Alejandro Quecedo tiene 23 años y se define como una persona con la cabeza llena de pájaros. Una expresión que, en su caso, funciona tanto en sentido figurado como literal: las aves le apasionan. Tanto, que desde los 12 años recorre los alrededores de su Briviesca natal para observarlas. Con el paso del tiempo, sin embargo, descubrió que cada vez resultaba más difícil encontrarlas como consecuencia del cambio climático. Esa ausencia le hizo tomar conciencia de la crisis de biodiversidad y lo llevó a hacerse socio de SEO/BirdLife, organización en la que hoy preside la Junta Infantil y Juvenil, un órgano pionero que da voz y responsabilidad a los más jóvenes.
¿Cómo es tu trabajo en la Junta Infantil y Juvenil de SEOBirdLife?
Depende del día, pero es un trabajo muy bonito. Como los pájaros, no entendemos de fronteras, así que nos coordinamos con organizaciones de todo el mundo. Una de las tareas que más tiempo me ocupa ahora mismo es mi participación en el consejo asesor de la UNESCO para la Red Mundial de Juventud por la Acción Climática, un proyecto precioso que ayudamos a fundar en 2019. Por lo demás, el día a día implica mucha coordinación, pero también es muy gratificante, porque trabajo con personas apasionadas por las aves y comprometidas con la defensa del planeta. Hay jornadas de mucha frustración y otras de celebración cuando las campañas salen adelante. Es un auténtico torbellino de emociones.
¿Crees que es importante que más organizaciones creen puestos desde los que se de voz y poder a los jóvenes?
Es esencial. Una de las cuestiones que la movilización juvenil frente a la crisis climática puso sobre la mesa fue precisamente la falta de espacios de participación. A pesar de representar una parte muy significativa de la población mundial, los jóvenes apenas tienen representación política ni ocupan puestos de responsabilidad en instituciones, organizaciones o empresas. Es algo que debe cambiar.
En el ámbito climático se ha demostrado que incorporar a los jóvenes no solo refuerza la acción, sino que también la enriquece. Pero, más allá de eso, es una necesidad democrática: los jóvenes deben formar parte de las decisiones.
«Somos una parte muy significativa de la población mundial y apenas tenemos representación política ni ocupan puestos de responsabilidad»
¿De qué manera ha enriquecido la participación de los jóvenes la acción climática?
Es innegable que, en la política climática más reciente, la juventud ha desempeñado un papel clave. Su impulso ha permeado a través de las redes sociales y de muchas otras dinámicas, y también ha tenido un efecto en el ámbito político. Hemos visto cómo términos como medioambiente, clima o acción climática se han pronunciado con mucha más frecuencia que antes. Ha sido una demografía fundamental en este avance durante los últimos años. Pero también es importante remarcar que la política climática no comenzó entre 2012 y 2015 con las movilizaciones juveniles, sino que forma parte de un camino mucho más largo que lleva décadas recorriéndose.
¿Ha ayudado, entonces, a que llegue a un público más amplio?
Desde luego. Es muy interesante, incluso desde un punto de vista sociológico, porque es una de las primeras ocasiones en las que una problemática científica tan compleja se ve divulgada por personas que quizá no tienen la formación académica para leer papers. Sin embargo, se ha conseguido que la sociedad civil se la apropie y forme parte de nuestro día a día.
¿Qué es lo que ha llevado a los jóvenes a impulsar la acción climática?
A lo largo de la década de 2010 hubo un momento de síntesis que disparó las alarmas y mostró que era imposible ignorarlo. Un hecho que coincidió con una juventud muy movilizada, en parte gracias a las redes sociales. Interiorizaron muy bien lo que suponía la crisis climática y lo poco alentador que es el mañana, probablemente porque tienen más proyección hacia el futuro.
Lo cierto es que es complicado explicar por qué esto ha sucedido con los jóvenes y no en otros segmentos de la población; creo que a los primeros, como crecieron en un momento en el que la globalización estaba en auge, les fue más fácil sentirse identificados con las dinámicas de la crisis climática.
«Los jóvenes, a diferencia de otros segmentos de la población, nos sentimos más identificados con las dinámicas de la crisis climática»
Las redes sociales fueron, en un primer momento, un altavoz decisivo para impulsar la acción climática y movilizar a toda una generación. Con el paso del tiempo, sin embargo, también se han convertido en un espacio de polarización, desinformación y discursos enfrentados. ¿Crees que su influencia ha terminado beneficiando o perjudicando a la causa climática?
Es una dicotomía complicada, porque todo tiene su reverso. Y las redes sociales más. Es innegable que fueron la principal herramienta de movilización, de información y de articulación. Por ello, cabría preguntarse si el movimiento hubiese sido el mismo sin redes sociales. Sin embargo, no podemos olvidarnos de que no son neutrales y que funcionan por dinámicas de mercado. Además, el utilizar redes sociales empuja, al menos si se quiere tener impacto, a usar una narrativa determinada y bastante más simplista de la complejidad que supone la crisis climática. Yo creo que no pueden ser el único punto a través del que hacemos política y educación climática; más bien, una puerta de entrada.
«Hay que preguntarse si el movimiento climático hubiese sido el mismo sin redes sociales, pero no podemos olvidarnos de que funcionan por dinámicas de mercado»
Durante un tiempo, el movimiento climático pareció ganar una gran fuerza y ocupar un lugar central en la conversación pública. Sin embargo, con el paso de los años, da la sensación de que ese impulso se ha ido debilitando. ¿Crees que realmente ha sido así?
Desde la pandemia, esa movilización parece haber disminuido, pero creo que, en realidad, se ha transformado. En 2019, el año en que el mundo conoció a Greta Thunberg, se produjeron las mayores movilizaciones, coincidiendo además con varios acontecimientos climáticos importantes, como la COP25. Cuando muchos jóvenes empezamos a movilizarnos, lo hacíamos con cierta inocencia, desde una perspectiva un poco naíf: pensábamos que, si no había más apoyo, era porque faltaba conciencia y que bastaría con divulgar lo que ya se sabía para encontrar una solución.
Con los años comprendimos que el problema era más profundo y que respondía también a una crisis democrática. Nuestros sistemas son prisioneros de ciertos lobbies, especialmente el de los combustibles fósiles. Al tomar conciencia de esta realidad, muchos jóvenes entendieron que las movilizaciones pacíficas, por sí solas, no conseguirían transformar las políticas.
A partir de entonces, el movimiento se diversificó: algunos optaron por movimientos de acción pacífica; otros, por una vía más pragmática desde sus trabajos o las instituciones; y muchos comenzaron a participar a través de ONG o de iniciativas en barrios y municipios. Al dejar de estar unificado, el movimiento perdió presencia mediática, pero no necesariamente fuerza.
«Cualquier acción debe adaptarse a las realidades locales: tiene que ser informada, contundente, justa y transformadora»
¿Y cómo debería ser esa acción climática?
Es difícil plantear una fórmula universal, porque la crisis se manifiesta de manera distinta en cada territorio. Por eso, cualquier acción debe adaptarse a las realidades locales. Si tuviera que resumirla en cuatro ejes, diría que debe ser contundente; informada, es decir, alineada con la ciencia y con las necesidades de cada lugar; justa, para que nadie se quede atrás; y, por último, transformadora, porque no puede formar parte del mismo sistema que está en el origen de la crisis climática.


