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Lo que los insectos nos enseñan sobre la economía circular

Aunque a veces nos den repelús, los insectos tienen un enorme potencial en la lucha climática. ¿Cómo? Utilizándolos en la bioconversión para crear nuevos materiales, fertilizantes o biocombustibles o como proteína para alimentar a ciertos animales.


Nunca nos ha gustado su aspecto. Al contrario, nos dan asco y por qué no decirlo, incluso miedo. Ahí están clásicos del cine de terror como La mosca para probarlo. Por no hablar de la saga Alien. ¿Qué era el archienemigo de la teniente Ripley, sino una especie de insecto alienígena? Pero, poco a poco, hemos ido cambiando nuestra visión sobre ellos. Al fin y al cabo, la abeja Maya también era un insecto, como lo eran los protagonistas de Bichos o Z, la hormiga neurótica de Antz que nos enseñó la importancia de contar con buenos aliados. Y, de hecho, estos pequeños vecinos que pueden sernos de mucha utilidad a la hora de diseñar circuitos de producción más circulares y sostenibles.

Sea cual fuere nuestra opinión sobre los insectos, lo que está claro es que ellos no tiran más de una tercera parte de su comida a la basura como hacemos nosotros, según las cifras app contra el desperdicio TooGoodToGo. Estos desechos orgánicos, si no se gestionan de manera adecuada, pueden acabar provocando importantes problemas de salud humana y ambiental, como bien sabe Alberto González, CEO de la empresa madrileña 8Circular. «Se calcula que las emisiones de metano que se producen en los vertederos suponen alrededor del 10% de las emisiones globales. Por no hablar de la contaminación por eutrofización de las aguas, entre otras muchas consecuencias negativas», cuenta.

La solución que propone 8Circular es la bioconversión, es decir, la conversión de residuos orgánicos en nuevos recursos… gracias a la acción de un insecto. Concretamente, larvas de la mosca soldado negra, que transforman los desechos orgánicos en productos de alto valor, por ejemplo fertilizantes, compost, biocombustibles o alimentos para animales.

Cada residuo o elemento empleado en este proceso tiene un potencial y unos posibles usos diferentes según sus características. Así, de las propias larvas se pueden extraer grasas, proteínas y aceites que pueden emplearse con distintos fines. Sus excrementos sirven perfectamente como fertilizantes, y también de ellos se puede obtener compost de alta calidad.

Pero aquí no acaban las posibilidades, que son tantas como tipos de residuos hay. «Por ejemplo, el sector de la cerveza genera diferentes subproductos como el bagazo, que pueden ser transformados en proteínas y fertilizantes», explica González.

El CEO de 8Circular destaca el potencial de la mosca soldado negra: «Esperamos desarrollar sistemas de trazabilidad digitales que permitan utilizar este insecto en cualquier residuo orgánico. Entre ellos, estamos haciendo pruebas con la fracción orgánica de los residuos municipales para poder transformarlo en otro tipo de materiales como biopolímeros (plásticos) y grasas para la industria».

González insiste en las enormes posibilidades del sector, por lo que demanda mayor implicación por parte de las autoridades españolas y europeas. «Existen muchos retos que la UE debe abordar con la mayor celeridad posible ya que no hay un marco legal claro. En otros países del mundo, se están usando estas larvas para reducir lodos de depuradora, incluso purines de granjas de cerdo o pollo. El potencial es muy alto y esta industria está en pleno desarrollo», subraya.

La mayor granja de insectos del mundo

Tanto es así que otra empresa, la salmantina Tebrio, anunció recientemente la construcción de «la mayor granja de insectos del mundo». Las obras, en las que se han invertido más de 80 millones de euros, comenzarán de forma inmediata con el objetivo de abrir las puertas en 2024. Hablamos de unas instalaciones que ocuparán unos 90.000 metros cuadrados en total.

En este caso, Tebrio emplea para la biconversión el insecto tenebrio molitor, más conocido como escarabajo de la harina. «El proyecto nació en 2014, fruto de un interés genuino por el medio ambiente y anticipándonos a la crisis de alimentos y ambiental que Naciones Unidas ya estaba anunciando por aquel entonces», explica la CEO y cofundadora, Adriana Casillas.

«Lo que hacemos es utilizar un producto de muy bajo valor, como son los descartes de la industria del cereal, para transformarlos a través de una herramienta bioconversora, que es el insecto, en cuatro productos», cuenta Casillas. Estos cuatro productos son proteínas y grasas, extraídas de las propias larvas y destinadas a la alimentación animal; fertilizantes, a través de los excrementos de los insectos; y, por último, quitina, sustancia presente en el exoesqueleto de los escarabajos, y de la cual se obtiene a su vez quitosano, polímero con diferentes aplicaciones industriales, tan variadas como la fabricación de plásticos biodegradables, cremas cosméticas, apósitos y vendajes, entre otras.

Laboratorio de la empresa de biotecnología de Tebrio, ubicadas en Doñinos, Salamanca.

«En 2050 seremos unos 10.000 millones de personas en la Tierra y no habrá alimentos para todos. Concretamente, la FAO dice que, a mediados de siglo, faltará entre un 20% y un 50% de proteína para alimentar a la población global. Una solución sería buscar más tierra cultivable, pero no la hay: el 40% de la tierra cultivable que tenemos en el mundo se está utilizando para dar de comer al ganado. Por tanto, si no queda más tierra cultivable y si el consumo animal y el consumo humano están entrando en competencia, lo que tendremos que hacer será encontrar nuevas fuentes de alimento», explica la experta.

¿Significa eso que habrá que empezar a plantearnos la incorporación de insectos a nuestra dieta? No parece que esta sea la intención de Tebrio, a pesar de que el consumo humano del escarabajo de la harina está aprobado en la UE desde 2021. ¿El principal motivo? El rechazo cultural que provoca aún entre los consumidores.

«Pensamos que la mejor manera de lograr un impacto positivo ambiental y también en cuanto al problema de seguridad alimentaria actual pasa más bien por emplear estos insectos para el consumo animal para aquellos que consumen insectos de manera natural en estado salvaje, como ocurre con peces, cerdos y aves. Ahora mismo se les está alimentando con piensos que suelen tener una carga proteica que procede de cultivos como la soja, que no son sostenibles porque necesitan muchísima tierra y agua y además, la calidad de su proteína es menor», remarca Casillas.

Además de la recomendada reducción en el consumo de carne por motivos ambientales, apostar por la proteína de insectos para la alimentación animal es una opción a tener en cuenta. «Calculamos que, si les damos de comer a estos animales un 10% de esta proteína en la formulación de los piensos ganaderos, conseguiremos liberar millones de hectáreas de tierra cultivable y recuperarlas para el consumo humano», concluye.

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