Mine My Phone: esto es todo lo que llevas en el bolsillo

Álvaro López

Cuando pensamos en el impacto de nuestros smartphones, es más habitual hablar de residuos electrónicos, reciclaje o de qué hacer cuando dejan de funcionar. Pero antes de que exista ese residuo ha tenido que existir una extracción: Mine My Phone, la plataforma educativa impulsada por la empresa de reacondicionamiento Back Market, nos invita a descubrir los materiales, los territorios y las personas que hay detrás de cada teléfono para entender por qué alargar su vida también es una forma de reducir su huella.


Hay objetos que parecen pesar exactamente lo que indican sus gramos. Un teléfono móvil, por ejemplo, cabe en una mano, apenas ocupa espacio en un bolsillo y se ha convertido en una extensión cotidiana de nuestra vida. Lo utilizamos para trabajar, hablar, comprar, orientarnos, hacer fotografías o simplemente matar unos minutos. Su peso es pequeño, casi insignificante. Pero hay otras cantidades que no vemos.

Para fabricar un teléfono móvil de unos 200 gramos se necesitan más de 200 kilos de materias primas. Es una proporción cercana a 1.000 a uno entre el objeto que finalmente llega a nuestras manos y todo lo que ha tenido que extraerse de la tierra para que exista. Así, la mayor parte de su impacto ambiental ya se ha producido antes incluso de que lo encendamos por primera vez.

La paradoja es que, cuando abrimos la caja de un teléfono nuevo, vemos precisamente lo contrario: minimalismo, diseño, brillo, prestaciones optimizadas. Vemos cámaras cada vez más sofisticadas, pantallas más luminosas y procesadores capaces de hacer cosas que hace unos años parecían imposibles. Lo que no vemos son las minas, los minerales, el agua, las cadenas de suministro y las comunidades que forman parte de esa historia anterior.

«Cuando abrimos la caja ya se ha generado alrededor del 80% del impacto ambiental que ha supuesto para el planeta fabricar este dispositivo», explica la periodista especializada en ciencia y medio ambiente Paula Díaz Levi durante la presentación de Mine My Phone, una plataforma educativa impulsada por Back Market para explorar precisamente esa parte invisible de nuestros teléfonos.

La extracción suele ser el tema que menos protagonismo tiene en la conversación sobre la contaminación tecnológica. Cuando pensamos en el impacto de nuestros dispositivos, es más habitual hablar de residuos electrónicos, reciclaje o de qué hacer con un móvil cuando deja de funcionar. Pero antes de que exista ese residuo ha tenido que existir una extracción. 

El último eslabón

Para conseguir pequeñas cantidades de los metales que terminan dentro de un dispositivo como el que estás utilizando para leer este reportaje es necesario mover enormes cantidades de tierra y roca. En ese proceso se transforman paisajes, se ponen en riesgo fuentes de agua y se generan impactos sobre los ecosistemas próximos a las explotaciones. En algunos lugares, además, la actividad minera está vinculada a desplazamientos de comunidades, condiciones laborales peligrosas o trabajo infantil. 

Según los datos presentados por Back Market a partir de un estudio independiente realizado en seis mercados, más de la mitad de las personas encuestadas no supo nombrar una sola materia prima presente en su teléfono. Solo una de cada cuatro consideraba que conocía algún material utilizado para fabricarlo. Casi cuatro de cada diez participantes, además, afirmaron sentirse muy sorprendidos al conocer que alrededor de 200 proveedores pueden estar implicados en el recorrido necesario para fabricar un único smartphone.

En otras palabras, el móvil es el último eslabón de una cadena global extraordinariamente compleja. La distancia entre lo que creemos comprar y lo que realmente implica producirlo es, en cierto modo, una de las grandes historias de la tecnología contemporánea: llega a nosotros convertido en un objeto terminado, limpio y compacto; todo aquello que ha ocurrido antes queda fuera de campo.

Un smartphone puede contener más de 60 metales diferentes en su composición

Mine My Phone intenta, precisamente, abrir las ventanas a ese campo: propone recorrer el teléfono como si fuera un pequeño mapa del mundo. Se puede explorar su dimensión medioambiental, humana y geopolítica, descubrir dónde se concentran determinadas materias primas, qué países las extraen o qué dependencia generan las cadenas globales de suministro. También permite acercarse a los propios materiales: un smartphone puede contener más de 60 metales diferentes, aunque la plataforma analiza 38 y presta especial atención a una selección de diez.

La idea tiene algo de arqueología contemporánea. En lugar de desmontar físicamente un teléfono para descubrir qué hay dentro, la plataforma propone desmontar su historia. Detrás de un componente aparece un material; detrás del material, una mina; detrás de la mina, un territorio; y detrás de ese territorio, una comunidad, una economía y unas relaciones de poder.

Porque los minerales no solo tienen una dimensión ambiental. También forman parte de las relaciones comerciales y geopolíticas entre países. La concentración de determinadas materias primas en unas pocas zonas del planeta hace que su control tenga consecuencias económicas y políticas y que las cadenas de suministro puedan ser especialmente vulnerables. «Un teléfono puede parecer un objeto simple en nuestra mano, pero detrás de él hay una historia muchísimo más amplia», apunta Díaz Levi.

El cobre sirve como ejemplo. Es un material fundamental para la tecnología, pero también para innumerables actividades económicas. Su extracción, especialmente mediante minería a cielo abierto, puede tener importantes consecuencias socioambientales. Las llamadas «tierras raras», por su parte, reúnen 17 elementos químicos que desempeñan un papel relevante en las características de muchos dispositivos electrónicos actuales en los que, sin embargo, no pensamos cuando hacemos scroll. 

¿Y si nuestro teléfono no envejeciera?

Hay, además, otra cuestión de enorme peso: no solo es clave cómo contaminan los teléfonos cuando terminan su vida útil, también cuando acaban apagados para siempre en el cajón. Y aquí juega un papel importante la industria tecnológica.

La industria tecnológica facilita la compra de nuevos dispositivos mucho más que su reparación o reutilización

La industria tecnológica ha acostumbrado al consumidor a asociar innovación con sustitución: un nuevo modelo aparece, incorpora alguna mejora y comienza a construirse alrededor de él una nueva expectativa. Mientras tanto, reparar puede resultar complicado porque algunas piezas no están disponibles con facilidad y un dispositivo que todavía funciona puede quedar obsoleto porque deja de recibir actualizaciones de software. La propia presentación de Mine My Phone pone el foco en esta contradicción: el sistema facilita la compra de nuevos dispositivos mucho más que su reparación o reutilización.

Frente a esa lógica aparece una palabra que durante años parecía reservada a determinados movimientos ecologistas y que ahora empieza a entrar en la conversación tecnológica: longevidad. ¿Y si un teléfono no tuviera que durar tres o cuatro años? ¿Y si pudiera mantenerse útil durante una década? No es tanto, sin embargo, que una misma persona conserve el mismo aparato durante diez años. Un dispositivo puede pasar de un propietario a otro, repararse, reacondicionarse y continuar siendo útil. 

Lo importante es prolongar la vida de aquello que ya ha sido fabricado y, por tanto, de los recursos que ya han sido extraídos. «Si queremos utilizar un teléfono durante diez años, en lugar de tres, no solo va a disminuir los residuos, sino que también puede reducir desde el origen la demanda de nuevas extracciones», señala Díaz Levi.

Para que eso ocurra no basta con pedirle al consumidor que compre de otra manera. Hace falta que el sistema permita hacerlo: piezas de repuesto accesibles, software que se mantenga actualizado durante más tiempo, dispositivos diseñados para poder repararse y una legislación que favorezca la reparación y la reutilización forman parte de esa transformación. También las empresas y las administraciones tienen un papel en un modelo en el que sustituir deje de ser la respuesta automática.

Reacondicionar no es simplemente comprar un teléfono usado: es prolongar la historia de un objeto que ya existe

Ahí es donde la renovación adquiere otro significado. Reacondicionar no es simplemente comprar un teléfono usado. Es prolongar la historia de un objeto que ya existe. Es evitar que los recursos necesarios para fabricar otro tengan que volver a extraerse. Es, en definitiva, cambiar la pregunta de «¿qué teléfono nuevo quiero?» por otra menos inmediata pero más acertada: «¿cuánto tiempo puede seguir siendo útil el que ya tengo?».

Mine My Phone quiere que esa pregunta deje de resultar extraña. La plataforma reúne artículos y vídeos de periodistas, científicos, profesores universitarios y especialistas de diferentes partes del mundo para explicar una realidad que normalmente aparece fragmentada. Pero también incorpora una dimensión de acción: reducir el consumo, reparar, reutilizar o implicarse en cambios legislativos.

La tecnología, después de todo, no empieza cuando encendemos la pantalla. Empieza mucho antes, en un lugar que probablemente nunca veremos. Cuando una excavadora remueve la tierra, cuando un mineral es procesado, cuando una comunidad convive con una explotación minera o cuando una cadena de suministro conecta territorios separados por miles de kilómetros. Quizá por eso el ejercicio más interesante que propone Mine My Phone no sea aprender cuántos metales contiene nuestro teléfono, sino cambiar la forma en la que lo miramos. 

La próxima vez que sostengamos uno en la mano seguirá pesando unos cientos de gramos. Pero será más difícil pensar que eso es todo lo que pesa. Porque detrás de cada teléfono hay un mundo que no cabe en un bolsillo. Y la verdadera innovación no consiste siempre en fabricar el siguiente, sino en aprender a hacer durar un poco más el que ya existe.

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