto», el «modificable» o el «botánico») e incluso incluían planos milimétricos con recomendaciones para alternar los colores, los tamaños y las épocas ideales para plantar cada tipo de flor.

A partir del siglo XVII, los jardines de flores pasaron a plantarse estratégicamente bajo ventanas diseñadas exclusivamente para admirarlas desde el sofá

El lenguaje de las flores

Con el tiempo, las flores aprendieron a hablar. En la encorsetada época victoriana, donde expresar emociones abiertamente era un tabú, nació la floriografía: un lenguaje no-tan-secreto donde cada planta escondía un mensaje. Regalar arvejillas (o guisantes de olor), por ejemplo, era común cuando ibas de visita a casa de alguien, para agradecer el tiempo juntos.Pero si a ese mismo ramo le añadías unas cinias (que simbolizaban la devoción), el mensaje cambiaba para declarar una amistad eterna o un afecto más profundo. Y ojo, porque tampoco era lo mismo dar el ramo con la mano derecha (aceptación) que con la izquierda (rechazo), ni ofrecerlo con las flores apuntando hacia arriba o hacia abajo (invierte el significado original de la flor). Vamos, que podías declararle tu amor clandestino a alguien o mandarle a paseo de forma elegantísima, todo dependía de las flores que eligieras.

En la encorsetada época victoriana nació la floriografía: un lenguaje donde cada planta escondía un mensaje

De la tierra al papel

El jardín también saltó a los lienzos y a los libros. En 1883, el pintor impresionista Claude Monet se instaló en el pueblo francés de Giverny y transformó un simple huerto en un espectacular jardín de agua con un puente japonés. No lo hizo solo por su afición a la botánica, sino para crear su propio estudio de arte al aire libre. Monet diseñó un jardín para poder pintarlo, dando a luz a sus famosísimas series de nenúfares.

En la literatura, los jardines a menudo son lugares mágicos de refugio y transformación. Pensemos en los rosales blancos que los naipes de Alicia en el País de las Maravillas tienen que pintar de rojo a toda prisa para que la Reina no les corte la cabeza, o en los interminables paseos por los jardines de las novelas de Jane Austen, donde se cocinaban los chismes y las declaraciones de amor a salvo de las miradas de los salones. 

En la literatura, los jardines a menudo son lugares mágicos de refugio y transformación

Otro ejemplo clásico es El jardín secreto (1911) de Frances Hodgson Burnett, una novela en la que tres niños descubren un jardín marchito y amurallado en una mansión inglesa. Al quitar la maleza y devolverles la vida a las plantas, los niños también recuperan la alegría.

Un paseo por los jardines del planeta

De nuestro afán por moldear la naturaleza han nacido lugares que rozan la fantasía. Es imposible abarcarlos todos, pero podemos darnos un pequeño paseo por algunos jardines bastante particulares:

  • El Jardín de las Pozas, en plena selva de Xilitla (México). El excéntrico británico Edward James construyó un jardín donde la exuberancia tropical se enreda con inmensas esculturas de hormigón, orquídeas de piedra y escaleras que no llevan a ninguna parte.
  • En Gardens by the Bay (Singapur), la botánica se abraza con la ciencia ficción. Este gigantesco parque está dominado por los «superárboles», unas imponentes estructuras metálicas de hasta 50 metros de altura recubiertas por miles de plantas trepadoras, helechos y bromelias que, al iluminarse de noche, parecen un bosque sacado del futuro.
  • Los cármenes de Granada. Más allá del majestuoso Generalife, la herencia islámica pervive en estas fincas amuralladas típicas de la ciudad. Sus patios frondosos, donde el murmullo del agua y la sombra son protagonistas, esconden oasis perfectos contra el calor y el ruido.

La buena noticia es que no hace falta cruzar el charco ni colarse en un palacio para encontrar maravillas. Afortunadamente, la naturaleza se ha ido abriendo paso en nuestras ciudades de muchas maneras. 

A veces está en un pequeño parque de barrio, en un balcón rebosante de macetas o, incluso, trepando por las fachadas gracias al urbanismo moderno, como ocurre con el espectacular muro verde del CaixaForum en Madrid o el inmenso jardín vertical del Palacio de Congresos de Vitoria-Gasteiz, el más grande de España. Te animo a pasear por tu ciudad a la caza de esos rincones verdes que solemos pasar por alto.

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