«Hemos perdido la capacidad de pensar futuros y eso se ve en las ciudades»

El periodista Jorge Dioni se adentra en su último ensayo, El Malestar de las ciudades, en la conversión de éstas en un «producto» y cómo se han vuelto cada más hostiles para sus vecinos. ¿Es posible darle la vuelta?


Las ciudades se están convirtiendo cada vez más en lugares inhabitables: alquileres imposibles, pisos atravesados por la turistificación, grandes cadenas, calles abarrotadas, sin vecinos y un largo etcétera de contras son una clara muestra de ello. Una inercia que viene del fin del modelo industrial, cuando las urbes basaron su economía en el sector servicios.

A España llegó en los años 60, momento en el que el régimen franquista lo usó para solventar muchos de los problemas que tenía entonces. Desde esa década, las ciudades no han hecho más que venderse hacia fuera en vez de pensar en sus ciudadanos. Tras el éxito de La España de las piscinas, el periodista Jorge Dioni afirma en su nuevo libro El malestar de las ciudades (Arpa) que nos hemos convertido en «un país yonqui» de este modelo, aunque conlleve una estructura económica más precaria y desigual. Dioni, por su parte, propone repensar los lugares que habitamos.

¿Por qué existe el malestar en las ciudades?

Porque el modelo económico imperante tras el fin de la industria ha sido el sector servicios. Un modelo que propone construirse hacia el exterior, es decir, cuya misión es atraer grandes flujos de inversiones, capital, visitantes… El éxito de esto provoca el desplazamiento de la población residente y la modificación de las actividades económicas que allí se dan. Y esto produce malestar. Unos casos muy claros serían ciudades como Barcelona, Málaga o Palma de Mallorca, donde sube mucho el precio de la vivienda o donde no se puede vivir. Sin embargo, cuando hay elecciones, ganan los proyectos que proponen intensificar ese poder. 

Dentro de este malestar, hay una palabra muy importante: el movimiento. ¿Cuánto tiene que ver con esto?

Es la clave de nuestra sociedad porque se basa en él. En el terreno social se nos pide que nos formemos constantemente y que seamos flexibles; en el territorial también, porque estamos moviéndonos constantemente, no como nuestros abuelos. Estamos conectados con todo el mundo. Con la pandemia vimos que el parón provocaba una situación de temor tremenda. Y eso que teníamos la conexión digital, por lo que no se detuvo del todo.

«Habría que hablar más de pisos vacíos que de pisos turísticos»

Un movimiento que está ligado directamente con el consumo.

El modelo se basa en producir mucho, constantemente y cada vez más. Y todo eso hay que consumirlo. Además de que es una actividad que siempre está disponible. Todo está lleno de cosas. Algo que es muy significativo de nuestro tiempo.

Las ciudades tampoco escapan de ese consumo. Están en venta.

El modelo dice que todo tiene que convertirse en un producto que compita en un mercado regulado. También el territorio. Especialmente el urbano, que es el que más valor tiene. Una vez que las ciudades dejan de producir cosas para vender, se convierten en un producto y se venden a sí mismas en los mercados internacionales. Por eso intentan construir las mejores condiciones para atraer esos flujos que lleva a los residentes  a tener una sensación de estar siempre disponibles. Yo pongo en el libro el ejemplo de ciudades que pasan de hacer barcos a recibirlos. Cuando tú participas en algo hay un componente emocional, de orgullo o identidad. Sin embargo, si tu identidad es estar disponible para los que vengan, es otro tipo de conexión. El estado emocional es totalmente distinto.

Todo esto hace que las ciudades se vacíen de residentes y se llenen de turistas. Pero tú no señalas a estos últimos como los culpables.

El turista es el ser humano del siglo XXI. Antes fueron el oficinista o el campesino. El turista es la persona que está de paso, porque establecer vínculos te puede perjudicar, te puede quitar oportunidades futuras. Desde que escribí el libro creo que se está poniendo demasiado el foco en los turistas como causantes del problema de la ciudad, cuando la gran cuestión es el impacto de la industria financiera. Es decir, usar la ciudad como especulación. Pero claro, los turistas son lo más visible. Lo que hay por encima es lo que está comprando y vendiendo la ciudad y sacando un gran rendimiento. Por ello a mí me gustaría que se hablara más de pisos vacíos que de turísticos. 

¿Por qué?

Porque en España hay millones de pisos vacíos, muchos más que turísticos. Unos datos sobre los que vamos por aproximación, ya que mientras haya oscuridad no se pueden hacer cosas. En cambio sí que sabemos los pisos turísticos que hay. No se debe fijar tanto el foco en los turistas porque al final esos que criticamos somos también nosotros. Lo que les pase a ellos nos pasará a nosotros. Hay que mirar más arriba siempre.

«No se debe fijar tanto el foco en los turistas porque al final esos que criticamos somos también nosotros. Lo que les pase a ellos nos pasará a nosotros»

Hay una frase que describe muy bien esto: Es el modelo, somos un país yonqui. ¿De dónde viene esta inercia?

En España, en los años 60, se plantea el turismo como una solución a los problemas que tenía el régimen franquista. España es un país que ha desarrollado profundamente el turismo y la construcción y es muy adicto a ello. Incluso en 2020, cuando se publicaban artículos sobre la necesidad de pensar otro modelo, en cuanto se acabó el confinamiento se olvidó todo. Empezó el movimiento y las primeras leyes fueron de suelo, los primeros proyectos buscaban atraer más turismo, campos de golf, urbanizaciones… estamos muy enganchados porque es una industria muy fácil. Es más sencillo construir un hotel que una planta de chips.

Todo esto nos lleva a ciudades más deshumanizadas. A no lugares que son intercambiables unos por otros.

Sergio Andrés Cabello escribió un libro, La España en la que nunca pasa nada, en la que lo explica muy bien. Él decía que todo el mundo recurre a lo mismo. El problema es que las ciudades temerosas se vuelven repetitivas. Y al estar en venta, son los grandes grupos los que se hacen con ella. El capitalismo tiende a la acumulación porque así es más efectivo. Y como tiende a ello y las ciudades están en venta, las compran y establecen sus franquicias. Por eso todas las grandes ciudades se parecen un poco.

Aun así, hay esperanza. ¿Cómo podemos darle la vuelta?

Me muestro esperanzador porque mi editor me dijo que abriera una ventana para ello (risas). Lo primero que hay que hacer es darnos cuenta. Y pensar que no va a cambiar por desearlo ni con pequeñas leyes. Yo no tengo claro que reducir el turismo vaya a bajar el precio de la vivienda. Nuestro problema es que hemos perdido la capacidad de pensar futuros y eso se ve muy bien en las ciudades. Pero sí que hay otros que lo están haciendo. En concreto he encontrado tres tipos: las dictaduras, como China o Arabia Saudí; las ideadas por la tecnología de Silicon Valley; y por último, la localización de estas en países de Centroamérica. Debemos pensar quién las imagina y por qué hemos perdido esa capacidad. Por eso creo que la esperanza es importante: sin ella solo hay miedo e incertidumbre. 

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