Del ‘nail art’ al ‘nail calm’: lo que tus uñas dicen de ti (y de tu alrededor)

Lidia Vilariño

La historia de la moda siempre ha sido un reflejo de la evolución de la sociedad porque, en tiempos de incertidumbre, el cuerpo se convierte en lienzo de lo que no sabemos poner en palabras. Las tendencias como las uñas nude, el recession brunette o el maquillaje estilo clean look no solo nos hablan de gustos personales: anticipan transformaciones mayores.


Me casé en 2013. Fue una boda de estilo vintage. Las uñas rojo valentino, más bien cortas. Desde entonces, cada dos o tres semanas, me las he pintado con regularidad -a excepción de la pandemia-. No tanto por moda ni por exigencia estética, sino porque me gusta.

Y, si soy honesta, también para defenderlas de mí misma. Me pinto las uñas para no mordérmelas. Un gesto aprendido desde pequeña, cuando mi madre me reñía si me veía cometiendo esa agresión a mi cuerpo. Para mí, unas uñas pintadas siempre fueron sinónimo de cuidado, de estar “bien”.

Pero últimamente, algo se está moviendo. Aunque sigo yendo a hacerme la manicura, me está empezando a pesar: hora y media sentada, 30 euros y la sensación constante de estar manteniendo algo que en realidad no sé si necesito. 

Me descubro eligiendo tonos cada vez más neutros o con menos diseños. Esmaltes que no gritan «aquí estoy», sino que acompañan discretamente. Con un toque, pero tranquilo. Y aunque no soy especialmente permeable a las tendencias, me pregunto si no hay algo más grande detrás de este cambio.

Microseñales estéticas de un cambio de época

A lo largo de los siglos, la historia de la moda nos ha demostrado que va muy de la mano de los vaivenes de la sociedad. Como resultado, en tiempos de incertidumbre, el cuerpo se convierte en lienzo de lo que no siempre sabemos poner en palabras. Las tendencias estéticas -las uñas en tonos nude o sin pintar, el recession brunette o el maquillaje estilo clean look, por ejemplo- no solo hablan de gustos personales, sino que son microseñales culturales: gestos mínimos que anticipan transformaciones mayores.

Por ejemplo, el término recession brunette -al igual que su versión en rubio, recession blonde– surge como una respuesta estética a la ansiedad económica. En un contexto en el que muchas personas, especialmente de la Generación Z, sienten que la recesión está cerca, se opta por colores de pelo más oscuros y naturales que requieren menos mantenimiento. 

La manicura minimalista ha ganado terreno como un símbolo de pausa, descanso y autenticidad

De esta manera, lo que empezó como una necesidad económica (menos visitas a la peluquería, menos retoques, menos gasto) se ha convertido en una estética propia que ha llegado incluso a las pasarelas de la mano de Prada en la Semana de la Moda de Milán, donde triunfaron los peinados despeinados, deshechos, visiblemente vividos. En TikTok, hashtags como #recessionbrunette o #livedincolor acumulan millones de visualizaciones, evidenciando un cambio cultural hacia lo auténtico, lo duradero y, sobre todo, lo económico.

No es casual que el auge de las naked nails coincida con un contexto económico marcado por la contención. El coste de una manicura semipermanente cada tres semanas puede superar fácilmente los 500 euros al año. En ese sentido, elegir no hacerse las uñas -o al menos no con tanta frecuencia- también puede ser una decisión pragmática. Como señalaban medios como Vogue o Marie Claire, la manicura minimalista ha ganado terreno entre celebrities y usuarias de a pie como un símbolo de pausa, descanso y autenticidad. El exceso cede espacio al cuidado invisible. Y lo que antes se asociaba al descuido, como las uñas sin pintar o las raíces visibles, ahora se reinterpreta como un acto consciente de autocuidado.

En 2025 el lujo es autenticidad, no ostentación

Hay algo que no dejo de preguntarme: ¿estamos realmente ante una tendencia guiada por el bienestar o es nueva norma estética disfrazada de naturalidad? ¿Se trata de un nuevo canon aspiracional del lujo silencioso?

En los últimos años, las redes sociales se han inundado de vídeos sobre el old money style: esa estética heredera de las élites tradicionales que destierra lo recargado, los brillos, el maximalismo. 

En esta nueva narrativa visual en la que abundan los cardigans de cashmere, los tonos neutros y los estilismos “limpios” también desaparece el nail art que puso de moda Rosalía hace no tanto tiempo. Incluso ella ha virado hacia los tonos nude y milky, reduciendo ligeramente el largo de sus uñas y alejándose del look que la convirtió en referente.

Lo curioso es que esta estética -en principio asociada al privilegio- también ha sido apropiada como una forma de rebeldía contra el consumo rápido y excesivo. Es una manera de resistirse a la moda desechable, apostando por la sobriedad y lo duradero. En 2025, el lujo ya no es ostentación, sino autenticidad.

De lo superficial a lo simbólico

En este marco, las tendencias como las naked nails o el recession hair no solo remiten a una estética concreta, sino a un estilo de vida más consciente y responsable. Elegir lo simple también puede ser una manera de elegir lo sostenible. De hacer menos, pero mejor.

Y es que muchas de estas elecciones no son solo estéticas, sino emocionales. Dejarse las canas, mostrar la raíz o llevar las uñas sin pintar es un posicionamiento. Una declaración suave, pero firme, de conexión con lo real.

Las marcas tienen el reto de ofrecer productos más duraderos, ingredientes más amables y experiencias de bienestar

Esto, evidentemente, interpela también a la industria de la belleza, que ha empezado a mover ficha. Marcas y profesionales se ven ahora ante el reto de acompañar esta transformación ofreciendo productos más duraderos, ingredientes más amables y experiencias más conectadas con el bienestar que con la apariencia.

Incluso el humor se ha hecho eco de esta transformación. Raquel Córcoles, conocida en redes como Moderna de Pueblo, ironizaba en su reel con más comentarios en Instagram sobre el tiempo, el dinero y la exigencia que implica seguir cuidándose las uñas cada dos semanas, preguntándose si realmente lo hacemos porque queremos o por un sentimiento de culpa estética. Su sátira conectaba con ese punto incómodo: ¿cuánto hay de deseo y cuánto de obligación en nuestras decisiones?

No es un cuestionamiento menor porque, más allá del esmalte, el tinte o la raíz, lo que está en juego es otra cosa: la libertad de elegir cómo nos mostramos. Quizá las uñas, como tantas otras cosas, sean solo una excusa para hablar de lo importante.

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