Marta Sanz

Marta Sanz: «Mi patrimonio son mis palabras»

Cristina Consuegra

Hablar con Marta Sanz deja sin respiración a la certeza. Inunda de dudas en torno a cómo participamos del mundo, desde lo más próximo hasta lo más remoto. Su compromiso es con la sospecha. En un presente que pone todo su empeño en la apuesta por la escala de grises, ella ofrece la posibilidad de un mirar más allá, todo un desafío. En esa búsqueda, la creación desempeña un papel fundamental; por eso, en Los íntimos (Anagrama, 2024), Marta Sanz elabora un ejercicio de confrontación del territorio literario en dos dimensiones bien distintas: con el pelaje actual del propio sector editorial y con el tiempo que nos está tocando habitar. 


Este tiempo, que no sé si es nuestro, pone demasiado empeño en la levedad de las cosas, en que nadie tenga eco ni peso, que nada sea huella o molde. Uno de los eslóganes más insistentes es que se siga hacia adelante sin reparar en la travesía. A pesar de todo ello, hay quien insiste y no olvida el compromiso adquirido. ¿Por qué es tan importante corregir la herencia de las genealogías?  

Jesús López Pacheco, en El homóvil, dijo algo así como que escribir es dejar una huella en la nieve. Margarite Duras hablaba de que es encarnizarse: no se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Leo Spitzer señalaba que leer es haber leído. Yo siempre tengo la sensación de que nuestras lecturas, las canciones que escuchamos, las películas que vemos terminan formando parte de nuestro modo de ver y sentir, de los mecanismos de nuestra percepción y nuestro metabolismo. Las genealogías son memoria y cuerpo. Y sin ellas creo que ni comprendemos, ni sentimos, ni tenemos esa conciencia del vínculo que nos ayuda a paliar la fragilidad. Por eso me parece que es tan importante diferenciar identidad de individualidad. La sociedad de consumo conforma individualidades solitarias que son incapaces de reconocer o relatar una identidad compleja, formada por todas las voces que nos habitan, las resonancias y el peso de la historia para bien o para mal. 

En Los íntimos repaso el peso de todas esas voces que habitan mi escritura, para bien y para mal: los aprendizajes del heteropatriarcado, la condescendencia, la diferencia de género, de clase, ideológica, la sospecha que lacra el trabajo y la inteligencia de las mujeres… A la vez, no podría renunciar ni a uno solo de los bailes que me marqué con mi padre cuando era niña, a cómo aprendí a nadar siguiéndole en la playa mar adentro, a la admiración que me producían los poemas que él escribía en un cuadernito Moleskine; al amor por la zarzuela y por Galdós de mi abuelo, el mecánico melómano. 

Como escritora he sentido la necesidad de buscar genealogías femeninas y feministas, pero, al mismo tiempo, en la lengua de los padres hay una violencia y una ternura simultáneas que no podemos perder. Nos quedaríamos desnudas. Es la lengua del opresor, como decía Adrianne Rich, pero la necesito para hablarte.

Nosotras solemos ocupar lo genealógico pidiendo permiso, sintiéndonos mal por (casi) todo, con varios síndromes a cuestas y más dolencias en nuestros cuerpos. ¿De ahí la necesidad de «atreverse a contar lo difícil»? 

Una literatura que no se atreve a contar lo difícil no tendría mucho sentido. Otro tema es a qué le llamamos difícil. Desde mi punto de vista, lo difícil pasa por analizar esa ideología que ya tenemos tan interiorizada y que ni siquiera percibimos como ideológica. Cada vez hay más cosas difíciles: merece la pena cuestionar que la meritocracia es falsa, que la igualdad de oportunidades es falsa, que la justicia social no es un lema basura, que el pensamiento positivo hace daño a las personas que más sufren, que hay que visibilizar las grietas para que los edificios no se caigan y que eso no es victimismo, sino necesidad de supervivencia y sentido crítico. Merece la pena hacer saber que, por el hecho de ser mujeres, el camino es más largo. En este momento, las mujeres que escribimos no necesitamos solo un cuarto propio y quinientas libras, como escribió Virginia Woolf. 

«Necesitamos un campo cultural en el que las mujeres inteligentes no sean acusadas de soberbias»

Además de eso, necesitamos un campo cultural sin prejuicios en el que las mujeres inteligentes no den miedo ni sean acusadas de soberbia nada más abrir la boca; que no obligue a ser humilde, a pedir perdón y estar muy agradecida por cada espacio que ocupas porque en realidad no te lo mereces y eres una impostora. Un campo cultural en el que los hombres que juegan con las palabras no sean estilistas mientras que las mujeres que hacemos lo mismo somos verbosas; que no te acuse de victimismo cada vez que ejerces tu derecho a la crítica. Un campo cultural sin condescendencia, en el que a menudo parece que la única aspiración de las mujeres es estar guapas y resultar seductoras y en el que, al mismo tiempo, se puede enjuiciar el trabajo de una escritora aludiendo a su aspecto físico. Un campo cultural en el que el éxito de las escritoras no se ponga bajo sospecha de ser al consecuencia de la rentabilización de su capital erótico o de la discriminación positiva. Un campo cultural sin halcones milenarios que establezcan la línea entre lo que está bien o mal desde la inercia de una normalidad canónica marcada por los dueños seculares de las palabras. 

Necesitamos darle la vuelta a la tortilla cultural no para alcanzar una hegemonía femenina, sino la igualdad. La mera y pura igualdad. La metáfora de la tortilla me parece especialmente irónica en este contexto; en todo caso, para subvertir el orden establecido, un orden que convierte las diferencias en desventajas para nosotras, conviene hacer memoria y recuperar algunas hebras de nuestra genealogía sin las que yo misma, sin ir más lejos, no estaría hoy aquí. 

Todo esto lo dije en el pregón de la Feria del Libro de Granada y me ratifico.

En el libro despliegas una arquitectura narrativa para abordar varios asuntos vinculados con el acontecer literario -iba a decir panorama literario y me he dado cuenta del error-: la cuestión de clase, las renuncias vitales, el contexto de género, el lenguaje de la memoria y el amor propio. Iremos abordando, en esta conversación, cuestiones y contextos, pero quiero empezar con el amor propio. Cuestión fundamental para la literatura y que, tantas veces, se confunde con vanidad.

Para escribir con la pretensión de que la escritura forme parte del campo cultural hay que tener amor propio. Una energía, incluso un júbilo, en el que está previsto incluso el error. La posibilidad de equivocarte. Ese gesto de pedir silencio para que se escuche tu voz y se vea tu cuerpo en el espacio comunitario puede degenerar en una vanidad y una egolatría que, en todo caso, no deslegitiman el texto literario: vivimos en un momento en el que la clientelización del espacio de lectura nos lleva a la paradoja de que los lectores pueden ser vanidosos, onanistas, ignorantes, porque pagan, consumen su tiempo y, por lo tanto, mandan. Mientras que quienes se dedican al oficio de escribir tienen que elaborar discursos genuflexos y demagógicos para “vender” su libro con argumentos de la cultura feel good -lo digo en inglés a propósito-. Como lectora me siento insultada cuando me tratan como una consumidora cultural incapaz de asumir ningún reto, y como escritora entiendo que lectoras y lectores son fundamentales para cerrar el proceso de comunicación literaria y darle sentido al texto -al texto, ojo, no a mí-. Entiendo que se escribe con esa perspectiva de conversación, pero no que esa conversación te obligue a complacer al otro sistemáticamente creando atmósferas edificantes. En la literatura hay fricción, violencia, desajuste, toxicidad, preguntas y una falta permanente de ejemplaridad. La literatura no es literal.

«La gratitud es excelente, pero la gasolina de las luchas es el rencor»

¿Por qué es importante nombrar?

Siempre hemos dicho que es importante nombrar porque lo que no se nombra no existe. El hecho de nombrar es un proceso de iluminación. Las palabras incandescentes de Emily Dickinson. La ambición literaria pasa por ese lugar. 

Últimamente me siento bastante cansada ante la obsesión reduccionista de ponerle nombre a todo. El otro día una amiga me dijo que yo era un caso claro de Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Pues no. Yo no he tenido déficit de atención en toda mi vida. Pero la gente se empeña en ajustarte a un molde. En psiquiatría, de hecho, existe cierto recelo a enmarcar dentro del nombres de una patología la conducta de un individuo, porque reduce, encierra, fuerza un comportamiento. En este ámbito, el adjetivo que más me gusta es “loca”, por su ambigüedad y por todas las mujeres magníficas que lo habitaron. La exhaustividad de las nomenclaturas en el universo queer me parece un síntoma de malestar frente a la incertidumbre y un contrasentido respecto al fluir. 

A mí me interesa la incertidumbre, los umbrales, el tránsito, la metamorfosis, la posibilidad de ser alguien inteligente porque consideres que en tu cabeza pueden habitar dos ideas enfrentadas que pueden llegar a un punto de acomodo. Eso según Scott Fitzgerald es inteligencia. Quizá síntesis dialéctica. Una inteligencia empática, fluida, en la antípoda del odio y de la vocación de encasillar y de buscar para todo la palabra precisa. En mi poética, yo siempre me he sentido incómoda con la palabra precisa. La palabra precisa es autoritaria. La palabra precisa es pobre y es pequeña. Por eso enumero, circunvalo la idea o la sensación, me aproximo, busco, descubro… La seguridad de haber llegado es un modo de morirse. Fíjate, ahí podríamos ubicar también la desconfianza en el éxito. En resumen, me siento un poco desapegada de la literatura que poniendo un nombre tranquiliza; prefiero esa otra que, buscando el nombre, nos hace perder pie. Creo que el arte no consiste en buscar un orden artificial entre el caos, sino en subrayar todo lo que de artificioso hay en el orden. El nombre ayuda a ver y a no ver, también. 

¿Qué hacer con quienes consideran que el mundo les debe algo?

Pues considero que a menudo tienen razón. Es cierto que somos responsables de nuestras acciones y que nuestra pasividad o nuestra desidia -la mala intención prefiero ni planteármela- inciden en el curso de los acontecimientos. La acción humana es transformadora. Para bien o para mal, insisto en la muletilla. Sin embargo, en esta sociedad publicitaria del «si quieres puedes», olvidamos que a menudo, por mucho que quieras, no puedes. Sobre todo, si eres pobre, si eres negra, si eres lesbiana, si estás enferma. El pensamiento “positivo” tiende a responsabilizar al individuo de sus fracasos, maquillando la brecha de desigualdad. Así que, a veces, miras a tu alrededor y observas agravios comparativos y te das cuenta de que has tenido que bracear el triple. Y eso provoca una indignación que es justa, legítima y necesaria. Esa mirada también te hace consciente de tus privilegios. De cuándo y dónde los tuviste. Por qué has de estar agradecida. La gratitud es excelente, pero la gasolina de las luchas es el rencor. Por cierto, a veces el resentimiento y el agradecimiento pueden ser sentimientos que operan a la vez y en distintas proporciones cuando miramos hacia determinadas personas. Esas contradicciones y matices nos hacen humanas. Y de esos lugares imprecisos habla una literatura no simplificada ni simplista, ni perversamente buenista.

«Yo no he leído para escaparme, sino para entender el lugar de las hadas en el universo, para vivir como una bestia». ¿Qué hacer cuando la lectura se convierte en evasión y no en confrontación?

Vuelvo al concepto del umbral y de las fricciones para nombrar a dos poetas españolas que me han marcado. Ángela Figuera, en Belleza cruel, planteaba cómo escribir bellos sonetos a la rosa durante la posguerra española y la represión franquista, después de esas guerras en las que no todos los bandos pierden lo mismo, era casi una obscenidad. Ese regodeo en lo bello y floral se considera casi un insulto. Por omisión de lo real y estilización de una vida maltratada. Ángela Figuera tenía razón. Pero también la tenía Paca Aguirre cuando, reviviendo su infancia de posguerra, como huérfana de un republicano asesinado, reivindicaba el poder de los cuentos de hadas para llevarla más allá de la negrura cotidiana. La literatura no tiene por qué ceñirse a un único deber ser. La literatura nos sana y nos enferma, nos hace volar o nos encadena al suelo. Puede ser un testimonio y un nombre para lo que no se quiere ver, o un consuelo. En definitiva: para mí la escritura y la lectura tienen sentido en la medida en que me hacen vivir como una bestia. Vivo en los libros, los libros viven en mí, me viven, viven en mi cuerpo y en mi cotidianidad, me “desmueren”.

«Una literatura que no se atreve a contar lo difícil no tendría mucho sentido»

Ahora que nadie es clase obrera, que todos hemos nacido con los mismos privilegios y todos salimos desde el mismo lugar… ¿En qué estantería colocamos la cuestión de clase?

En la que indicó el superrico estadounidense Warren Buffett cuando dijo que la lucha de clases existe y que la estaban ganando con claridad señores como él. Sí. La escritura está marcada por sus geografías de género, de raza y también de clase. Mi patrimonio son mis palabras porque soy la nieta de un mecánico melómano que me hizo sentir que mi léxico y mis relatos serían mi riqueza. La suntuosidad del estilo es la única suntuosidad que me puedo permitir, y la construyo con sentido cómico y crítico. A mi abuelo le habría gustado. 

Por otra parte, el adelgazamiento de los recursos literarios y del lenguaje como horizonte de la literatura canónica es para mí un arma de doble filo: creo que se relaciona con la rentabilización del tiempo de una cultura que solo se entiende como ocio y que nunca puede desconcertar, fatigar, exigir, crear incertidumbre o volar la cabeza del lector en sentido figurado. Además, a mí me gustan los cascabeles, las fanfarrias, el exceso, las columnas salomónicas, el papel pintado con floripondios. Todo eso forma parte de la cultura de los mecánicos melómanos para quienes las pocas palabras y la austeridad no eran un fines culturales. Por favor, dejadnos existir con nuestras conversaciones interminables y nuestros adjetivos. Con la afición por el ruido como marca de clase.

«Cuando se dice de alguien que tiene la piel muy fina como algo malo pienso que deberíamos tener la piel aún más fina y no permitir ciertas cuchilladas que normalizamos»

Hay palabras que se repiten en esta obra híbrida e imprecisa, que, quizá, inaugura un tiempo nuevo en la literatura desde lo viejo conocido: vida, palabra, casa, madre, abuelo, amistad, cuerpo, mujer. Envidia. ¿Qué hacer con la envidia en la cosa literaria?

La envidia solo produce dolor, pero a la vez el resentimiento y las insatisfacciones nos mueven. Yo mi envidia me la como, porque no he querido dañar a nadie nunca. El mero hecho de que puedo provocar un daño a otra persona me paraliza. Cuando se habla de que alguien tiene la piel muy fina y se dice como algo malo, pienso que deberíamos tener la piel aún más fina y no permitir ciertas desatenciones y cuchilladas que vamos normalizando como forma de vivir. Por otra parte, te confieso que he notado que algunas personas me envidiaban y eso no me ha producido ni un poco de orgullo, más bien me ha dado muchísimo miedo. Ha multiplicado por cien mi vulnerabilidad. Cuando ganas un premio, sales en una portada o tu libro recibe críticas excelentes y eso genera suspicacias -incluso en ti misma que sabes que el sistema está mal hecho y es intrínsecamente injusto y, pese a todo, tú estás bien colocada-, entonces te dices que algo estarás haciendo mal. Ser sujeto de la envidia es una enfermedad y ser objeto de la envidia te convierte en pieza de caza mayor. En Los íntimos opto por un equilibro razonable: no le envidio a nadie sus metáforas, pero el nivel de vida de ciertos escritores me produce malestar. No experimento envidia, pero sí el peso de un agravio comparativo que va más allá de la buena o mala suerte.

Al escribir sobre tu oficio desde una escritura autobiografía, al clavar(nos) la mirada e hincar el diente, haces de la escritura un proceso colectivo. El célebre eslogan de lo personal es político. Porque… Todavía lo personal es político, ¿verdad?

Me parece que incluso la experiencia de algo tan íntimo y privado como el dolor tiene una dimensión pública y común. Yo suelo escribir de lo que me duele y, por tanto, escribo sobre la violencia: lo uno y lo otro tiene un origen político. Los malestares personales también tienen una raíz histórica y cultural: algo que compartimos y que nos hace sentirnos concernidas por relatos de una experiencia que es y no es nuestra. En el recorrido entre lo que nos pertenece y lo que nos es ajeno, entre lo reconocible y lo incógnito, entre el dentro y el fuera, se sitúa la dimensión transformadora de la experiencia artística. Encontrar una modulación especial para hablar del yo es hablar de nosotras. Esa conversación y esa interpelación podrían formar parte de una definición política de la literatura. Esta cuestión también nos lleva a la trampa de la hipersensibilidad y de la hiperestesia, que trata de convencernos de que no es que el mundo esté mal hecho o la realidad pinche a los más débiles, sino que lo que sucede es que nosotras estamos chifladas, tal vez demasiado ideologizadas, y hacemos, de los granos de arena, castillos. Peligro. Los nuevos gurúes de la psicología y las sectas de influencers, que dan recetas de vida, meditación, alimentación y lo que se tercie, desactivan el malestar político a fuerza de buen rollo.

«Ser sujeto de la envidia es una enfermedad y ser objeto de la envidia te convierte en pieza de caza mayor»

Me interesa la esperanza. Tengo una duda tras leerte. ¿Podemos imaginar la esperanza para, así, habitarla, o debemos relacionarlos con ella desde la renuncia de lo utópico?

No lo sé. Tengo la impresión de que las utopías siempre son un horizonte, pero cuando el horizonte se alcanza y se pone el pie en esa isla, la utopía comienza a ennegrecerse y se transforma en distopía y se necesita concebir otro horizonte para seguir progresando. Necesitamos la utopía para practicar el optimismo cognoscitivo y el sentido de progreso. No conformarnos. Avanzar sin competir. Con la máxima exigencia y esperando lo mejor de cada persona, pero sin abuso, sin explotación, sin violencia. 

Sin embargo, vivimos tiempos muy oscuros, en comparación con décadas anteriores. Trump, el auge de la ultraderecha, el genocidio en Gaza, el cambio climático, el desmantelamiento de lo público, las violencias ejercidas cada día contra mujeres y niñas, las enfermedades, todas esas cosas a veces parecen solo las orejas del lobo. Desde el lado privilegiado del mundo, el razonable deseo humano de la búsqueda de una felicidad personal que valore las pequeñas cosas y los privilegios puede llevarnos a un territorio de parálisis e indiferencia. Valorar las pequeñas cosas y saber que solo tenemos una vida que hay que vivir con alegría es estupendo, pero a veces creo que la generosidad pasa por imaginar también a lo grande.

«Necesitamos la utopía para practicar el optimismo»

En ti, ¿hay más de resistencia o disidencia?

Quizá de las dos a la vez, porque resistir es entender que no todos los cambios se pueden asumir de una manera acrítica. La resistencia pasa por la idea de que ciertas transformaciones pueden no ser emancipadoras para el ser humano, sino profundamente alienantes. La resistencia no consiste en negarlo todo apocalíptica y absurdamente, sino en desarrollar una sensibilidad especial hacia los peligros de la manipulación, la vigilancia y la visceralización de la política a la que nos ha conducido el mal uso de las nuevas tecnologías, por ejemplo. Desde el punto de vista de la resistencia, yo soy un poquito ciberpunk. Esa resistencia no es incompatible con la disidencia porque, al final, el lenguaje de la redes y la dependencia tecnológica se han convertido en una ideología hegemónica de la que disiento y contra la que me revuelvo. Tecnocapitalismo, feudocapitalismo y todas sus variantes. Y esa es una manera esperanzada de afrontar el futuro, a mi parecer.

Marta Sanz

Y, a pesar de todo, la belleza de la amistad. Su hondura. La lealtad, palabra hermosa. Palabra maltratada.

Los íntimos es un canto a la amistad y a sus claroscuros. En el mundo literario es muy importante saber que si te dejas caer hacia atrás alguien te sostendrá. Siempre hablamos de la envidia y la vanidad de las personas que escribimos, pero también existe la vulnerabilidad, el intentar mostrar en público lo mejor de ti, esa manera de quedarte desnuda no solo porque escribas autobiográficamente, sino porque hablas de lo que más te importa buscando las mejores palabras, las palabras imprescindibles para contar eso precisamente y no otra cosa… A veces esa desnudez produce un frío infinito. Pueden insultarte o desatenderte o halagarte de un modo insano. Ahí la amistad es fundamental. Quienes, además de amigas o amigos, se dedican al oficio de escribir saben muy bien lo que te puede estar pasando. Existe una empatía basada en el conocimiento del medio y en la experiencia creativa, también. 

Casandras, Penélopes, Pandoras, Hécubas… Parece que todo está escrito para nosotras. Y dices: «Escribir es pasar dos veces por el mismo lugar». 

Yo me siento identificada con Casandra, para quien el don de la premonición fue un castigo. Escribí algunos libros antes de tiempo y no creo que esa excentricidad me acabara de beneficiar. El mito de Casandra es profundamente violento: no atender a los requerimientos eróticos de Apolo le valió que el dios le escupiera en la boca y, a partir de ese instante, todos los vaticinios que ella pudiera hacer no serían creídos. La lucidez no sería creída por nadie. Esa incredulidad de los demás condena a Casandra a la inadecuación y la locura.

Muchas escritoras hablamos desde ese lugar que también encaja con lo que señalaba Kurt Vonnegut respecto a los “buenos escritores” que son como el pajarito en el túnel de la mina de carbón que detecta los escapes de grisú: se anticipan a la percepción de los venenos y a menudo mueren en el intento. Yo no creo que eso sea un don especial; creo que mirar con atención te convierte en alguien sensible. No es que tengas una sensibilidad especial, es que te has fijado mucho y la has desarrollado. Hay que valorar lo que podemos aprender, lo otro no importa. Las aptitudes primigenias sin un caldo de cultivo educativo se quedan en nada. Dentro de una historia hay como mínimo dos historias y, cuando escribes algo, vuelves a un lugar en el que ya estuviste. El relato es la memoria y la memoria es un relato.

¿Por qué seguir en la literatura?

No hay una respuesta altruista a esta pregunta. Creo que persistimos porque, a estas alturas, ya no sabemos vivir de otra manera. Vivimos para contarlo y contamos para vivir.

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