Cansada de la estresante vida de la ciudad, la ilustradora Laura Agustí (1980) decidió irse a una casa en Nevà, un pequeño pueblo de los Pirineos. La idea: pasar tres meses de prueba antes de atreverse a dar el gran salto al pueblo. ¿El resultado? Furor botánico (Lumen), un diario en el que a través de espléndidas ilustraciones relata su reenamoramiento por el reino vegetal y todo lo que este tiene aún que enseñarnos.
Hace más de un año, la ilustradora Laura Agustí (1980) y su pareja tomaron la decisión de irse unos meses a vivir a Nevà, un pueblito de los Pirineos catalanes. La idea de ese acercamiento al campo era valorar si estaban finalmente preparados o no para decirle adiós a Barcelona, donde Agustí llevaba viviendo más de veinte años. Entre los motivos para irse, la subida del precio de los alquileres y el estrés de la vida urbana. Pero por encima de todo eso: su amor por el mundo rural.
Querencia que, una vez instalada en los Pirineos, resultó ser una cuestión de herencia familiar. Allí se reencontró con un ecosistema que la ciudad le había hecho casi olvidar: el de su infancia en Teruel, donde gobernaba el lenguaje de las plantas, las flores y los árboles.

Este reenamoramiento ha quedado plasmado en las páginas de su nuevo libro: Furor botánico, publicado por la editorial Lumen, donde entre espléndidas ilustraciones entreteje los testimonios de sus paseos por los senderos de los bosques para recoger setas, proyectos para su nueva casa y consejos para ajardinar nuestras vidas y descubrir la exuberante bondad del universo de las plantas.
Furor botánico: dos palabras que hacen alusión, según la ilustradora, «a ese momento en el que dejas de ver las plantas como un objeto decorativo y empiezas a tener con ellas otra conexión». Cuando tienes la necesidad de cuidarlas, de averiguar más sobre ellas: «Es un sentimiento que acrecentó cuando me vine al pueblo. Aquí se me ha multiplicado por mil. Cuando empieza, ya no hay vuelta atrás».

Dime qué planta tienes y te diré cómo eres
La mayoría de las personas utilizan las plantas para embellecer los espacios. La bisabuela de Agustí, Pilar, curaba los desánimos con azafrán y la planta de San Juan. Con la abuela Carmen recogía la aceituna. Su madre sigue mandándole alcoholes para friegas y su hermana, Marina, calma las rabietas de su hija con aceites esenciales.
«Recuerdo mucho que cuando tenía congestión mi madre me abría una cebolla y la ponía en la mesilla para respirar. O que utilizaba el orégano para ayudar a reducir las inflamaciones. Son remedios que van pasando de generación en generación y que es importante que no se pierdan», asegura.
«Es importante que los remedios que pasan de generación en generación no se pierdan»
El reino vegetal es toda una fuente de (auto)conocimiento: nos enseña a observar y a dedicarnos tiempo de calidad. «El tiempo que le estás dedicando a una planta para cuidarla y ver cómo crece en realidad lo estás invirtiendo en ti: no estás trabajando, estás cuidando», explica la ilustradora, quien reconoce, entre risas, que cada una de sus plantas -con las que mantiene todo tipo de conversaciones- tiene nombre propio.
Y una vez que te introduces en su mundo, te obligan a leer constantemente. «Una de las cosas que más me impactó fue enterarme de que las plantas transforman su tamaño según el entorno en el que estén», cuenta. «El ficus, que me encanta, en una maceta es relativamente mediano, pero en la calle puede transformarse en un árbol de muchísimos metros que da frutos».

El libro de Agustí, todo un homenaje a la naturaleza, también está plagado de consejos para cuidar de nuestras plantas. De hecho, incluye una guía de cuáles son más fáciles de mantener con vida y cuáles están destinadas a auténticos expertos. El cactus, por ejemplo, está en la segunda -lejos de lo que pensamos la mayoría-.
Si te animas a adentrarte en el mundillo, Agustí recomienda empezar por un poto: «Es muy fácil de cuidar y muy bonito. No obstante, otro consejo que daría es entender que pueden morir y que no pasa nada. Puedes sufrir por ello, pero te dan más que cuando las pierdes. Todos deberíamos tener una planta».


