Recuerdo una conversación con mi médico de atención primaria, hace algunos años, cuando sufrí ansiedad tras intentar compaginar mi recién estrenada condición de madre con la exigencia propia de mi vida profesional como autónoma de la cultura, un ritmo al que no estaba dispuesta a renunciar porque tenía, al parecer, muchas cosas que demostrar. En un momento dado, el médico preguntó por aquello que me estaba sucediendo, si había algo concreto que me produjera un malestar especial. Recuerdo perfectamente lo que le dije: «Todo y nada. La vida». Lo que nos pasa es la vida y, lamentablemente, para nosotros, como sociedad, la vida nos pasa por encima y, en ocasiones, varias veces al día. En Mil cosas (Anagrama), el escritor Juan Tallón, aborda uno de los grandes malestares contemporáneos: esa vida saturada de tareas, exigencias y asuntos pendientes que termina pasándonos por encima. A través del matrimonio protagonista, la novela retrata el agotamiento cotidiano de quienes intentan sostenerlo todo —la crianza, el trabajo, la precariedad, las listas infinitas— hasta convertir la vida en una acumulación de obligaciones incompletas. Con una mirada lúcida y una gran solvencia narrativa, pone el foco en aquello que, precisamente por estar siempre desbordado, debería volver al centro: la vida misma.
La novela arranca en un día de calor asfixiante con el protagonista buscando desesperadamente unos pañales para su hijo. La situación se arregla como puede, no como debe. Quiero que nos paremos en ese coche que no arranca, en ese freno de mano capaz de desmontar el coche en piezas. Eso somos todos nosotros. Ese coche capaz de desmontarse en piezas si tiramos del freno de mano.
La fragilidad es una cualidad que nos rodea continuamente. Nosotros mismos, como cuerpo, la encarnamos. Por supuesto, es una fragilidad que no se declara fragilidad a sí misma. La vida se volvería imposible si la fragilidad dejase de comportarse como fortaleza aparente. Somos frágiles, pero solo si nos paramos a pensarlo detenidamente. Mientras no lo hagamos esa fragilidad pasa por una coraza infranqueable. Ese coche que conduce el protagonista, viejo, averiado, no acaba de capitular, así que ahí está, como metáfora de la vida. Y eso que es una máquina.
El matrimonio protagonista, con un bebé pequeño y unos trabajos absorbentes, sobrevive a cada uno de sus días inmersos en multitud de tareas profesionales y personales que los agotan y tensan. La sensación de tener la vida fuera de control siempre les invade, o, al menos, notan su presencia con demasiada frecuencia. Si vivimos bajo tal presión, ¿en qué podemos convertirnos?
Ya nos hemos convertido en mero combustible del sistema capitalista. De hecho, ya hemos alcanzado ese punto en que no hace falta que nos sometan a los mandatos del mercado («haz, produce, consume, entretente, no te quedes quieto, no prestes atención, no pienses»), elegimos misteriosamente autoesclavizarnos.
El bebé se ve como ese refugio que, en realidad, cuida del padre y de la madre al ofrecerles una posibilidad de calma, un lugar en el que poder respirar de otra manera. ¿Se han convertido los hijos en el gran contrapoder de este tiempo?
Encarnan ese elemento de incuestionable importancia de la que no cabe dudar. Es la importancia en estado puro. Todo lo demás, aquello de lo que estamos rodados, y que está reclamando nuestra atención insistentemente para que le dediquemos nuestro tiempo, con el marchado de asunto urgentísimo, de vida o muerte, porque anima el mercado, palidece a su lado.
¿Y dónde colocamos lo íntimo en estas vidas precipitadas y que se precipitan? Eso requiere de cuidado y atención.
Lo íntimo, que había estado tradicionalmente en el centro, ha sido empujado al extrarradio, es un reducto, una marginalidad, es un sacrificio más que hemos entregado en nuestra rendición a los estilos de vida contemporáneos.
Tras la lectura de Mil cosas, me ha surgido una duda en relación con el lenguaje y su capacidad para construir realidades. ¿Se ha quedado obsoleto cuando toca definir la realidad del tiempo en el presente?
«Algo podremos hacer si somos capaces de advertir la amenaza»
En ese proceso de simplificación y empobrecimiento de la realidad y las herramientas de las que nos dotamos para actuar y pensar en ella, supongo que nada se libra. Tampoco el lenguaje con el que intervenimos sobre ella. Ahora bien, el hecho de que seamos capaces de plantear en un debate esta amenaza ya nos sitúa en ventaja. Algo podremos hacer si somos capaces de advertir la amenaza.
«Vivir se ha vuelto pesadísimo, agotador, extremadamente intenso, y un ejercicio de velocidad endiablada. La vida lo ha aplastado. Le ha caído encima, desde un noveno piso, como una lavadora.». ¿Queda alguna actividad de lo humano que no se desarrolle en un terreno hostil?
El campo de batalla se ha ido ampliando, sin topar apenas con muros infranqueables, en espacios sagrados. Lo único sagrado es ya el mercado. Cada vez es más difícil encontrar rincones donde alguien no encuentra la veta por la que extraer alguna modalidad de negocio. Ya lo expresó hace décadas el narrador de El guardián entre el centeno: «Cuando te crees que por fin has dado con un sitio tranquilo, te encuentras con que alguien ha escrito un joder en la pared».
Uno de los primeros planos que abordas en esta novela es la situación del periodismo, la precarización del oficio, la falta de pausa para hacer bien un trabajo que requiere de ciertas dosis de lentitud y sosiego. Y buenas remuneraciones.
Esa precariedad representa algo tan interiorizado que ya emerge sin proponérmelo expresamente. La novela lo refleja, pero yo no hice nada especial, ni pensar en ello. Escribir también es eso: acertar por casualidad, abordar cuestiones subsidiariamente, plantear situaciones buscando el planteamiento de otras distintas, no ser siempre consciente de lo que se escribió.
Esta celeridad termina limitando y contaminando las relaciones entre las personas. Relaciones cada vez más epidérmicas, de margen estrecho, que favorecen esa atomización y aislamiento que tanto favorece al modelo económico actual.
Sin duda, la soledad y el aislamiento se verifican más que nunca en mitad de la multitud. Han dado con la fórmula de conectarnos para dividirnos. Parecemos más sociales que nunca, y a la vez nunca estuvimos tan ensimismados ni fuimos menos capaces de ponernos en el lugar de los demás, ni floreció con tanto bochorno nuestro narcisismo. La situación es excelente, como se ve.
«Nunca tuvo tantas cosas pendientes de hacer», ¿esto es la vida contemporánea?
Ese es el estilo de vida contemporánea al que nos abocamos si seguimos entregándonos a la pura acción, hipnotizados por esa capacidad que el sistema ha desarrollado para mantenernos implicados, a la vez que ciegos, en asuntos que implican siempre algún tipo de ruina o pobreza para nuestros intereses, ya sea intelectual, moral, mental, física, económica, cultural, social…
«Los tiempos van en otra dirección?. ¿En cuál exactamente?
Dado todo lo hemos estado señalando en esta conversación, en la dirección en la que cada vez más vivimos peor. No hacer nada por tomar otro camino es un despropósito.
«No hacer nada por tomar otro camino es un despropósito»
La madre del protagonista enferma. La tiene en la cabeza. La mantiene como una idea distante. No puede estar, no puede atender. Claramente, y a tenor del final, señalas hacia todo lo que perdemos por estos modos y maneras de habitar la vida.
La novela quizás intenta plasmar ese engaño o sustitución del que estamos siendo víctimas, en el que lo urgente reemplaza a lo importante. La importancia murió, quieren hacernos creer, solo existe la urgencia.
«Quieren hacernos creer que la importancia murió, que solo existe la urgencia»
Para cerrar esta conversación, te quiero preguntar por el miedo y el papel que desempeña en todos estos asuntos que estamos abordando.
El miedo es uno de los motores de la vida, junto al amor, el aborrecimiento, la ambición, y quizás un par de pasiones más que no acierto ahora a precisar. Cada vez que enfrentamos la decisión de hacer o no hacer algo, nos sometemos al recelo que despiertan en nosotros sus consecuencias. Cuanto menos miedo, más libertad. Pero es fácil decirlo o pensarlo. Lo que despierta el miedo verdadero es la acción.


