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Imágenes: Silvia Ruiz.

Yo soy erasmus, ¿y tú?

Jara Atienza

Pronto se cumplirán cuarenta años de una de las grandes promesas que Europa hizo a sus jóvenes en 1987: la posibilidad de estudiar fuera, conocer otras formas de vida y aprender con otros métodos, otros idiomas y otras maneras de entender la universidad. Lo que empezó como una oportunidad excepcional se ha integrado ya en el recorrido académico, hasta convertirse en una experiencia vital que define —y también cuestiona— la idea de una Europa abierta y compartida. La pregunta es si aquella promesa sigue siendo la misma y, sobre todo, quié puede permitirse vivirla.


Algo que se aparta de la razón, que desborda lo correcto, que incomoda a lo establecido. La locura ha sido, durante siglos, ese territorio oscuro del que conviene alejarse: un error, una amenaza, algo casi prohibido, demoníaco. Así permaneció en el imaginario colectivo durante un largo tiempo. Como una sombra persistente rara vez cuestionada.

En el siglo XVI, sin embargo, el humanista Erasmo de Rotterdam propuso una mirada distinta. En su obra Elogio de la locura (1511), defendía que solo cierta forma de esta impulsa al ser humano a crear, arriesgar y descubrir. También a descubrirse.

Erasmo probablemente no imaginó que tiempo después ese espíritu —también suyo, forjado en viajes y visitas intelectuales por toda Europa— acabaría dando nombre a uno de los mayores y más conocidos proyectos de movilidad académica del mundo: el programa Erasmus. Una suerte de encarnación, en clave contemporánea, de aquella antigua «locura»: la de atreverse a saltar sin garantías. Su origen, curiosamente, nace de la frustración.

El enfado Corradi

Roma, finales de la década de los años cincuenta. Sofía Corradi, una joven estudiante de Derecho de la Universidad de Sapienza, escucha en la ventanilla del rectorado cómo le niegan la convalidación de sus exámenes realizados durante su año de estudios en Estados Unidos gracias a una beca Fulbright.

La rabia le corroe y, lejos de irse a su casa con la cabeza gacha, se lanza a buscar una solución: empieza a llamar a puertas, a insistir en despachos, a defender una idea tan sencilla y, a la vez, tan revolucionaria como que cualquier estudiante pueda cursar parte de sus estudios en universidades extranjeras sin perder el reconocimiento académico.

Años después, en 1987, la propuesta toma la forma de uno de los planes de movilidad estudiantil más emblemáticos de la Unión Europea. Gracias al incordio generado por la jurista italiana que murió en su Roma natal en 2025, más de 16 millones de personas han tenido la oportunidad a lo largo de estas décadas de disfrutar de este programa que ha abierto todo un abanico de posibilidades y descubrimientos a varias generaciones de europeos.

«Fue increíble». Así lo recuerda Elena Puncernau, quien hace casi cuarenta años, cuando ella apenas contaba con 22, se atrevió a dejar atrás su casa en Barcelona para cruzar la frontera junto a un pequeño grupo de desconocidos que formaban parte de la primera promoción de estudiantes españoles. En su caso, fue una estancia de tres meses en Francia en la que, admite, «no haber estudiado mucho», pero que le sirvió para aprender un idioma hasta hacerlo propio y buscarse la vida en un lugar nuevo.

En conjunto, el programa no solo marcó su trayectoria personal —comenzó a trabajar en una empresa francesa— sino que también tuvo reconocimiento a nivel profesional de vuelta a España. «Se valora mucho haber estudiado allí», sostiene.

Coincide con los datos de un informe de la Comisión Europea publicado en 2019 que señala que el 70% de los estudiantes Erasmus regresa con más certezas sobre su futuro laboral y que el 79% encuentra empleo en menos de tres meses. Además, el estudio destaca que los participantes muestran mejores perspectivas de desarrollo profesional, mayor reconocimiento en el mercado laboral y una mayor disposición a construir una carrera internacional. Puncernau está de acuerdo, aunque defiende que lo que más valora es «la experiencia y las personas de todas partes del mundo que conocí».

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La Europa que se vive, no se estudia

Lo cierto es que, en sus inicios, el acceso al programa era más limitado y la movilidad, bastante más compleja. Los trámites exigían más tiempo, más gestiones y también un mayor compromiso académico. «Si tenías mejor nota, podías quedarte más tiempo», recuerda la antigua Erasmus. Hoy, con el programa mucho más extendido y accesible, se ha convertido en una opción casi natural dentro del recorrido universitario.

Muchos estudiantes destacan sobre todo la parte vital —vivir fuera, viajar o conocer gente nueva— y algunos apuntan que, en ciertos destinos, especialmente en países de Europa del Este, aprobar puede resultar incluso más sencillo que en España. A eso se suma cierto punto de postureo, alimentado también por las redes sociales, donde «Erasmus» aparece a menudo ligado al ocio, la fiesta y la foto que demuestra que uno ha vivido la experiencia y puede decir: «Yo también lo hice».

En este sentido, Susana del Río, experta en la Unión Europea y autora del libro Doce mujeres europeas (Editorial UGR), dedica un capítulo a Corradi como pilar fundamental de la construcción europea y defiende «la capacidad impulsora del Erasmus para desarrollar y fortalecer un sentimiento común muy importante». «Es un catalizador para mantener vivo el significado de ser ciudadano europeo», destaca.

La pregunta es: ¿son conscientes los jóvenes Erasmus de que contribuyen a esa identidad? «Yo me di cuenta después, al ver la cohesión cultural y el sentido de pertenencia a la Unión Europea que me había generado la experiencia», explica Puncernau. Subraya también el impacto en lo personal de la creación de vínculos muy estrechos entre estudiantes de distintos países. Amistades, pero también parejas de nacionalidades distintas que, según asegura, «en su grupo son muchas».

¿Erasmus u orgasmus?

Se estima que, en casi cuarenta años, han nacido más de 1,4 millones de bebés fruto de relaciones entre personas que participaron en el programa Erasmus. Es ese uno de los motivos por los que el programa llegó ser rebautizado de forma irónica como «Orgasmus» pocos años después de su implantación, en alusión a las abundantes fiestas, el desenfreno, el sexo y el supuesto absentismo en las aulas que algunos asociaban a la beca.

La periodista Raquel Piñeiro, coautora de Cosas que nunca olvidarás de tu Erasmus (Lunwerg Editores), matiza esa imagen simplificada: para muchos estudiantes, el Erasmus se percibe no solo como una manera de organizar su itinerario académico, sino también como una oportunidad para vivir una etapa de mayor libertad. «Tampoco hay que demonizar la juerga y el desenfreno», apunta, recordando que en la juventud ese componente forma parte natural de la experiencia.

Más allá del ocio, Piñeiro también subraya la importancia de la creación de redes internacionales y vínculos personales, que a menudo deriva en un sentimiento de pertenencia más amplio. «De repente el mundo se hace más pequeño y aquello que antes te daba miedo o reparo te hace sentir mucho más capaz. Tienes la sensación de que puedes con todo», detalla. Porque, al final, la experiencia es académica, cultural y, sobre todo, profundamente vital. «A los 20 años es el momento de empezar la vida con impulso, con energía, con ganas de hacer cosas», concluye.

El dinero, la otra frontera

Elena Serna, de 22 años, es un ejemplo de esa aspiración. El año pasado se fue de Erasmus a la Universidad Bocconi de Milán. Era la primera vez que salía de casa y escogió la universidad de destino por su prestigio. Lo que más le ha marcado, matiza, no es lo académico: «Ha servido para conocerme y crecer».

¿Lo más complicado? Encontrar piso en una ciudad con precios disparados. «Compartía con cinco chicas y me costó muchísimo», recuerda. La beca, además, apenas cubría gastos: «Recibí unos 1.800 euros en total por cuatro meses y solo el alquiler ya rondaba los mil al mes».

Pía Healy, estudiante de Ciencia y Tecnología de los Alimentos, vivió algo similar en Padua, aunque le encantó. «Te obliga a espabilar. Sales de tu rutina y aprendes a manejarte sola. Todo es más improvisado, conoces a gente de toda Europa y te apuntas a cualquier plan», asegura. «Ahora soy más abierta y las cosas me dan menos vergüenza». Pero señala el mismo problema: la beca no alcanza. «A mí me daban 350 euros y el piso costaba 600».

Aunque Erasmus + —dotado con un presupuesto estimado de 26.200 millones de euros para el periodo 2021-2027— financia la movilidad estudiantil y la cooperación entre instituciones, muchos estudiantes coinciden en que las ayudas no siempre son suficientes para el coste de vida de algunos destinos europeos.

En este contexto, el programa convive con una realidad cada vez más desigual por el encarecimiento generalizado de la vida, la vivienda y los estudios, haciendo que la posibilidad de participar en planes de movilidad dependa cada vez más de la situación económica del estudiante.

Lo ilustra a la perfección el contraste histórico. En 1987, la dotación económica fue una grata noticia para los estudiantes: en el caso de Elena Puncernau, por ejemplo, los 600 euros que recibió le permitieron cubrir sus gastos con holgura. Hoy, las ayudas oscilan entre los 200 y los 600 euros mensuales, dependiendo del país de destino.

«El Erasmus debe ser más accesible para estudiantes y familias de todos los niveles socioeconómicos», explica por su parte Susana del Río. Aunque reconoce que «existen becas para facilitar el acceso a estudiantes de distintos contextos económicos», considera necesario incrementarlas «en favor de una educación europea supranacional accesible para la mayoría de los jóvenes». En su opinión, el Erasmus, basado también en los principios de igualdad de oportunidades, inclusión y diversidad, debería consolidarse como «una oportunidad europea para todos los estudiantes».

Con todo, la beca se mueve en una tensión constante entre la idea de una Europa abierta y compartida, y los límites que todavía condicionan quién puede acceder a ella. En ese espacio intermedio, sigue siendo una experiencia tan transformadora como enriquecedora para quienes la viven. Así, el desafío es claro: que esa pequeña «locura» pueda estar al alcance de todos.

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