Al ritmo de loops electrónicos y melodías suaves, SimCity y Los Sims – dos videojuegos que marcaron a generaciones – nos invitaron a gamificar el mundo real. En SimCity gestionábamos presupuestos para planificar ciudades enteras; en los Sims, la vida cotidiana: nos metíamos en la piel de sus personajes para organizar sus horarios, relaciones, aspiraciones… y el color de las paredes de su casa, claro. Uno funcionaba en la escala de la infraestructura; el otro, en la de lo íntimo.
Una ciudad es precisamente la mezcla de esas dos facetas: un organismo vivo compuesto por espacios físicos, sí, pero también por la manera en que los habitamos. Claro que lo urbano tiene características concretas – como tamaño o densidad – pero no se define solo por ellas, sino por cómo esas condiciones moldean la vida colectiva.
Hoy, gracias a la tecnología, las ciudades reales pueden simularse antes de vivirse. A diferencia de los videojuegos, que llevaban la realidad al terreno de la ficción, los llamados gemelos digitales hacen el recorrido contrario: experimentan con la simulación para después transformar el mundo físico.
Del juego a la realidad: urbanismo como entretenimiento y aprendizaje
Los videojuegos de simulación urbana, desde el pionero SimCity hasta los más recientes Cities:Skylines, UrbanFootprint, e incluso adaptaciones de Minecraft, han acercado la planificación urbana a la ciudadanía. Más allá del entretenimiento, también se usan con fines educativos y para fomentar la participación ciudadana en el diseño de nuestras ciudades.
En 2016, Estocolmo organizó un taller participativo con el videojuego Cities: Skylines para planificar un nuevo distrito con 12.000 viviendas y 35-000 espacios de trabajo. Participaron ciudadanos, urbanistas, y hasta los propios diseñadores del videojuego. Aunque el juego está basado en modelos urbanísticos norteamericanos poco habitables (y que favorecen mucho el transporte en coche en lugar de andando), la experiencia demostró que la participación pública puede equilibrar esos sesgos y generar propuestas más inclusivas.
También hay ejemplos en el ámbito educativo. SimCity se usa en clases de geografía urbana para explicar conceptos como la planificación sostenible o la gestión de recursos, y ayuda a que los estudiantes se mantengan motivados y piensen de forma crítica. Incluso ver a urbanistas reales construir una ciudad en SimCity, además de ser divertido, sirve para enseñarnos tanto las limitaciones como el potencial de estos simuladores. Por ejemplo, algunas mecánicas – como poner una planta de residuos en el borde del mapa para controlar la contaminación – están demasiado simplificadas, mientras que otras reflejan principios de urbanismo reales. No es casualidad: su creador, Will Wright, se inspiró en teorías de urbanismo propuestas por el ingeniero del MIT Jay Wright Forrester.
Por otra parte, en la iniciativa Block by Block, de ONU-Hábitat, usan Minecraft para codiseñar espacios públicos con sus ciudadanos, mientras que Dinamarca llegó a modelar todo su territorio en el mismo videojuego a escala 1:1 como proyecto educativo nacional. Lo que está claro es que gamificar la planificación urbana funciona; al menos, fomenta que quienes viven en las ciudades se involucren también en su transformación.

La ciudad como laboratorio digital
Un gemelo digital urbano es mucho más que un videojuego. Es una réplica virtual que se alimenta de datos en tiempo real y reproduce con precisión el funcionamiento de la ciudad: infraestructuras, edificios, semáforos, redes de energía, flujos de transporte, consumo e incluso patrones de comportamiento de sus habitantes. Y lo más importante: permite probar decisiones antes de aplicarlas en el mundo real. ¿Qué pasa si peatonalizamos una calle? ¿Si construimos un carril bici? ¿O si ocurre una emergencia climática o sanitaria? Con un gemelo digital, podemos ensayar sin riesgo, como si la ciudad entera fuera un escenario de prueba, al estilo de The Truman Show o Westworld.
Aunque el concepto nació en la NASA en los años 60 para simular virtualmente las misiones del programa Apolo, su aplicación urbana es mucho más reciente. La primera ciudad en contar con un gemelo digital completo fue Singapur, con el proyecto Virtual Singapore, iniciado en 2014 y completado en 2018. Desde entonces, muchas otras ciudades lo han seguido: Tallin lo usa para diseñar espacios más sostenibles y habitables; por ejemplo, parques infantiles que tengan sol y estén protegidos del viento. La ciudad también impulsa la participación ciudadana con herramientas como Urbanist AI, que permiten a la gente visualizar y proponer cambios en el diseño urbano.
Barcelona, pionera en Europa en desarrollar un gemelo digital, lo utiliza para planificar nuevas líneas de metro y decisiones políticas ante situaciones de riesgo. En España, además de Barcelona, varias ciudades cuentan ya con gemelos digitales en desarrollo o funcionamiento. Por ejemplo, en Denia y en Las Palmas de Gran Canaria se emplea para gestionar el turismo. Cada una adapta la herramienta a sus necesidades.
Diseño inteligente, decisiones conscientes
Traducir datos complejos en visualizaciones claras puede facilitar que más personas participen en la planificación urbana. Pero como todos los avances tecnológicos, plantea retos importantes. Muchos gemelos digitales son desarrollados por grandes empresas tecnológicas, no por administraciones públicas, lo que genera dudas sobre privacidad, vigilancia y control de datos. Por otro lado, mantener estas réplicas requiere una gran infraestructura que consume recursos, con un coste ambiental considerable.
Además, los datos que alimentan estos sistemas corren el riesgo de no representar a toda la población – si se recogen a través de smartphones o sensores urbanos solo en zonas más ricas y conectadas, pueden reproducir desigualdades existentes. Esto significa que los beneficios de una planificación urbana optimizada podrían concentrarse en barrios ya privilegiados, ampliando la brecha con comunidades menos favorecidas. Por eso, es esencial que desde el diseño se incorporen criterios de equidad, que se corrijan sesgos en datos y algoritmos, y que se garantice la participación diversa de toda la ciudadanía.
Y por último, como advierte el urbanista Pau Olmo, existe el riesgo de idealizar la ciudad como un sistema ordenado y predecible, dejando fuera el “ruido creativo” que hace que la vida urbana sea única e imprevisible.
Los gemelos digitales abren nuevas posibilidades para planificar ciudades más sostenibles, eficientes y adaptadas a los retos del presente, pero la ciudad no puede reducirse a un conjunto de datos ni gestionarse solo como un sistema eficiente.
Como escribe Lisa Fernández Karlsson, el deseo de construir una ciudad perfecta es un proceso complejo que pasa por intentar leer la ciudad de distintas maneras. Simular nos ayuda a planificar mejor, pero el verdadero beneficio (y desafío) sigue siendo democratizar este proceso, para que estas herramientas reflejen toda la complejidad urbana y nos permitan, entre todos, crear una vida urbana más justa y habitable.


