Nuestras ciudades están llenas de espacios en los que resguardarnos del calor y del frío. Pero ¿y si empezáramos a imaginarlos también como lugares de encuentro y convivencia? Ante una realidad climática cada vez más evidente, crear redes de refugios climáticos es también una oportunidad para repensar nuestras ciudades, hacerlas más habitables y garantizar que las temperaturas extremas no nos impidan disfrutar de la vida pública.
Todos estamos acostumbrados a que en verano, en las horas de mayor calor, no se pueda salir a la calle. En caso de que sea inevitable hacerlo, nos cargamos de valor antes de abrir la puerta: sabemos que lo vamos a pasar mal. Esto es entendible, teniendo en cuenta que, por ejemplo, la mayoría de negocios cierran cuando el sol más aprieta, que las sombras no están presentes en todas nuestras calles y que los puntos de agua fresca y potable son escasos.
Pero ¿por qué hemos aceptado que esto tenga que ser así? ¿Por qué nos parece imposible pensar una ciudad disfrutable y habitable las 24 horas del día? No debemos aceptar que nuestras ciudades sean lugares de creciente calor y desasosiego.
Es un problema que nos afecta a todos y que los más vulnerables ya padecen. Esta población más expuesta, en términos sociales y económicos, es la primera en sufrir la ausencia de espacios frescos y el estrés térmico, lo que ya se traduce en un mayor número de muertes.
¿Por qué nos parece imposible pensar una ciudad disfrutable y habitable las 24 horas del día?
La vulnerabilidad climática no es democrática, y nos habla de un modelo fallido de ciudad: aunque toda urbe sufre el calor a distintas escalas, la falta de refugios frente a climas extremos actúa como un multiplicador de la desigualdad. Y aquellos con mayores índices de vulnerabilidad social y económica, precisamente por esta situación, son los más sensibles a estas situaciones extremas. Las consecuencias de no atajar este reto a tiempo son evidentes.
Sin embargo, aunque sus consecuencias sean especialmente graves para las personas más vulnerables, nadie es ajeno a los efectos del calor extremo. Por eso, articular redes de refugios climáticos en nuestras ciudades no es solo una cuestión ambiental, sino también social y política. Una oportunidad para recuperar nuestro derecho a transformar el espacio público e imaginar un futuro distinto, en el que las ciudades sean lugares más habitables para todas las personas.
Refugios contra el calor, refugios contra la soledad
A finales de los sesenta, el filósofo francés Henri Lefebvre acuñó el término «derecho a la ciudad» para recordarnos que, frente al inmovilismo y la aceptación de lo que existe -la actitud del «esto es lo que hay» o «esto ha sido así toda la vida»-, podemos y debemos transformar los espacios en los que vivimos. Y ante una realidad climática innegable, necesitamos imaginarlos como lugares habitables donde el clima no nos impida participar y disfrutar de la vida pública.
Para ser efectivos, los refugios climáticos necesitan articularse de manera integral dentro de una red que facilite, promueva y diversifique los desplazamientos y las estancias por toda la ciudad, sin privilegiar unos espacios sobre otros. Esto ya lo hace la Red de Refugios Climáticos de Barcelona, con más de 526 espacios distribuidos por toda la ciudad. Un sistema interconectado que representa una oportunidad ideal para diversificar la infraestructura verde y azul y llenar las calles de sombra, agua y biodiversidad.
Los refugios climáticos son mucho más que lugares en los que resguardarnos del calor: abrazan una oportunidad para devolver el espacio público a quienes lo viven y transitan
Pero hay una dimensión todavía mayor: además de protegernos de las altas temperaturas, los refugios climáticos ofrecen una oportunidad para conectar la acción climática con la vida social y cultural de las ciudades. ¿Por qué no aprovechar estos espacios de confort para fomentar la lectura, organizar actividades culturales o facilitar el encuentro entre vecinos? Así, no solo contribuirían a hacer frente al calor, sino también a crear ciudades más vivas y conectadas.
Para aprovechar todo este potencial, sin embargo, es necesario saber leer la ciudad. Ese es el trabajo que hacemos sobre el terreno desde la cooperativa Arbolaga: identificar oportunidades, evitar las intervenciones aisladas y diseñar redes de refugios climáticos desde una visión integral del entorno. Porque, si prestamos atención, nuestras ciudades ya están llenas de espacios que funcionan o pueden llegar a funcionar de manera informal como refugios climáticos. Es el caso del Huerto del Rey Moro, en Sevilla, un espacio verde gestionado por las vecinas del barrio.
El reto está en identificar y multiplicar estos espacios, dotarlos de recursos para mejorar sus servicios y prestaciones y garantizar que sean accesibles y conocidos por la ciudadanía. Una visión que ya estamos impulsando, por ejemplo, junto al Ayuntamiento de Huelva, con el diseño de infraestructuras conectadas entre sí.
En definitiva, los refugios climáticos son mucho más que lugares en los que resguardarnos del calor: abrazan una oportunidad para devolver el espacio público a quienes lo viven y transitan. Porque una ciudad preparada para afrontar el cambio climático es aquella que nos invita a seguir habitándola, encontrándonos y disfrutándola, independientemente de lo que marque el termómetro.
Santiago M. Alfonso es socio de Arbolaga, una cooperativa andaluza especializada en el diseño y desarrollo de proyectos de impacto social-territorial.


