Hay algo casi automático en la risa cuando reconocemos de dónde viene alguien sin que lo diga explícitamente. Un gesto, una forma de contestar o un silencio demasiado largo bastan para activar una complicidad que no necesita explicación. En los últimos años, las redes sociales han convertido ese código en un filón narrativo desde el humor: una forma de reconstruir el orgullo de pertenecer a un lugar y recordar que, por muy lejos que estemos, siempre podemos volver a casa.
Siempre que escribo algo intento dejar una pequeña pincelada de mi vida. Una anécdota, una vivencia o, mejor dicho, una vivécdota, como dirían Berto Romero y Andreu Buenafuente en Nadie Sabe Nada. Tenía que hacerlo también en estas páginas: cumplo 45 años y lo hago pensando en dónde nací y de dónde vengo.
Llegué a este mundo en Barakaldo, hija de inmigrantes gallegos que practicaban la morriña como deporte. Eso me llevó a desarrollar muy pronto un arraigo profundo con una tierra que recordaba al famoso gato de Schrödinger: era mía y a la vez no. Cuando íbamos allí, cumplíamos con toda la imaginería
esperable: verbena, churrascada, pulpo, Luar, el pretérito perfecto simple y una visita a las vacas de mis abuelos como gran acontecimiento del día.
Con los años, el milagro digital llegó con TVG, el canal autonómico gallego, hasta nuestra casa y Galicia entró de lleno en Barakaldo. Ya no era solo un paisaje de vacaciones y fiestas de guardar, también era una forma de hablar, de bromear y de reconocernos. Ahí aparecieron Os Tonechos, un dúo cómico gallego que, con su retranca y su surrealismo, retrataban una aldea gallega de forma tan exagerada que resultaba extrañamente familiar.
Algo parecido me pasó con Euskadi. En plena adolescencia, Vaya Semanita convirtió en humor un contexto que durante años habíamos vivido como normal, sin serlo del todo. Y más tarde, cuando vine a vivir a Madrid, Qué vida más triste volvió a tenderme un puente con mi casa. Viéndolo con perspectiva, ahora es cuando me doy cuenta de que el humor siempre ha sido eso: volver a la tierra sin moverse del sitio.

«Es que soy yo»
Hay algo más que explica por qué este tipo de humor funciona tan bien. Y tiene que ver con la distancia. Cuando uno vive fuera —en otra ciudad, en otro país— los estereotipos dejan de ser solo clichés y se convierten en un lenguaje compartido. De repente, el acento se marca más, las costumbres se defienden y ciertos gestos o formas de hablar adquieren un valor distinto. El humor pasa, en ese instante, a reírse desde los estereotipos y no de ellos. Como si se tratase de un idioma secreto.
Las redes sociales llevan tiempo siendo el terreno perfecto para impulsar este fenómenos tan concreto. Todo empezó en 2018, cuando Twitter surgieron cuentas como Aragón Memes, Memes Castellanos, Asturian Memes, Memê andaluçê y sucedáneos, cuyo contenido navegaba entre el humos más territorial y la historia, el arte o incluso la política. Ahora, esos códigos han dado el salto natural al formato audiovisual corto: vídeos de acentos, frases hechas, gestos cotidianos y expresiones que solo entiende alguien de allí, o quien haya tenido que explicarlas fuera.
Una de las personas que mejor ha captado ese lenguaje es Laura Del Val (@lauradelval_____). La descubrí en una cena en Valladolid después de un día largo de trabajo. Recuerdo que acabé indagando sobre el estereotipo castellano que ella retrata: si esas madres existían, si hablaban así, si esa sequedad era exageración, caricatura o una forma muy precisa de reconocimiento. Sobre todo, para entender por qué a mí, que vengo de otros lugares, me hacía tanta gracia.
Su universo Madre Castellana nació «por accidente», cuenta. Un vídeo felicitando su cumpleaños se viraliza y, con él, aparece algo inesperado: el reconocimiento. «Ahí me di cuenta de que no estaba sola y que éramos varias generaciones afectadas por esta manera de ser». Lo interesante, más allá del personaje, es lo que revela. Porque durante años se ha hablado del humor andaluz, gallego o catalán, pero pocas veces del castellano.
Y, sin embargo, ahí estaba: más seco, más sarcástico, más apoyado en lo que no se dice que en lo que se verbaliza. «El lenguaje es clave. Es marca», explica. Y en él entran también los silencios, que pueden incomodar o provocar risa, pero que aquí hacen que mucha gente conecte de inmediato. Porque es cuestión de tono y de situaciones: escenas cotidianas que llevan a alguien a decir «es que soy yo» o «tal cual».«Si hablas de cómo presentar la declaración de la renta, quizá la atención sea menor», bromea. «Pero si hablas de cómo es viajar en pareja o con amigos, es más fácil que alguien se reconozca». Y remata recordando que la renta también importa.
Nos vemos, nos ven
Pero no todo el humor territorial nace desde dentro. Hay otra vía, igual de interesante, que no trabaja tanto con lo que somos como con cómo se nos imagina. Ahí se sitúan los vídeos de David Hervás (@soydavidh), creador de contenido que ha construido buena parte de su humor a partir de parodias de imaginarios sociales muy reconocibles. Su éxito con los vídeos sobre dependientas de una conocida cadena de moda detecta ese arquetipo compartido, lo exagera cuidadosamente y lo convierte en una escena que todo el mundo siente haber vivido.
En sus vídeos donde imagina cómo serían los gallegos, los canarios, los vascos, los madrileños o los valencianos si respondieran exactamente al imaginario que circula sobre ellos sucede algo parecido, pero con una capa más delicada. «Para la comedia me interesa más el imaginario que circula», explica. Ahí aparece una idea interesante: el humor también refleja cómo creemos que nos ven. El estereotipo conecta a nivel general, pero es el detalle concreto el que activa la conexión real: «Un canario valora más que digas fleje que muyayo».
Así, sus vídeos no terminan cuando se publican. Empiezan una segunda vida online cuando alguien entra a completar el chiste, a corregirlo, a discutir una palabra, a reivindicar que en su pueblo no se dice así o a celebrar que, por fin, alguien ha dado con el matiz exacto. Como si cada vídeo abriera una pequeña asamblea territorial en la que el público afina el estereotipo y lo devuelve ampliado. El humor se vuelve casi colaborativo. Y, precisamente por eso, también se vuelve reivindicativo.
Cuando uno vive fuera, los estereotipos dejas de ser clichés: de repente, el acento se marca más, las costumbres se defienden y ciertos gestos adquieren un valor distinto
A diferencia de las opiniones, que generalmente asientan dogmas, el humor tiene la habilidad de ejercer una extraordinaria fuerza pedagógica sin que se sienta pedante. Por eso algunos proyectos trabajan el vínculo territorial desde otro lugar: el de la reapropiación territorial. Es el caso de La Perdiz Roja (@lprmagazine), una revista y proyecto cultural castellanista que nace en plena pandemia como reacción a la vuelta al entorno rural para poner sobre la mesa la cultura, la identidad y el patrimonio de la comunidad con un lenguaje contemporáneo. «Fue una especie de stendhalazo por la estética castellana», explican.
De ahí surge también Make Castilla Cool Again, una frase espontánea que terminó sirviendo de lema para una reivindicación que definen como «supervivencial, no supremacista»: no se trata de imponer una identi-
dad, sino de recuperar una mirada. Su trabajo parte precisamente de observar de nuevo lo que siempre estuvo delante: la estética, los ritos, la gastronomía, las fiestas, etcétera. «Más que construir códigos, los estamos recopilando», explican. En ese gesto hay también una forma de ampliar el imaginario. Porque Castilla, recuerdan, no es solo sobriedad, silencio o austeridad. También es romería, jota, paloteo, exuberancia y patrimonio.
No se trata de sustituir una imagen por otra, sino de hacer sitio a todo aquello que el tópico había dejado fuera. Son proyectos que conectan porque responden a una necesidad cada vez más visible de recuperar lo propio sin convertirlo en nostalgia, de mirar el territorio desde el presente y encontrar en él un lenguaje común.
Y quizá por eso aquella cena en Valladolid se quedó conmigo. Descubrí que había algo en esa forma de hablar, de responder o de callar que activaba una complicidad inesperada, incluso para alguien que no venía de ahí. El territorio es lugar, pero sobre todo, es pertenencia.


